Mientras en el mundo reina la competencia basada en educación, ciencia y tecnología, el Perú sigue atrapado en un modelo extractivista y rentista, desaprovechando el talento de su población.
Desde la década de 1990, con la liberalización del sistema, el Estado abandonó progresivamente su responsabilidad sobre la educación pública, permitiendo que esta se convirtiera en un negocio. Hoy existe una abundante oferta educativa de toda clase de precios y calidades, cuyas características no necesariamente guardan relación con el mérito ni con resultados formativos.
En este contexto, muchas universidades privadas adoptan modelos con altas tasas de ingreso: alrededor de cuatro de cada cinco postulantes son admitidos, sin mayores filtros académicos. Esto genera un problema estructural: al no seleccionarse por mérito, se forma a estudiantes con competencias limitadas. El resultado es una sobreproducción de titulados con escasa preparación profesional real, lo que alimenta el subempleo y la desconfianza del mercado laboral.
La calidad de los egresados en estas universidades, salvo excepciones individuales, suele ser baja. No porque sus estudiantes carezcan de talento, sino porque el modelo educativo los abandona: no exige, no forma, no corrige. Al final, muchos obtienen un título, pero no una profesión. Esta es una de las razones por las que cada vez más empleadores exigen posgrados, idiomas y certificaciones externas como filtros de calidad.
Por otro lado, las universidades públicas de mayor prestigio mantienen altísimos niveles de exigencia: solo entre el 10 % y el 25 % de los postulantes logra ingresar. Miles de jóvenes talentosos, especialmente de provincias y zonas rurales, quedan fuera de este sistema por falta de preparación escolar, no por falta de inteligencia ni vocación. El resultado es un país que desperdicia masivamente su capital humano.
A ello se suma una preocupante distribución de carreras. Apenas una cuarta parte de los estudiantes universitarios está matriculada en ingeniería o tecnologías aplicadas. Las ciencias básicas representan una fracción aún menor. En cambio, carreras como Derecho o Administración absorben grandes porcentajes del estudiantado, a pesar de estar saturadas y, muchas veces, desconectadas de los desafíos estructurales del país.
En consecuencia, el Perú produce pocos investigadores, escasos desarrolladores de tecnología y casi ningún innovador industrial. La producción científica nacional es marginal en comparación con la de países vecinos como Chile o Colombia, y queda muy lejos de potencias emergentes como Corea del Sur, que hace pocas décadas estaban en condiciones similares a las del Perú.
La brecha entre el Perú urbano y el rural en el acceso a educación de calidad se agranda cada día. En muchas escuelas de la sierra y la selva no hay docentes capacitados en matemáticas ni en ciencias. Esta realidad alimenta frustración, descontento social e inestabilidad política.
Mientras tanto, los partidos políticos miran a otro lado. Buscan el poder apelando a la adicción colectiva por programas televisivos de comicidad simplista o de confrontación vulgar.
Todos saben lo que debe hacerse, pero decirlo parece aburrido:
- Reformar el sistema educativo desde la raíz, invirtiendo más por estudiante, fortaleciendo la formación docente y asegurando enseñanza científica desde la primaria.
- Fortalecer la educación superior pública, incrementando el presupuesto universitario y ampliando becas para carreras estratégicas.
- Establecer una política nacional de ciencia, tecnología e innovación, elevando el gasto en I+D al menos al 1 % del PBI.
- Vincular la universidad con la empresa y el Estado, financiando innovación aplicada a resolver problemas reales del país.
- Retener y repatriar talento científico, ofreciendo condiciones dignas para investigar y emprender desde el Perú.
Estas son políticas de Estado que han sido aplicadas por países que hace medio siglo eran más pobres que el Perú y que hoy figuran entre los países desarrollados.
De continuar por la misma ruta, el futuro del Perú —como ya se ha anunciado incontables veces— será de mayor dependencia de materias primas, desempleo profesional, subempleo masivo, polarización social y migración de jóvenes con talento hacia el exterior.
Se dice, con razón, que el Perú cuenta con una generación de jóvenes con extraordinaria creatividad, inteligencia y resiliencia. Basta con observar cómo brillan cuando se les ofrece una oportunidad justa: destacan en ciencia, tecnología e investigación.
Lo que falta no es capacidad. Lo que falta es decisión política, visión estratégica y voluntad de cambio. Pero eso, para quienes solo buscan un cargo en el aparato estatal como medio de asegurar su futuro personal, suena aburrido.
La esperanza comenzará a renacer cuando empecemos a elegir representantes distintos de aquellos que han implantado un régimen contrario a los intereses de la mayoría.

Claro, el problema no es técnico, sino político. Lo que falta es voluntad. Cambiar el modelo exige:
1. Reformas fiscales que permitan aumentar sostenidamente el gasto en educación, ciencia e innovación.
2. Cambiar los incentivos del sistema político para que la tecnocracia con visión de país tenga mayor influencia.
3. Construir una nueva narrativa pública: hay que hacer que invertir en educación científica emocione, no aburra.
Y porsupuesto que el problema no es la gente, es a quién elige.
@Modesto Montoya .
Modesto, buen domingo
Leí con atención tu artículo y no puedo sino concordar plenamente con tu diagnóstico. Claro y responsable sobre el gran estancamiento estructural del Perú en materia de educación, ciencia y tecnología.
Permíteme, sin embargo, acompañar tu reflexión con un ángulo adicional que podría reforzar tu análisis: no se trata solo de cuánto porcentaje del PBI invertimos en educación, sino de cuánto invertimos por estudiante.
En efecto, a menudo usamos la cifra del “% del PBI en educación” como bandera. Pero esa proporción —aunque relevante— no dice nada sobre el esfuerzo real por alumno. El PBI de cada país es distinto, así que un 4 % en Noruega no significa lo mismo que un 4 % en el Perú.
La verdadera dimensión del problema se ve cuando comparamos lo que cada país gasta por estudiante de primaria y secundaria.
Gasto por alumno en educación primaria/secundaria (USD por año):
País Gasto por estudiante (USD/año)
Perú ~210–350
China ~1,200–1,500
Italia ~9,800
Alemania ~11,000
EE.UU. ~15,000–20,000
Noruega ~17,000
Las cifras son elocuentes: el Perú invierte por alumno 50 veces menos que Noruega y casi 100 veces menos que Estados Unidos.
Esto explica por qué seguimos con aulas colapsadas, brechas tecnológicas, docentes mal pagados y abandono rural. No es por falta de talento, sino por falta de inversión directa e inteligente.
Y como bien mencionas, la desigualdad territorial agrava todo: en Lima, más del 70 % de los alumnos va a colegios privados. En regiones, ese número se invierte: el 80 % depende exclusivamente del Estado. Estamos criando dos países dentro de uno.
Tú propones soluciones sensatas: ciencia desde la primaria, reforma docente, vinculación universidad-empresa-Estado. Nada de eso será posible mientras el Estado invierta 200 dólares al año por alumno y pretenda milagros educativos.
Sin duda , necesitamos más voces como la tuya en espacios de decisión.
Los que aún creemos en la planificación, en la ciencia, en la equidad y en la educación como motor real de transformación, debemos insistir y ser tambien una caja de resonancia de estos temas .
Julián .