Año 2000. Lima hervía de calor y entusiasmo: se aproximaba el Encuentro Científico Internacional de verano y, como siempre, faltaba el auditorio. Así que, libreta en mano y con rostro de gestor entusiasta, me dirigí a Petroperú. Allí me recibió el jefe de relaciones públicas, responsable del auditorio. Bien trajeado, con gesto sereno, parecía más diplomático que petrolero.
—¿Cuál es su formación? —le pregunté, curioso, mientras fingía mirar el aforo del local.
—Psicólogo —me dijo, con una sonrisa enigmática.
—¿Y ejerció clínicamente alguna vez?
—Claro, tuve mi consultorio.
Guardó silencio. Luego miró hacia la ventana como quien contempla una verdad universal y sentenció:
—Pero aquí los beneficios son mucho mejores.
Intentando redirigir la charla hacia terrenos científicos, pregunté:
—¿Cuál es el problema psicológico más común entre los limeños?
—El sexual —dijo sin pestañear.
—¿Qué tipo de problemas? —pregunté, con la ingenuidad de un físico que aún creía que todo puede graficarse.
Me miró con condescendencia profesional y respondió:
—Usted es científico y comprenderá… pero ni con toda su imaginación podrá acercarse a lo que sucede en ese mundo.
Salí del edificio meditando si el verdadero misterio del universo no era la energía oscura, sino el alma limeña.
Año 2015.
Café Haití, Miraflores. Mientras esperaba a un colega que siempre llegaba tarde por culpa del tráfico… o de su esposa, tomaba café y hojeaba un número de Scientific American, comprado en una tiendita que luego fue sustituida, claro está, por una tienda de poké bowls.
De pronto, un señor mayor, de unos 70 bien llevados, se me acercó con paso decidido.
—¿Usted es científico? —preguntó con mirada brillante.
—Podríamos decir —respondí con una sonrisa.
—¡Adoro a los científicos!
Me intrigó. ¿Sería admirador de Curie, Feynman o Hawking?
—¿Y eso?
Su rostro se iluminó como niño con juguete nuevo:
—¡Inventaron el Viagra! ¡Me cambiaron la vida!
Y sin más, se fue silbando una marinera. Confieso que esa vez no supe si reír, brindar por la ciencia o ponerme a investigar los mecanismos bioquímicos de la felicidad tardía.
Año 2025.
Con el tabique desviado desde tiempos inmemoriales, me debatía entre operarme o seguir respirando por la imaginación. El médico me advirtió: diez días de descanso. Para mi hiperactividad, eso era más impensable que una semana sin reuniones por Zoom.
Así que, fiel a mi rutina, fui a una farmacia del parque Kennedy, en busca de la cinta «respira mejor».
Tres jóvenes farmacéuticas atendían tras el mostrador. Milagrosamente, sin clientes.
La ocasión era propicia para mi curiosidad irreprimible.
—¿Cuál es el medicamento más vendido?
Se rieron.
—¿Y eso qué tiene de gracioso?
Una de ellas, con sonrisa pícara, soltó un nombre impronunciable, como salido de una fórmula cuántica.
—¿Y para qué sirve?
—Disfunción eréctil —dijo, mientras las otras reían cómplices.
Me fui pensativo. Tres anécdotas, tres décadas, y una misma constante: los misterios más profundos de la vida limeña… no están en los laboratorios, sino en el arte de vivir —y sobrevivir— con buen humor, imaginación… y una pizca de pastilla azul.
Pero eso era lo anecdótico. Lo que descubrí en el medio siglo de trajín, las facetas de la vida sexual están lejos de la más estrafalaria de las imaginaciones.
