Investigaciones asociadas con Cuidista, Salpo: recursos arcillosos, evidencias arqueológicas y articulación regional
Modesto Montoya
DOI: 10.33017/Inv2026.001
Cuidista no es para mí solamente una meseta andina ni un lugar señalado en los mapas. Es parte de mi memoria más antigua y de la historia profunda de mi familia. En sus caminos, sus muros, sus piedras y sus arcillas reconozco las huellas de quienes habitaron esas alturas mucho antes que nosotros. Allí siento que el paisaje deja de ser geografía y se convierte en pertenencia.
Desde niño contemplé Cuidista sin conocer todavía la antigüedad de sus vestigios. Caminé por sus terrenos, escuché las historias de los mayores y vi cómo la vida cotidiana se mezclaba con restos de un pasado que apenas comenzábamos a comprender. Con el tiempo entendí que aquellas piedras silenciosas no estaban abandonadas: guardaban la memoria de generaciones cuya sangre, esfuerzo y esperanza quizá también viven en nosotros.
Investigar Cuidista es, por ello, una forma de buscar mis propias raíces. No pretendo afirmar aquello que la arqueología todavía debe demostrar. Deseo reunir recuerdos, testimonios, fotografías y evidencias para que este patrimonio no desaparezca bajo el olvido, el saqueo o la indiferencia. El estudio publicado como Investigaciones asociadas con Cuidista, Salpo: recursos arcillosos, evidencias arqueológicas y articulación regional representa un primer esfuerzo por conservar y compartir esa memoria.
Pienso especialmente en mis nietos. Algún día recorrerán quizá esos mismos caminos y mirarán las montañas desde la meseta. Entonces quisiera que supieran que Cuidista también les pertenece, no como propiedad material, sino como herencia cultural y afectiva. Quisiera que al tocar una piedra, observar un muro antiguo o recoger un fragmento de arcilla comprendieran que forman parte de una larga continuidad humana.
A ellos deseo transmitirles algo más que nombres y fechas: el sentimiento de pertenecer a una tierra. Que sepan que sus raíces no comienzan conmigo, ni con sus padres, ni siquiera con los abuelos cuyos nombres todavía recordamos. Se hunden mucho más atrás, en comunidades que aprendieron a vivir entre montañas, cultivar la tierra, trabajar sus recursos y contemplar el mismo cielo que hoy contemplamos.
Conservar la memoria de Cuidista es mi manera de conversar con mis antepasados y, al mismo tiempo, de dejar una carta abierta para mis descendientes. En ella les digo:
Aquí estuvieron quienes nos precedieron. Aquí comenzó una parte de nuestra historia. Cuídenla, estúdienla y transmítanla, porque mientras Cuidista permanezca en nuestra memoria, una parte de nosotros seguirá habitando para siempre las alturas de Salpo.
