Una crítica al reemplazo de la educación por la represión
La llamada “doctrina del Estado carcelario” consiste en que el Estado abandona a los jóvenes cuando necesitan escuela, ciencia, cultura, salud, deporte y empleo, pero reaparece cuando necesita policías para vigilarlos y cárceles para encerrarlos.
Si a un número N de jóvenes el Estado no les dio educación de calidad ni oportunidades de trabajo, habrá N jóvenes empujados hacia la exclusión y, en algunos casos, hacia la delincuencia. Entonces el Estado propone una solución de corto plazo: a N/4 los convierte en policías con unos meses de preparación, y a 3N/4 los encierra en cárceles. Así, todos terminan viviendo del Estado: unos como agentes de seguridad y otros como presos.
Eso puede servir para el breve plazo, cuando la violencia ya se desbordó y la sociedad exige protección inmediata. Pero no resuelve la raíz del problema. La solución de fondo empieza mucho antes: en los niños de cuatro años, en la educación inicial, en la nutrición, en la salud mental, en la escuela pública, en el deporte, en la ciencia y en la formación para el trabajo.
La verdadera pregunta es: ¿qué le resulta más barato y más humano al Estado? ¿Construir escuelas, laboratorios, bibliotecas y centros deportivos para que los niños crezcan con futuro? ¿O construir cárceles y preparar policías para administrar el fracaso social veinte años después?
Un Estado inteligente no espera a que un niño excluido se convierta en un joven perseguido. Invierte temprano para que la criminalidad desaparezca antes de nacer.
