Un domingo de 1960, el abuelo José nos mandó a mi prima Cleotilde y a mí a pastar las ovejas en la Loma del Viento.
La loma ocupaba la parte alta de un terreno muy inclinado, en las montañas de Salpo. Desde allí se divisaba, muy abajo, el río Moche, que descendía serpenteando entre los cerros en dirección a Trujillo. En la otra ladera se distinguía la carretera, como una cinta angosta y polvorienta recostada sobre la montaña.
El viento soplaba sin encontrar obstáculos. Movía los pajonales, levantaba el polvo y hacía sonar las hojas secas de los arbustos. Las ovejas avanzaban lentamente, mordiendo los pastos dispersos entre las piedras. Cleotilde y yo pasábamos la mañana vigilándolas, conversando y contemplando el paisaje.
Antes del mediodía escuchamos una detonación.
El estampido rebotó entre los cerros.
Las ovejas levantaron la cabeza y se agruparon, inquietas. Yo miré hacia la parte baja de la loma. Un hombre sostenía una escopeta. Después de disparar, comenzó a subir hacia nosotros.
Cleotilde lo reconoció de inmediato.
—Es Marcelo —dijo—. Ve hacia la otra loma y llama al tío Eleazar. Está en la chacra de Las Tunas, separando la paja del trigo.
La chacra se encontraba bastante más arriba, en dirección a Salpo. Desde donde estábamos apenas se distinguía la figura del tío Eleazar trabajando junto a las parvas.
Corrí hasta una parte elevada y empecé a gritar:
—¡Tío Eleazar! ¡Tío Eleazar!
El viento se llevaba mi voz. Grité varias veces, haciendo bocina con las manos. Finalmente, el tío dejó de trabajar y miró hacia nosotros.
Tomé todo el aire que pude.
—¡Un hombre llamado Marcelo nos está disparando con una escopeta y viene hacia nosotros!
Tuve que repetirlo tres veces. La distancia, el viento y mi agitación confundían las palabras. Cuando por fin comprendió, el tío Eleazar abandonó la chacra y comenzó a bajar rápidamente.
Marcelo seguía subiendo.
Ambos llegaron casi al mismo tiempo.
El tío Eleazar se interpuso entre nosotros y la escopeta. Levantó las manos y, con una tranquilidad que me sorprendió, le dijo:
—Dispara, pues. Dispara nomás.
Marcelo dudó.
Ese instante fue suficiente. Con un movimiento rápido, el tío sujetó el cañón, desvió el arma y se la arrebató.
Durante unos segundos los dos hombres se miraron en silencio. Solo se escuchaba el viento y el balido nervioso de las ovejas.
—Vete —ordenó el tío Eleazar.
Marcelo no respondió. Dio media vuelta y comenzó a bajar por donde había venido.
Cuando ya estaba lejos, el tío examinó la escopeta y sonrió.
—Fuimos compañeros de escuela —nos contó—. Siempre quería agredirme, pero siempre salía perdiendo.
Para él, el incidente parecía terminado. Para mí, no.
Aquella noche, ya en la casa de Salpo, me senté junto al abuelo José en el balcón. Desde allí mirábamos hacia el valle oscuro, en dirección al río Chanchacap. Algunas luces aisladas brillaban en las laderas y el rumor del agua llegaba apagado desde el fondo de la quebrada.
Le conté lo sucedido.
El abuelo permaneció un momento en silencio. Luego empezó a hablar, como si la escopeta de Marcelo hubiera despertado una historia mucho más antigua.
—Esto no comenzó hoy —dijo—. Viene desde los tiempos de la Colonia.
Según la memoria conservada por nuestra familia, aquella región había sido habitada desde tiempos antiguos por comunidades vinculadas a la cultura culle. Se hablaba de Cuidista como un importante centro de esa población. Sus descendientes habían conservado tierras, costumbres y formas de organización, aun después de la llegada de los españoles.
A finales del siglo XVIII, cuando todavía gobernaba la Corona española y faltaban algunos años para la Independencia, soldados y colonos dirigidos por un hombre de apellido Fernández comenzaron a ocupar terrenos situados en los límites de las propiedades de la comunidad.
