Debates, simulaciones y una predicción inesperada
Cuando Hervé Nifenecker hablaba en el café, todos prestaban atención. Tenía una personalidad firme, opinaba con la convicción de quien sabe que su palabra puede influir en el entorno. Era egresado de la École Polytechnique, cuna histórica de la élite científica francesa desde Napoleón.
Había participado en episodios decisivos de la historia científica y política de Saclay, y esos recuerdos reaparecían con frecuencia en las tertulias matinales, entre tazas de café y estantes cargados de revistas especializadas.
Me sorprendía que, en 1976, volvieran una y otra vez los ecos de mayo del 68.
—Tu te souviens des grèves de la faim ? —preguntó Michel Ribrag.
Nifenecker asintió.
—Oui. On ne pouvait pas rester indifférents. Les femmes de ménage n’avaient personne pour parler pour elles.
Contó cómo había participado en huelgas de hambre en apoyo a las trabajadoras de limpieza del centro. Otros evocaron la ocupación de oficinas, la sensación de que la ciencia misma podía reinventarse.
—On croyait que tout était possible —añadió Claude Signarbieux—, même réinventer la recherche.
Les conté que en 1968, en el Perú, también se produjo un golpe de Estado que se presentó como promesa de transformación.
—Les histoires se ressemblent plus qu’on ne croit —comentó Gabriel Honoré.
En el terreno estrictamente científico, Nifenecker y Signarbieux sostenían interpretaciones distintas sobre la dinámica de la fisión nuclear. Las discusiones entre ellos podían ser intensas, casi agresivas en lo intelectual. Yo observaba con cierta distancia: al final, pensaba, la experiencia es la jueza definitiva.
Poco después, Nifenecker dejó Saclay para incorporarse en Grenoble, donde dirigiría un experimento sobre la distribución de energía cinética de los fragmentos de fisión del uranio-235 inducida por neutrones, utilizando el espectrómetro de masas LOHENGRIN en el reactor de alto flujo del Institut Laue-Langevin.
Cuando conocí el plan experimental, decidí simularlo por computadora desde Saclay.
El resultado me desconcertó: para fragmentos con número másico 109, la distribución de energía cinética debía aparecer anormalmente ancha en comparación con las otras masas.
—No tiene sentido, Modesto —me dijeron en Grenoble.
Yo mismo dudé al inicio. Pero revisé los algoritmos, las hipótesis, los parámetros experimentales. Comprendí que el ensanchamiento no era un error numérico, sino una consecuencia física y metodológica del modo en que se seleccionaban y analizaban los fragmentos.
El experimento duró dos semanas. Masa por masa, midieron las distribuciones.
Una noche fueron a mi hotel: habían observado exactamente el ensanchamiento previsto para A = 109.
Desde entonces comenzaron a mirarme de otra manera.
Los resultados fueron presentados en el IV Simposio de Física y Química de la Fisión organizado por el Organismo Internacional de Energía Atómica en mayo de 1979. Entre los autores figuraban los miembros del equipo de Nifenecker y, representando a Saclay, mi nombre.
El expositor fue René Brissot. En plena sesión, el chairman, Peter Armbruster del GSI Helmholtz Centre for Heavy Ion Research, preguntó por la relación entre los resultados experimentales y la simulación.
Brissot respondió:
—Pienso que el doctor Montoya puede explicar mejor esta pregunta.
Sin previo aviso, tuve que levantarme ante uno de los foros internacionales más importantes de la especialidad y explicar cómo una simulación computacional permite reconstruir la realidad física a partir de datos experimentales brutos. Mostré que la metodología de medición generaba distribuciones que no coincidían directamente con la física subyacente, y que era indispensable aplicar algoritmos correctivos para revelar la dinámica real de la fisión.
Aquella intervención marcó un punto de inflexión.
Paradójicamente, mi intercambio científico con Nifenecker era más fluido que con mi propio director de tesis, Signarbieux. Ambos defendían modelos distintos de la fisión; era casi una fisión conceptual dentro del grupo de neutrónica.
Yo me guiaba por las mediciones y por las simulaciones, no por jerarquías.
En ese cruce de debates, cálculos y experimentos comprendí que la ciencia avanza no solo por consenso, sino por confrontación argumentada y por la humildad de someter toda hipótesis al tribunal de los datos.
Debates con Hans Beil
Fue en una mañana fría, durante el ritual del café en la biblioteca del grupo de neutrónica del Centre d’Études Nucléaires de Saclay, cuando conocí a Hans Beil. Tan intenso como su propia biografía, hablaba sin rodeos, casi siempre en sentido contrario al consenso. Era un provocador natural.
Aquel día llegamos primero al café.
—Entiendo que vienes del Perú para hacer tu doctorado en física nuclear —dijo.
