La carta que cambió la historia tecnológica

En plena la Segunda Guerra Mundial, Albert Einstein -como portavoz de los científicos e ingenieros europeos que huyeron del nazismo- envió al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, solicitándole apoyo para lo que sería el proyecto Manhattan. El  objetivo de ese proyecto fue construir, antes que los nazis, un explosivo basado en el fenómeno de la fisión nuclear, descubierto en Berlín por científicos alemanes en diciembre de 1938. Ese proyecto dio lugar a la creación de una serie de laboratorios nacionales de investigación nuclear, los que luego ampliaron su campo de acción a las aplicaciones del conocimiento a la salud, la agricultura, la industria y, en general, al bienestar de la población. Para apoyar a esos laboratorios, y otros centros similares, en 1950, Estados Unidos creó la National Science Foundation (NSF).

Comprendiendo el valor de los talentos, Estados Unidos estableció una estrategia para atraer científicos e ingenieros que participen en sus proyectos para convertirse en la potencia tecnológica mundial. Luego del proyecto Manhattan, llevaron a Werner von Braun para liderar la carrera espacial, que llevó a tres astranautas a la Luna.

En 1993, el presidente Clinton anuncia el establecimiento de un Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (NSTC), para coordinar la I+D, siendo parte del gabinete y dirigido por el propio presidente de los Estados Unidos.

En 1995, se hace público el primer Plan Estratégico de la NSF, el que apunta al crecimiento de la inversión en I+D –la que llegaba al 4% del total federal–, a la atención de las necesidades de la industria para su competencia en el mercado global, y a mejorar el nivel educativo de las siguientes generaciones.

En 1997 se publica el segundo Plan Estratégico de la NSF, estableciendo las relaciones entre las metas y las inversiones necesarias, y la necesidad de contar con informaciones relevantes y oportunas de la ciencia y tecnología a nivel nacional. En el 2000 se publica el tercer plan estratégico, con el que se apresta a intensificar esfuerzos en ciencia y tecnología para mejorar su competitividad.

Algunos otros países siguieron las estrategias arriba mencionadas,  logrando numerosas innovaciones tecnológicas, las que dieron lugar a empresas industriales exitosas. En el camino, como competidores de Estados Unidos, producto de estrategias propias, surgen Japón, Europa, India, China, Israel e Irlanda.

En contraposición, los países que se limitaron a la explotación de materias primas perdieron la capacidad de competir en el mercado internacional de bienes y servicios,  quedando rezagados, endeudados y empobrecidos.

En el Perú, aún no se comprende el valor de la ciencia.

A pesar de la importancia del potencial humano, la Ley de Presupuesto del Sector Público permite nombramientos de jueces, militares, diplomáticos, pero no de investigadores científicos y tecnológicos de los institutos.

Las remuneraciones de investigadores de institutos y universidades están congeladas desde hace una década.

Los investigadores se van al extranjero. Si desearían regresar, las universidades estatales solo le pueden pagar un poco más de mil soles.

Para llevar adelante proyectos de innovación en cooperación con las empresas, y enfrentar el creciente nivel de competitividad tecnológica mundial, es necesario que cada año se incorpore investigadores nombrados en los institutos de ciencia y tecnología. En pleno siglo XXI, como sucede en todo lado, prestemos valor al conocimiento.

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