Los antiguos pobladores tuvieron que buscar distintas maneras de defenderse. Algunos adoptaron apellidos españoles porque creyeron que así serían escuchados con mayor facilidad por las autoridades coloniales. Otros conservaron sus apellidos originarios.
Entre estos últimos estuvo Vicente Huillca, quien, según contaba el abuelo, llegó a ser alcalde de indios. La administración española había organizado la llamada República de Indios, separada formalmente de la República de Españoles. El alcalde de indios representaba a su comunidad y debía tratar con corregidores, sacerdotes, escribanos y demás funcionarios coloniales.
El último curaca de Salpo, de acuerdo con aquella tradición familiar, se llamó Gabriel Flores, nietpode don Francisco Flore y doña Juana Pisapintas Guaja .
Los conflictos por la tierra se hicieron cada vez más difíciles. Los invasores conocían los procedimientos de la administración española, mientras que los comuneros debían enfrentarse a papeles, escrituras y leyes redactadas en un idioma jurídico que no dominaban.
Entonces apareció Santiago Zavaleta, un hombre conocedor de las leyes coloniales. Se ofreció a defender a los Flores y a la comunidad frente a quienes pretendían apoderarse de sus terrenos. Su ayuda fue aceptada.
Con el paso de los años, las familias se unieron. Un Zavaleta se casó con una descendiente de los Huillca, apellido que después pasó a escribirse Vilca.
El abuelo señaló hacia el interior de la casa, como si detrás de las paredes estuvieran reunidos todos nuestros antepasados.
—Mi padre fue hijo de Daniel Zavaleta Vilca y de Agustina López Flores —me explicó—. Por eso descendemos, según nos enseñaron nuestros mayores, del último curaca y del último alcalde de indios de Salpo.
La historia no había terminado con la Independencia. Cambiaron las autoridades, las banderas y los nombres de las instituciones, pero los litigios por la tierra continuaron.
—Llevamos casi dos siglos en juicio —dijo el abuelo—. Ellos quieren arrancarnos más terrenos.
Los descendientes de las familias enfrentadas debían convivir en el mismo distrito. Los hijos de unos y otros estudiaban en las mismas escuelas, caminaban por las mismas calles y se encontraban en las faenas, las fiestas y los caminos. Sin embargo, bajo aquella convivencia permanecía una antigua disputa, transmitida de generación en generación.
El abuelo José, como descendiente de Santiago Zavaleta, viajaba a Otuzco para seguir los expedientes. Guardaba documentos, escuchaba a los abogados y trataba de impedir que nuevas parcelas fueran incorporadas a las propiedades de los descendientes de los Fernández.
Entonces comprendí que Marcelo no había subido la Loma del Viento solamente por una discusión de aquel domingo. Detrás de él parecían marchar otros hombres: soldados coloniales, ocupantes de tierras, escribanos y litigantes de épocas lejanas.
La escopeta que nos había apuntado era un rezago de esa historia.
El abuelo permaneció mirando la oscuridad. Después habló con voz serena:
—Así han actuado siempre. Por eso yo también tengo mi escopeta. No para buscar problemas, sino para defenderme si alguna vez fuera necesario.
Sentí un escalofrío.
Hasta aquella mañana, para mí la Colonia era una época encerrada en los libros, poblada por virreyes, curacas, corregidores y soldados muertos hacía siglos. Aquella noche comprendí que ciertas historias no terminan cuando cambia un gobierno ni cuando se proclama una independencia.
Algunas continúan escondidas en los expedientes judiciales, en los linderos inciertos, en los apellidos familiares y en los resentimientos que pasan de padres a hijos.
Otras reaparecen de pronto, un domingo cualquiera, con el estampido de una escopeta en la Loma del Viento.
Luego de esa noche, presté más atención al curso de Historia. Le contaba al abuelo y el siempre decía:
—Responde en las pruebas, pero en tu mente guarda lo que te contaré de la verdadera historia.