—Así es. En Lima estudié física hasta la maestría.
—Entonces debes de ser un privilegiado en un país tan pobre.
—Si hablamos de ingresos, en el Perú soy tan pobre como la mayoría de mis compatriotas.
—Eso suena a frase comunista —replicó con evidente desdén.
—Es una realidad estadística —respondí—. Y usted, entiendo que es alemán.
—Mi patria es la que mejor me paga.
La frase cayó como una piedra. Más que alemán, era pragmático. Tal vez ya naturalizado francés, tal vez convencido de que la identidad es una variable económica.
Pronto se sumaron los demás colegas, entre ellos Michel Ribrag, atentos a la conversación.
—¿Cómo llegó usted a Saclay? —pregunté.
Hans no eludió la respuesta.
—Fui soldado alemán durante la ocupación de Francia. Al final de la guerra corríamos hacia el oeste para entregarnos a los americanos.
—¿No hacia Alemania?
—Imposible. Los soviéticos ya estaban en Berlín.
Pasó dos años prisionero en Estados Unidos. Luego partió a Sudáfrica, estudió física y finalmente llegó a Francia para integrarse al CEA.
Comprendí entonces la raíz de su visceral anticomunismo.
La conversación derivó hacia la inmigración de las antiguas colonias francesas.
—Pelearon por la independencia y ahora son pobres; sus hijos vienen al país que los colonizó —dijo.
—Usted vino al país ocupado por su propio ejército —respondí.
—Pero no de un país pobre —replicó.
No fue la última discusión.
En la biblioteca se quejaba a menudo de su prisión en Estados Unidos y repetía:
—Éramos soldados alemanes, no nazis.
Una mañana lanzó un comentario directo:
—¿Sabías que el Perú vivió de vender caca? —aludía al guano.
Levanté la vista con calma.
—Y otros vivieron de comprarla.
Las sonrisas fueron discretas, pero el punto quedó claro. Desde entonces me miró con más respeto.
Otro día insistió:
—Eres un privilegiado. Disfrutas del capitalismo.
—Disfruto del trabajo científico —respondí—. Nada más.
Bebió un sorbo de café.
—Touché.
Comprendí que en aquel entorno los debates no se ganaban alzando la voz, sino afinando el argumento. En el laboratorio, la física nuclear era objetiva: datos, espectros, secciones eficaces. En el café, las ideologías chocaban como partículas cargadas.
La intensidad de nuestros intercambios llevó a Ribrag a bautizarme, medio en broma, como la bête noire de Hans.
—Attention, voilà la bête noire de Hans!
Hans sonreía con esa mueca ambigua entre desafío y diversión. Yo también.
Con el tiempo entendí que aquellas discusiones eran parte de mi formación tanto como las mediciones experimentales. Me obligaban a pensar con rigor no solo la física, sino la historia, la economía, la identidad.
En Saclay aprendí que las interacciones humanas pueden ser tan complejas como las nucleares.
Y que, en ambos casos, lo importante es no temer al intercambio de energía.
Una segunda fisión
Mientras se preparaba el equipo que sería utilizado en el experimento del HFR para mi doctorado de tercer ciclo, realicé la simulación computacional de un estudio sobre la correlación entre las energías de excitación de los dos fragmentos complementarios en la fisión espontánea del californio-252.
Aquello me devolvía una sensación de control. Ya tenía experiencia en simulación, adquirida años antes en la computadora de San Marcos durante mi tesis de bachiller. Ahora, esa herramienta me permitía evaluar con rigor la metodología experimental aplicada al californio-252.
—Aquí, al menos, el error no cuesta meses de trabajo —me repetía mientras observaba desfilar las líneas de código en la pantalla.
En 1977 apuré el paso. Quería terminar el doctorado lo antes posible para regresar a Lima. Finalmente, concluí la tesis en un año.
Presenté el trabajo a Claude Signarbieux, quien lo consideró sólido y bien desarrollado. A fines de ese mismo año sustenté y aprobé mi tesis de troisième cycle en física nuclear y física de partículas.
La defensa fue estimulante. Hubo un intercambio intenso con el jurado. Salí fortalecido. Al final, el físico Pierre Martinot se acercó y me dijo, con una sonrisa franca:
—C’était vachement bien.
Esa frase, coloquial y generosa, quedó grabada en mi memoria.
Con la satisfacción del deber cumplido, comencé a prepararme para regresar al Perú.
Pero la historia —como la fisión— siempre reserva una segunda etapa.
El director del laboratorio me convocó a su oficina. Me felicitó por el trabajo y, tras una breve pausa, hizo una propuesta inesperada:
—Queremos que postergue su regreso a Lima y participe en el experimento que realizaremos en el HFR. El CEA le ofrece un contrato mejorado para realizar un doctorado de Estado, Docteur ès Sciences.
