En 1985, estando en Fráncfort, solicité una visa de cinco días para asistir a una conferencia científica en Estados Unidos. Para mi sorpresa, me otorgaron una visa permanente y un cordial “Bienvenido a Estados Unidos”. Poco después comprendí que no se trataba de un gesto aislado, sino de una política deliberada de atracción de científicos e ingenieros.
Las cifras internacionales respaldan ese enfoque. En Estados Unidos, cerca del 20 % de los trabajadores en áreas STEM son inmigrantes, y entre los científicos e ingenieros con doctorado la proporción asciende a aproximadamente 40 %. En la OCDE, más del 10 % de la población es extranjera; en países como Suiza, el porcentaje supera incluso un tercio. La evidencia indica que esta apertura al talento global explica buena parte de la primacía científica y tecnológica estadounidense. Diversos estudios muestran, por ejemplo, que cerca de la mitad de las patentes en Estados Unidos cuentan con al menos un inventor inmigrante.
Hoy nadie duda de que la principal riqueza de una nación proviene de su capacidad para generar ciencia, tecnología e innovación. En consecuencia, los países más competitivos serán aquellos capaces de atraer y retener talento científico.
Los que perderán serán los que dejan ir —o peor aún, los que rechazan— a sus propios científicos. Entre ellos se encuentra el Perú, cuyos sucesivos gobiernos han puesto casi todas sus expectativas en los minerales, como si el cobre y el oro bastaran para asegurar el bienestar nacional. Esa riqueza extractiva parece suficiente para garantizar el confort de ciertos altos funcionarios, rara vez vinculados al quehacer científico o tecnológico.
Mientras tanto, la mayoría de la población vive entre la pobreza y la inseguridad. Y la pendiente será cada vez más resbaladiza si no se inicia, por fin, una política seria y sostenida en educación, ciencia y tecnología.
