El balcón del abuelo José

English version: Grandfather José’s Balcony

version-francaise: Le balcon de grand-père José

Desde el balcón de la casa del abuelo José podía contemplarse una gran parte del mundo.

Hacia el Norte se extendían las cordilleras, unas detrás de otras, azules y lejanas. Por el Este aparecía la carretera de entrada al pueblo y, por el Oeste, el camino de entrada por la Loma de Ocas. La casa se encontraba en el centro de aquella inmensa platea natural, como si hubiera sido construida para servir de observatorio de los Andes del Norte del Perú.

Después de las clases escolares, yo subía al balcón con mis cuadernos. Allí repasaba las lecciones del día mientras esperaba al abuelo.

Sabía que aparecería por la Loma de Ocas, más abajo del cementerio. Desde lejos podía distinguir su sombrero, su poncho y su paso firme. El cementerio permanecía silencioso sobre la Loma, con un aspecto solemne, como si vigilara el regreso de los hombres que todavía trabajaban la tierra.

Cuando el abuelo llegaba, se sentaba a mi lado. Yo le mostraba mis apuntes y le contaba lo que había aprendido en la escuela. Él escuchaba con atención, aunque algunas palabras de los libros le resultaban extrañas.

—Todo conocimiento sirve —decía—, pero hay que saber para qué sirve.

Luego comenzaba su propia lección. Me hablaba de las lluvias, de las semillas, de los animales, del comportamiento de las personas y de la importancia de cumplir la palabra dada. Yo aprendía entonces que la escuela no estaba solamente en el aula. También estaba en las chacras, en los cerros, en el vuelo de los pájaros y en las historias de los mayores.

Con el paso de los meses advertí que el abuelo caminaba cada vez más despacio.

Una tarde lo vi aparecer en la carretera de la Loma de Ocas. Avanzó unos metros y luego se sentó al borde del camino. Desde el balcón lo observé con preocupación. Nunca antes lo había visto detenerse de ese modo.

Permaneció allí durante un largo rato, mirando quizá las chacras que había trabajado durante tantos años. Después se puso de pie y retomó el camino.

Llegó a casa cuando el Sol ya se había hundido detrás de los cerros.

Subió al balcón y se sentó junto a mí. Respiraba con dificultad, pero quiso revisar mis cuadernos como todas las tardes.

—Te vi descansar en la carretera, abuelo —le dije.

Miró hacia las montañas antes de responder.

—Ya no puedo caminar como antes, hijo. El cuerpo termina cansándose, aunque la voluntad siga fuerte.

Guardó silencio unos segundos.

—En el campo, dejar de trabajar es dejarse morir.

Lo dijo sin tristeza ni miedo, como quien explica una ley de la naturaleza.

Aquel año yo terminaba la escuela primaria. Me preparaba para abandonar Salpo y continuar mis estudios lejos de la casa, del balcón y de las chacras donde había acompañado al abuelo durante tres años.

Una tarde de noviembre lo esperé, como siempre, con mis cuadernos abiertos.

Vi que llegaba por el camino del Oeste. Caminaba muy lentamente. Cuando entró en la casa no llegó al balcón. Se dirigió directamente a su dormitorio.

Algo extraño había ocurrido.

Apresuradamente fui a buscarlo. Estaba recostado, sudoroso y muy cansado. La abuelita Lastenia permanecía junto a él.

Me acerqué a la cama.

El abuelo abrió los ojos y me miró.

—Ya terminé con mis tareas de la vida —dijo con una voz que apenas podía escucharse—. He trabajado hasta cuando las fuerzas me lo permitieron en la tierra de nuestros ancestros. La defendí contra invasores foráneos. Ya te enseñé todo lo que podía enseñarte.

La abuelita Lastenia comenzó a llorar.

Tomé la mano derecha del abuelo. Era una mano endurecida por la tierra, el frío, las herramientas y los años de trabajo. La misma mano que me había enseñado a sembrar, a sujetar un animal sin hacerle daño y a levantarme después de una caída.

El abuelo trató de sonreír.

Después su mirada se fue apagando lentamente.

Durante tres años había sido mi maestro. Me había enseñado a amar el trabajo y el campo, a respetar a los seres vivos, a cumplir con las obligaciones y a comprender que todo lo que nos rodea merece consideración. No había escrito libros ni pronunciado discursos, pero había vivido de acuerdo con sus palabras.

Poco después partí hacia Chimbote, un puerto pesquero e industrial donde el ruido de las fábricas y el olor del mar reemplazaron el silencio de los cerros.

