Si el Estado no retoma liderazgo en educación…

La historia de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) es inseparable del desarrollo científico y tecnológico del Perú. Durante las décadas de 1950 y 1960, la UNI no solo fue un semillero de talento a nivel nacional, sino también un punto de encuentro para estudiantes de diversas regiones, con una planta docente de talla internacional. Sin embargo, en las últimas décadas, esta imagen ha cambiado dramáticamente. La composición estudiantil se ha vuelto predominantemente limeña, y los recursos para investigación y formación se han visto cada vez más menguados.

En mi reciente programa, «El encuentro con la ciencia», abordé este proceso de declive y reflexioné sobre el abandono sistemático de las universidades públicas por parte del Estado. Esta política deliberada ha favorecido el crecimiento de universidades privadas, muchas de baja calidad, mientras que las estatales, con toda su historia y potencial, son relegadas al olvido presupuestal. La UNI, que antes fue referente continental, hoy lucha por mantener su infraestructura, atraer profesores de nivel y ofrecer servicios básicos a sus estudiantes.

No obstante, a pesar de estas limitaciones, el Perú ha producido científicos y profesionales de talla mundial provenientes de orígenes humildes. Desde César Beltrán en inteligencia artificial, pasando por Máximo San Román y Víctor Coronel, hasta destacados investigadores como César Camacho y Leandro Saavedra formados en la UNI, vemos que el talento existe. Pero ¿cuánto de este talento el Perú logra retener? Muy poco. El Estado no ofrece las condiciones necesarias, y nuestros mejores cerebros migran.

En los años 60, la efervescencia política también marcó a la UNI. El espíritu revolucionario llevó a muchos jóvenes a simpatizar con ideas guerrilleras, inspirados por figuras como Héctor Béjar. Esta etapa, aunque idealista, demostró que sin una estrategia clara y sostenible, incluso las mejores intenciones se diluyen ante el poder armado del Estado. Hoy, enfrentamos un desafío distinto, pero igual de profundo: una revolución educativa pacífica y transformadora.

Para cambiar el rumbo del país, propongo implementar un examen nacional de admisión a las universidades que premie la capacidad de razonamiento, no la memoria. Los mejores estudiantes deben ser seleccionados desde cualquier rincón del Perú. Esta estrategia inclusiva permitiría que el talento emergente acceda a una educación de calidad, sin importar su origen social o geográfico.

El centralismo también ha dañado la formación técnica. Muchos institutos estatales carecen de infraestructura básica. El caso del Instituto Politécnico Nacional del Santa, aún sin local propio, es un reflejo del desinterés gubernamental. Debemos exigir al Estado y a los gobiernos regionales que inviertan en educación técnica, clave para el desarrollo productivo del país.

La UNI, por su parte, necesita revisar el uso de sus recursos. No se trata de construir piscinas mientras faltan servicios elementales para los estudiantes. La universidad debe priorizar lo académico y científico.

Es tiempo de que la Sociedad Nacional de Industrias se una a este clamor. No podemos formar técnicos si los institutos están en ruinas.

El Perú merece una revolución educativa. No una de discursos vacíos, sino una que surja del compromiso de todos: Estado, academia, industria y ciudadanía. Si queremos un país desarrollado, debemos empezar por darle el lugar que merece a la educación pública.

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