Los asientos reservados

En los años 90, para regresar del Centro Nuclear de Huarangal, a 50 km al norte de Lima, había uno solo ómnibus. La mitad de los pasajeros iba parada. Cuando yo alcanzaba un asiento libre, para no perder una hora de viaje, me disponía a leer una revista. Casi siempre, al lado de mi asiento, se paraba Rosa, una atlética veinteañera, aeróbica, tenista y voleibolista colega.

  • ¡¿No hay caballeros en este bus?! –exclamaba en voz alta.

Mis colegas empezaban a silbar, apoyando su velada demanda. “Caballerosamente” le cedía el asiento. Parado, casi colgado de un varilla, me pasaba escuchando sobre sus proezas deportivas. Le puso un cariñoso apodo: “Rodiosa”.

Un día, veinte años después, ingreso a un repleto ómnibus metropolitano para ir a la Universidad Nacional de Ingeniería.  Me disponía a colgarme de un pasamano.

  • Señor, tome asiento –me dice una señora cuarentona –mostrandome un asiento rojo destinada a la tercera edad.
  • ¡Rodio…! –pronuncio espontáneamente.
  • ¡Doctor Montoya! –me responde.

Me vino una avalancha recuerdos de los 90, atinando a decirle:
“No se cuándo me caíste más odiosa, si los días que yo tenía que cederte el asiento o ahora que tú me lo cedes”.

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