Luego viajé a Lima.

Después conocí otras ciudades y otros países. Crucé océanos, estudié, trabajé y regresé finalmente a la capital. Pero nunca dejé completamente aquel balcón desde el cual esperaba al abuelo José.

Cada vez que vuelvo a Salpo, desde la casa del abuelo, contemplo las cordilleras del Norte. Busco la carretera de la Loma de Ocas, el cementerio solemne y el lugar donde el abuelo se sentó por última vez a recuperar fuerzas.

Regreso para revivir y para no olvidar.

Ahora, cuando viajo apretado entre los pasajeros del Metropolitano de Lima, camino a mi trabajo en la Universidad Nacional de Ingeniería, siento que avanzo como una sardina dentro de una gran corriente humana.

Entonces recuerdo al abuelo regresando lentamente de sus chacras.

Y me pregunto cómo me verían mis nietos si vivieran conmigo y me esperaran cada tarde.

Quizá también notarían que camino más despacio.

Quizá algún día me preguntarían por qué me detengo a descansar.

Entonces yo les hablaría del abuelo José, del balcón de Salpo y de aquel hombre que trabajó hasta que sus fuerzas se agotaron, pero cuya voluntad nunca se rindió.

Y les diría que las verdaderas enseñanzas no terminan cuando muere el maestro.

Continúan caminando en quienes las recibieron.

Grandfather José’s Balcony

From the balcony of Grandfather José’s house, one could contemplate a vast part of the world.

To the north, mountain ranges stretched one behind another, blue and distant. To the east lay the road entering the village, and to the west, the road that came in by way of Loma de Ocas. The house stood at the center of that immense natural amphitheater, as though it had been built to serve as an observatory of the Andes of northern Peru.

After school, I would go up to the balcony with my notebooks. There I reviewed the day’s lessons while waiting for my grandfather.

I knew he would appear along the road from Loma de Ocas, below the cemetery. From far away, I could make out his hat, his poncho, and his steady stride. The cemetery stood silently on the hill, solemn in appearance, as though watching over the return of the men who still worked the land.

When Grandfather arrived, he would sit beside me. I showed him my notes and told him what I had learned at school. He listened carefully, although some of the words in my books seemed unfamiliar to him.

“Every kind of knowledge is useful,” he would say, “but you must know what it is useful for.”

Then he would begin his own lesson. He spoke to me about the rains, the seeds, the animals, human behavior, and the importance of keeping one’s word. I came to understand that school was not found only inside the classroom. It was also in the fields, on the hills, in the flight of the birds, and in the stories told by our elders.

As the months passed, I noticed that Grandfather was walking more and more slowly.

One afternoon, I saw him appear on the road from Loma de Ocas. He walked a few yards and then sat down at the side of the road. I watched him from the balcony with concern. I had never seen him stop like that before.

He remained there for a long time, perhaps looking at the fields he had worked for so many years. Then he stood up and resumed his journey.

He reached the house when the sun had already disappeared behind the hills.

He climbed to the balcony and sat beside me. He was breathing heavily, but he still wanted to look over my notebooks, as he did every afternoon.

“I saw you resting on the road, Grandfather,” I said.

He looked toward the mountains before answering.

“I can no longer walk as I once did, my son. The body eventually grows tired, even when the will remains strong.”

He was silent for a few moments.

“In the countryside, to stop working is to surrender to death.”

He said it without sadness or fear, as someone explaining a law of nature.

That year, I was finishing primary school. I was preparing to leave Salpo and continue my studies far from the house, the balcony, and the fields where I had accompanied Grandfather for three years.

One afternoon in November, I waited for him as usual, with my notebooks open.

I saw him approaching along the western road. He was walking very slowly. When he entered the house, he did not come up to the balcony. He went directly to his bedroom.

Something unusual had happened.

I hurried to find him. He was lying down, sweating and utterly exhausted. Grandmother Lastenia was beside him.

I approached the bed.

Grandfather opened his eyes and looked at me.

“I have finished my life’s work,” he said in a voice I could barely hear. “I worked the land of our ancestors for as long as my strength allowed me. I defended it against outsiders who tried to take it. I have already taught you everything I could teach you.”

Grandmother Lastenia began to cry.

I held Grandfather’s right hand. It was a hand hardened by the soil, the cold, the tools, and the long years of work. It was the same hand that had taught me how to sow seeds, how to hold an animal without hurting it, and how to rise again after a fall.

Grandfather tried to smile.

