La piedra de Pampán

Cuentos históricos de Salpo — I

Nota del autor. Este cuento se basa en la memoria familiar sobre Liborio Montoya Castillo e Isabel Baca López, agricultores de Uningambal que viajaron hacia Salpo buscando a su hijo Juan. Los diálogos y algunos detalles ambientales son recreaciones literarias.

La desaparición de Juan había cambiado el ritmo de la casa.

Desde que el muchacho partió de Uningambal sin decir adónde iba, Isabel Baca López dejó de dormir tranquilamente. Por las noches permanecía despierta, atenta a los ladridos de los perros, creyendo reconocer en cada ruido los pasos de su hijo.

—Algún día regresará —le decía Liborio Montoya Castillo.

—¿Y si está enfermo? ¿Y si tiene hambre? —respondía Isabel—. Es todavía un muchacho.

Liborio guardaba silencio. Conocía el carácter de Juan. Era inquieto, decidido y poco amigo de explicar sus pensamientos. Desde pequeño había observado con curiosidad a los viajeros que cruzaban los caminos de la hacienda. Les preguntaba de dónde venían, cuánto tardaban en llegar a la costa y qué pueblos había detrás de las montañas.

Un día, sencillamente, se había marchado.

En Uningambal se decía que algunos jóvenes viajaban hacia las minas de Quiruvilca, otros bajaban a Trujillo y algunos buscaban trabajo en Salpo, un pueblo minero de la provincia de Otuzco. Allí, según contaban los arrieros, todavía circulaba dinero y siempre se necesitaban brazos para trabajar.

Una mañana, después de varias semanas sin noticias, Isabel colocó algunas mantas, ropa y alimentos dentro de un costal.

—Voy a buscarlo —anunció.

Liborio la miró detenidamente. Sabía que no lograría convencerla de quedarse.

—No irás sola —respondió—. Preguntaremos por él en todos los pueblos del camino.

Prepararon los animales y dejaron encargadas las tierras. Álvaro, uno de sus hijos, los observó partir. Desde niño ayudaba en las labores agrícolas y conocía bien las obligaciones de la familia. No había ido a la escuela, pero un vecino, don Felipe Eustaquio, le había enseñado las primeras letras.

—Cuida la casa —le dijo Liborio.

—Y no dejes que los animales entren a los sembríos —añadió Isabel.

Luego emprendieron el camino.

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El viaje entre Uningambal y Salpo era largo y fatigoso. No había carreteras por las que pudieran avanzar automóviles. Los viajeros seguían senderos abiertos sobre las montañas, atravesaban quebradas y bordeaban precipicios. En algunos tramos, las piedras se desprendían bajo las patas de los animales y rodaban hasta perderse en el fondo de los abismos.

Liborio caminaba delante, sujetando las riendas. Isabel avanzaba detrás, protegida del frío por un rebozo oscuro.

Preguntaban por Juan en cada caserío.

—¿Han visto pasar a un muchacho de apellido Montoya?

Algunos negaban con la cabeza. Otros creían recordar a un joven parecido.

—Hace varias semanas pasó uno rumbo a las minas.

—Tal vez se dirigía a Salpo.

—Pregunten en las haciendas.

Cada respuesta alentaba las esperanzas de Isabel, aunque también prolongaba la incertidumbre.

Al caer la tarde buscaban refugio en alguna casa campesina. Cuando no encontraban vivienda, dormían bajo una roca o junto a los animales, cubiertos con mantas. Liborio encendía una pequeña fogata y calentaba el alimento que llevaban.

Una noche, mientras contemplaban las estrellas, Isabel preguntó:

—¿Crees que Juan se acuerde de nosotros?

—Claro que se acuerda.

—Entonces, ¿por qué no regresa?

Liborio removió las brasas con una rama.

—Quizá quiere demostrar que puede vivir por su cuenta.

—Un hijo no tiene que demostrarle eso a su madre.

Liborio no respondió. En el silencio de la cordillera se escuchaban solamente el viento y el movimiento de los animales.

✦

Al llegar a Salpo preguntaron por Juan en las calles, en los talleres y en los lugares frecuentados por los trabajadores de las minas.

Nadie pudo darles una respuesta segura.

Algunos habían conocido a un joven llamado Juan, pero no recordaban su apellido. Otros afirmaban haber visto a un muchacho que decía venir de Santiago de Chuco. Las versiones se contradecían y terminaban por desvanecerse.

Sin embargo, el pueblo impresionó a Liborio.

Salpo se extendía sobre la parte alta de una montaña desde la que podían contemplarse numerosas cordilleras. Sus casas de barro y techos de teja se aferraban a las pendientes. Por sus calles transitaban campesinos, mineros, comerciantes y arrieros. En los alrededores se encontraban terrenos donde podían cultivarse papas, trigo, maíz, ocas y otros productos.

—Aquí podríamos trabajar —dijo Liborio.

Isabel lo miró sorprendida.

—No hemos venido a buscar tierras. Hemos venido a buscar a Juan.

—Podemos hacer las dos cosas. Si él pasó por aquí, quizá regrese. Y si nos instalamos, tendrá dónde encontrarnos.

