En un mensaje que pretendía trazar la ruta del Perú durante los próximos cinco años, la palabra ciencia no apareció ni una sola vez en el registro detallado disponible. Tampoco se presentó una política nacional destinada a fortalecer la investigación científica, los laboratorios, la formación de investigadores, los centros tecnológicos o las universidades que producen conocimiento.
Se habló de educación, pero fundamentalmente en relación con la alimentación escolar, la infraestructura, la capacitación docente y las herramientas digitales. Todos ellos son asuntos importantes, pero ninguna nación alcanza el desarrollo limitándose a distribuir computadoras, plataformas o materiales educativos. La educación superior y la investigación científica deberían haber ocupado un lugar central en una propuesta que pretende transformar el país.
La palabra tecnología sí fue utilizada, pero principalmente para anunciar la adquisición o incorporación de productos tecnológicos: cámaras de videovigilancia, plataformas de inteligencia artificial, herramientas digitales, sistemas de comunicación y mecanismos de identificación digital.
Esta manera de emplear el término refleja una confusión muy extendida entre nuestros dirigentes. Tecnología no significa simplemente comprar aparatos fabricados por otros. Tecnología es, esencialmente, saber hacer: la capacidad de una sociedad para diseñar, producir, adaptar, mantener y mejorar los bienes y procesos que necesita.
Comprar una cámara, una computadora, un sistema de inteligencia artificial o un equipo médico no convierte al comprador en productor de tecnología. Lo convierte en usuario y, con frecuencia, en dependiente del país o de la empresa que posee el conocimiento para fabricarlo, actualizarlo y repararlo.
La ciencia incrementa el conocimiento disponible sobre la naturaleza, la sociedad y los procesos productivos. Ese conocimiento permite crear nuevas tecnologías. Estas, a su vez, generan empresas, empleos calificados, productividad, capacidad exportadora y autonomía nacional.
Ese es el camino seguido por los países que hoy son potencias. No llegaron a serlo comprando indefinidamente los productos tecnológicos de otras naciones. Invirtieron durante décadas en universidades, investigación básica, investigación aplicada, formación de científicos e ingenieros, laboratorios y empresas capaces de transformar el conocimiento en bienes y servicios.
El Perú continúa recorriendo el camino inverso: exporta principalmente materias primas e importa productos que contienen conocimiento científico y tecnológico incorporado. Vendemos minerales y compramos equipos electrónicos, instrumentos médicos, maquinaria, programas informáticos y sistemas de comunicación. Exportamos recursos de bajo valor agregado e importamos conocimiento a precios elevados.
Esta dependencia no se resuelve con más compras públicas de tecnología. Puede incluso profundizarse cuando el Estado adquiere sistemas que el país no puede fabricar, modificar ni mantener por sí mismo.
La modernización tecnológica del Estado es necesaria, pero debería estar acompañada por una estrategia para desarrollar capacidades nacionales. Cada gran adquisición pública podría incluir transferencia tecnológica, participación de universidades peruanas, formación de especialistas, creación de laboratorios y desarrollo de proveedores nacionales.
Las universidades deberían ser el centro de esta transformación. No solo deben transmitir conocimientos producidos en otros países. Deben generar conocimientos nuevos, investigar los problemas nacionales y convertir sus resultados en soluciones tecnológicas.
El Perú necesita universidades que investiguen cómo aprovechar sosteniblemente sus minerales, su biodiversidad, su energía solar, sus recursos hídricos y su riqueza marina. Necesita desarrollar tecnologías para enfrentar terremotos, inundaciones, sequías, enfermedades, contaminación, inseguridad alimentaria y cambio climático.
Un verdadero proyecto nacional debería proponerse elevar sostenidamente la inversión en investigación y desarrollo, fortalecer las carreras científicas, financiar proyectos de largo plazo, recuperar los laboratorios públicos y universitarios y ofrecer condiciones para que nuestros jóvenes investigadores permanezcan en el país.
Sin ciencia propia no existe tecnología propia. Sin tecnología propia no existe industrialización sostenible. Y sin ambas, el crecimiento económico seguirá dependiendo de los precios internacionales de los recursos naturales y de decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras.
El mensaje presidencial prometió método, disciplina, metas medibles y una ruta clara. Pero ninguna ruta conducirá al Perú hacia el desarrollo si la ciencia permanece ausente del mapa.
El país necesita seguridad, carreteras, salud, educación y eficiencia estatal. Pero también necesita producir conocimiento. De lo contrario, dentro de cinco años podremos tener más cámaras, más plataformas digitales y más equipos importados, pero seguiremos dependiendo de quienes saben concebirlos y fabricarlos.
Una nación no se convierte en potencia por comprar tecnología. Se convierte en potencia cuando crea el conocimiento y desarrolla el saber hacer que le permiten producirla.