Then the light in his eyes slowly faded.

For three years, he had been my teacher. He had taught me to love work and the countryside, to respect living beings, to fulfill my obligations, and to understand that everything around us deserves consideration. He had written no books and delivered no speeches, but he had lived according to his words.

Soon afterward, I left for Chimbote, a fishing and industrial port where the noise of the factories and the smell of the sea replaced the silence of the hills.

Later, I traveled to Lima.

After that, I came to know other cities and other countries. I crossed oceans, studied, worked, and eventually returned to the capital. But I never completely left behind that balcony from which I used to wait for Grandfather José.

Whenever I return to Salpo, I look out from Grandfather’s house toward the northern mountain ranges. I search for the road from Loma de Ocas, the solemn cemetery, and the place where Grandfather sat down for the last time to recover his strength.

I return to relive those moments and to keep them from being forgotten.

Now, when I travel to work at the National University of Engineering, squeezed among the passengers on Lima’s Metropolitano bus system, I feel as though I were a sardine carried along in a great human current.

Then I remember Grandfather returning slowly from his fields.

And I wonder how my grandchildren would see me if they lived with me and waited for me every afternoon.

Perhaps they too would notice that I am walking more slowly.

Perhaps one day they would ask me why I stop to rest.

Then I would tell them about Grandfather José, the balcony in Salpo, and the man who worked until his strength was exhausted, but whose will never surrendered.

And I would tell them that true lessons do not end when the teacher dies.

They continue walking within those who received them.

Le balcon de grand-père José

Depuis le balcon de la maison de grand-père José, on pouvait contempler une vaste partie du monde.

Au nord, les chaînes de montagnes se succédaient, bleues et lointaines. À l’est se trouvait la route par laquelle on entrait dans le village et, à l’ouest, celle qui arrivait par la Loma de Ocas. La maison occupait le centre de cet immense amphithéâtre naturel, comme si elle avait été construite pour servir d’observatoire sur les Andes du nord du Pérou.

Après l’école, je montais sur le balcon avec mes cahiers. J’y révisais les leçons de la journée en attendant mon grand-père.

Je savais qu’il apparaîtrait sur la route de la Loma de Ocas, en contrebas du cimetière. De loin, je distinguais son chapeau, son poncho et sa démarche régulière. Le cimetière se dressait silencieusement sur la colline, avec une apparence solennelle, comme s’il veillait sur le retour des hommes qui travaillaient encore la terre.

Lorsque grand-père arrivait, il s’asseyait à côté de moi. Je lui montrais mes notes et lui racontais ce que j’avais appris à l’école. Il m’écoutait attentivement, même si certains mots de mes livres lui semblaient étrangers.

— Toute connaissance est utile, me disait-il, mais il faut savoir à quoi elle sert.

Puis il commençait sa propre leçon. Il me parlait des pluies, des semences, des animaux, du comportement des hommes et de l’importance de tenir sa parole. Je compris que l’école ne se trouvait pas seulement dans la salle de classe. Elle était aussi dans les champs, sur les collines, dans le vol des oiseaux et dans les histoires racontées par les anciens.

Au fil des mois, je remarquai que grand-père marchait de plus en plus lentement.

Un après-midi, je le vis apparaître sur la route de la Loma de Ocas. Il fit quelques pas, puis s’assit au bord du chemin. Je l’observai depuis le balcon avec inquiétude. Je ne l’avais jamais vu s’arrêter ainsi.

Il resta longtemps assis, contemplant peut-être les champs qu’il avait travaillés pendant tant d’années. Puis il se releva et reprit sa marche.

Il arriva à la maison alors que le soleil avait déjà disparu derrière les collines.

Il monta jusqu’au balcon et s’assit à côté de moi. Il respirait difficilement, mais il voulut tout de même regarder mes cahiers, comme il le faisait chaque après-midi.

— Je t’ai vu te reposer sur le chemin, grand-père, lui dis-je.

Il regarda les montagnes avant de répondre.

— Je ne peux plus marcher comme autrefois, mon fils. Le corps finit par se fatiguer, même lorsque la volonté reste forte.

Il garda le silence pendant quelques instants.

— À la campagne, cesser de travailler, c’est se livrer à la mort.

Il le dit sans tristesse ni peur, comme quelqu’un qui explique une loi de la nature.

Cette année-là, je terminais l’école primaire. Je me préparais à quitter Salpo pour poursuivre mes études loin de la maison, du balcon et des champs où j’avais accompagné grand-père pendant trois ans.

