Los pioneros de Los Andes

Desde hace algún tiempo circula la idea de que nadie es originario de América. Suele repetirse por quienes buscan justificar el despojo de tierras que, durante miles de años, estuvieron habitadas por pueblos que desarrollaron culturas, conocimientos y formas de vida en armonía con la naturaleza.

El término originario no fue inventado por los despojados. También se les llamó indios, y bajo ese nombre dieron lugar a civilizaciones que dejaron huellas indelebles en nuestra historia. El Tawantinsuyo, por ejemplo, integró a diversos pueblos que se reconocían a través de sus signos de identificación reunidos en el Coricancha. Tanto se insistió en llamarlos indios que líderes como Túpac Katari exclamaron: “Indios nos dicen, como indios lucharemos”. Un término más apropiado sería los pioneros de América o, en el caso del Perú, los pioneros de los Andes.

Más allá de los nombres, lo esencial es que ellos estuvieron primero y alzaron sus propias banderas. Quienes llegaron después lo hicieron emboscando, asesinando a los líderes y apropiándose de lo ajeno. No fueron descubridores ni fundadores, sino invasores, tramposos, mentirosos y saqueadores. Lo más grave es que ese comportamiento de invadir y eliminar a los defensores de sus tierras no ha desaparecido: persiste bajo formas modernas de saqueo y violencia en algunos lugares de la Selva, con estados que miran a otro lado o se vuelven cómplices.

Paradójicamente, el Estado más poderoso nacido de aquella invasión expulsa hoy a inmigrantes recientes que no se parecen a los descendientes de sus colonizadores.

En el Tawantinsuyo, sin embargo, también hubo mestizaje, que se extiende hasta nuestros días. En el Perú, salvo los hijos de inmigrantes recientes, todos descendemos de quienes primero poblaron estas tierras y fueron brutalmente despojados. El tema no es racial, sino ético: nadie tiene derecho a invadir territorios habitados ni a exterminar a sus poblaciones.

La riqueza de nuestro tiempo no está en la fuerza ni en el saqueo, sino en el conocimiento. La “extirpación de idolatrías” interrumpió violentamente el proceso de investigación y desarrollo que florecía en el Tawantinsuyo. Hoy, el mayor desafío para nuestros pueblos artificialmente divididos es restablecer el amor por el saber y el aprender, y hacerlo con excelencia.

Esa es la lucha por la verdadera independencia: contribuir al mundo con ciencia y conocimiento, como lo hicieron los pioneros de América, cuyos productos siguen presentes en los mercados globales.

No se trata de sentir orgullo por ser descendientes de tal o cual civilización —la Culle, en mi caso—. Se trata de reiniciar, con amor por el aprendizaje, aquello que se cortó con espadas que mancharon la historia con esclavitud y saqueo.

Por eso repetimos con convicción: “Sin ciencia no hay futuro”. Ciencia entendida como conocimiento y amor por incrementarlo, la única vía para construir un destino justo y digno para nuestros pueblos.

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