La idea fue creciendo lentamente. Liborio empezó a preguntar por terrenos disponibles. Le hablaron de San Miguel, un lugar situado a unos tres kilómetros al oeste de Salpo, en las faldas de la montaña que culminaba en el cerro Ragash.

Allí podrían recibir una parcela «al partir»: el propietario proporcionaría la tierra y ellos pondrían el trabajo; después repartirían la cosecha.

Regresaron a Uningambal para recoger sus pertenencias y organizar el traslado.

Isabel no había encontrado a Juan, pero mantenía la esperanza.

—Cuando sepa que estamos en Salpo, irá a buscarnos —decía.

✦

El viaje de instalación comenzó antes del amanecer.

Llevaban mantas, herramientas, utensilios, semillas y cuanto podían transportar los animales. Dejaban atrás una vida construida durante años para comenzar otra en un pueblo desconocido.

Durante el primer día avanzaron sin detenerse demasiado. El cielo permaneció despejado, pero al caer la tarde el frío se hizo intenso.

Llegaron a un lugar llamado Pampán.

No había casas cercanas donde pedir alojamiento. Liborio examinó el terreno y encontró un espacio aparentemente protegido del viento. Descargaron los animales y acomodaron los bultos.

Isabel estaba agotada.

—Mañana seguiremos temprano —le dijo Liborio—. Ya falta menos.

Comieron algo y se prepararon para pasar la noche a la intemperie. Los animales quedaron sujetos a poca distancia. De vez en cuando resoplaban o golpeaban el suelo con las patas.

Isabel se cubrió con una manta.

—Cuando lleguemos a San Miguel plantaré flores junto a la casa —dijo.

—Primero tenemos que construirla.

—Precisamente por eso. Para que parezca una casa desde el primer día.

Liborio sonrió.

—También tendremos que buscar agua.

—La encontrarás. Siempre encuentras una solución.

Permanecieron un momento contemplando el cielo. Las estrellas parecían más numerosas y cercanas que en Uningambal.

—Cuando Juan llegue —continuó Isabel—, no debemos reprocharle nada.

—Tendrá que explicar por qué se fue.

—Primero le daremos de comer. Después podrá explicar lo que quiera.

Fueron sus últimas palabras antes de quedarse dormida.

✦

En algún momento de la madrugada, uno de los animales se inquietó. Tal vez oyó un ruido entre las sombras o intentó soltarse para buscar pasto. Al moverse, golpeó una piedra situada en la pendiente.

La piedra empezó a rodar.

Primero descendió lentamente, empujando pequeños guijarros. Después adquirió velocidad. Liborio despertó sobresaltado al escuchar el ruido.

—¡Isabel!

No tuvo tiempo de hacer nada.

La piedra atravesó el lugar donde descansaban.

Cuando todo volvió a quedar en silencio, Liborio se incorporó y buscó a tientas a su esposa. La llamó varias veces. Isabel no respondió.

La noche de Pampán pareció detenerse.

Liborio pidió ayuda, pero no había nadie cerca. Solo estaban las montañas, los animales asustados y el viento que descendía por la quebrada.

Sostuvo a Isabel entre sus brazos hasta que empezó a clarear.

Habían partido para encontrar a un hijo y, en medio del camino, Liborio había perdido a su compañera.

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Los pobladores de los lugares cercanos lo ayudaron a enterrarla.

Después del sepelio, Liborio permaneció largo tiempo junto a la sepultura. Pensó en regresar a Uningambal, en abandonar las herramientas y las semillas, en dejar que los animales encontraran solos el camino de vuelta.

Pero recordó las últimas palabras de Isabel.

San Miguel.

La casa.

Las flores.

Y Juan, que algún día podía regresar preguntando por ellos.

Liborio recogió las pertenencias y continuó el viaje.

Ya no caminaba con la misma prisa. Avanzaba como quien lleva sobre los hombros un peso que nadie más puede ver. Al llegar a las alturas desde donde se divisaba Salpo, se detuvo.

Frente a él se levantaba el cerro Ragash. Más abajo se encontraba San Miguel, extendido sobre la falda de la montaña. A la distancia, el camino descendía en dirección a la costa.

Liborio contempló aquellas tierras y comprendió que su vida había quedado dividida por la noche de Pampán.

Antes de ella estaban Uningambal, Isabel y la familia reunida.

Después de ella quedaban la ausencia, los hijos y la obligación de empezar de nuevo.

Consiguió el terreno «al partir» y se instaló en San Miguel. Trabajó la tierra, levantó una vivienda y comenzó a construir un pozo para asegurar agua durante las temporadas secas. Gracias a ese pozo, con los años obtendría dos cosechas anuales.

Cada surco abierto en la tierra representaba una forma de resistir.

Cada semilla sembrada era una promesa.

Y junto a la casa, en memoria de Isabel, dejó un pequeño espacio para las flores.

Nunca olvidó la búsqueda de Juan ni aquella piedra que descendió durante la noche. Sin embargo, tampoco abandonó el camino que habían elegido juntos.

Así empezó la historia de los Montoya en Salpo: con un hijo ausente, una mujer que no pudo concluir el viaje y un hombre que, a pesar del dolor, siguió caminando hacia la montaña.

Fuente de la memoria familiar: Modesto Montoya, «Recuerdos de vida», 28 de septiembre de 2022.

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