Un après-midi de novembre, je l’attendis comme d’habitude, mes cahiers ouverts devant moi.

Je le vis arriver par la route de l’ouest. Il marchait très lentement. Lorsqu’il entra dans la maison, il ne monta pas au balcon. Il se rendit directement dans sa chambre.

Quelque chose d’inhabituel s’était produit.

Je me précipitai pour le rejoindre. Il était allongé, couvert de sueur et complètement épuisé. Grand-mère Lastenia se tenait près de lui.

Je m’approchai du lit.

Grand-père ouvrit les yeux et me regarda.

— J’ai terminé le travail de ma vie, dit-il d’une voix que j’entendais à peine. J’ai travaillé la terre de nos ancêtres aussi longtemps que mes forces me l’ont permis. Je l’ai défendue contre ceux qui voulaient nous la prendre. Je t’ai déjà enseigné tout ce que je pouvais t’enseigner.

Grand-mère Lastenia se mit à pleurer.

Je pris la main droite de grand-père. C’était une main durcie par la terre, le froid, les outils et de longues années de travail. C’était la même main qui m’avait appris à semer, à tenir un animal sans lui faire de mal et à me relever après une chute.

Grand-père essaya de sourire.

Puis la lumière de ses yeux s’éteignit lentement.

Pendant trois ans, il avait été mon maître. Il m’avait appris à aimer le travail et la campagne, à respecter les êtres vivants, à remplir mes obligations et à comprendre que tout ce qui nous entoure mérite de la considération. Il n’avait écrit aucun livre et n’avait prononcé aucun discours, mais il avait vécu conformément à ses paroles.

Peu de temps après, je partis pour Chimbote, un port de pêche et une ville industrielle où le bruit des usines et l’odeur de la mer remplacèrent le silence des collines.

Plus tard, je partis pour Lima.

Ensuite, je connus d’autres villes et d’autres pays. Je traversai des océans, j’étudiai, je travaillai et je revins finalement dans la capitale. Mais je ne quittai jamais complètement ce balcon depuis lequel j’attendais grand-père José.

Chaque fois que je retourne à Salpo, je regarde depuis la maison de grand-père les chaînes de montagnes du nord. Je cherche la route de la Loma de Ocas, le cimetière solennel et l’endroit où grand-père s’était assis pour la dernière fois afin de reprendre des forces.

J’y retourne pour revivre ces instants et les empêcher de tomber dans l’oubli.

Aujourd’hui, lorsque je vais travailler à l’Université nationale d’ingénierie, serré au milieu des passagers du Metropolitano de Lima, je me sens comme une sardine entraînée par un immense courant humain.

Je me souviens alors de grand-père revenant lentement de ses champs.

Et je me demande comment mes petits-enfants me verraient s’ils vivaient avec moi et m’attendaient chaque après-midi.

Peut-être remarqueraient-ils, eux aussi, que je marche plus lentement.

Peut-être me demanderaient-ils un jour pourquoi je m’arrête pour me reposer.

Je leur parlerais alors de grand-père José, du balcon de Salpo et de cet homme qui travailla jusqu’à l’épuisement de ses forces, sans que sa volonté ne renonce jamais.

Et je leur dirais que les véritables leçons ne s’achèvent pas avec la mort du maître.

Elles continuent de marcher en ceux qui les ont reçues.

3 comments

  1. Muy interesante la historia. Es momento de enseñar a las nuevas generaciones a apreciar la vida en todos los aspectos y fasetas. Si nosostros no lo hacemos, ellos no aprenderán a apreciar lo que hay y no lo cuidarán. Y entonces quien lo hará!?
    Gracias por su lección Maestro!

  2. Lo contado por Modesto, respecto de su Abuelo José, es el pensamiento natural de toda persona arraigada a su terruño, respetando los conocimientos adquiridos y trasmitidos de generación en generación .
    El respeto a los acuerdos de palabra en la sierra, es algo natural y la Familia lo considera así.

  3. Considero que en su mensaje :No es el pensamiento natural. Hay algo más….muchas gente aprende de los lugares donde tuvieron la oportunidad de aprender pero no son capaces de aprender din maestros, porque no tenemos buenos maestros, el relato del Dr. Montoya nos deja ver la suerte de obtener la motivación para seguir aprendiendo solo….algo que hace mucha falta en la poblacion de las últimas generaciones..la gente no sabe aprender sola…( Basta mirar los procesos electorales recientes)..y eso nos dice al final ..las verdaderas enseñanzas no terminan cuando muere el maestro .

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