Guardé silencio.
No lo esperaba. El doctorado de Estado no era una simple prolongación académica. Era un grado de alta exigencia, reservado a investigadores con capacidad de liderazgo científico. Hasta donde sabía, ningún investigador de la UNI —y probablemente del Perú— poseía ese título.
Miré por la ventana. Afuera, el mundo continuaba indiferente. Dentro de mí, en cambio, se producía una nueva fisión.
Extrañaba el Perú. Sentía una necesidad física de regresar. Pero frente a mí se abría un desafío científico excepcional: mayor autonomía, mayor profundidad, proyección internacional.
Recordé entonces a mi abuelo José, el amauta de Salpo. Una tarde me perdí entre la neblina de las laderas andinas. Me encontró llorando y me dijo:
—Si te pierdes en la naturaleza, aprovecha para conocerla.
Con el tiempo entendí que no hablaba solo de cerros y quebradas. También en la civilización moderna hay una naturaleza que aprender: la naturaleza humana, institucional, científica.
Aceptar aquel contrato era, de algún modo, internarme más en ese bosque desconocido.
Firmé.
No renunciaba al Perú. Postergaba el regreso para volver con más herramientas, más autoridad científica, más experiencia.
Si la primera fisión había sido dejar mi país para formarme, esta segunda era aceptar profundizar aún más en el núcleo del conocimiento.
Regresaría.
Pero regresaría más preparado para ayudar a construir un país que creyera, de verdad, en la ciencia.
Fisión fría en Grenoble
En diciembre de 1978 —cuarenta años después del descubrimiento de la fisión nuclear— viajamos a Grenoble para realizar el experimento que habíamos preparado con paciencia meticulosa en Saclay. El escenario era el Institut Laue-Langevin, donde operaba el reactor de alto flujo, el HFR.
Nos alojamos en un hotel desde cuyas ventanas se contemplaban los Alpes cubiertos de nieve. Una mañana vi el sol reflejado en los techos blancos con una luz casi irreal. La ciudad parecía suspendida en un silencio luminoso.
Íbamos a estudiar tres núcleos físiles: uranio-233, uranio-235 y plutonio-239, todos bombardeados con neutrones térmicos del HFR. Los eventos que buscábamos eran raros; de ahí la necesidad de un flujo intenso de neutrones. Solo así podríamos reunir estadísticas suficientes en una semana continua de medición.
—C’est étrange —comentó Michel Ribrag— travailler sur la fission nucléaire pendant que la ville est si calme.
Partíamos temprano hacia el ILL. Un técnico, al entregarnos las credenciales, dijo con una sonrisa:
—Ici, les neutrons sont rois. Il faut les écouter.
Nos organizamos en tres turnos de ocho horas. Día y noche, durante una semana, el reactor no descansó. Tampoco nosotros. La atmósfera combinaba concentración absoluta, fatiga acumulada y una tensión casi eléctrica.
La motivación científica era precisa. Existía una controversia teórica sobre la distribución de los números másicos de los fragmentos con mayor energía cinética en la fisión.
En el núcleo, protones y neutrones tienden a emparejarse. Algunos físicos defendían que la fisión era un proceso viscoso: al escindirse el núcleo, las parejas de nucleones se romperían inevitablemente. Si eso era cierto, el rendimiento en masas no mostraría preferencia por números másicos pares; el llamado efecto par-impar desaparecería.
Otros sostenían una visión superfluida: en la región de alta energía cinética —es decir, de baja energía de excitación— las parejas deberían conservarse, y el efecto par-impar hacerse más visible.
La suma de la energía cinética y la energía de excitación está limitada por la energía disponible en el proceso.
—Si les paires se cassent vraiment —dijo Claude Signarbieux—, l’effet pair-impair devrait s’effondrer.
Nuestro experimento medía simultáneamente la distribución de masas y la energía cinética de los fragmentos. Utilizábamos la técnica de diferencia de tiempos de vuelo en la región de altas energías cinéticas, donde era menos probable la emisión de neutrones secundarios que alteraran la determinación del número másico. Al final del recorrido, detectábamos la energía cinética de cada fragmento.
Con el paso de los días, las primeras curvas comenzaron a dibujarse en las pantallas. Los datos emergían con una nitidez que nos obligaba a verificarlos una y otra vez.
Entonces ocurrió lo extraordinario.
Primero: la técnica funcionaba. En la región de altas energías cinéticas distinguíamos con claridad números másicos vecinos. Habíamos observado eventos de fisión sin emisión de neutrones, lo que denominamos fisión fría, pues el sistema no disponía de energía de excitación suficiente para evaporarlos.
Segundo: el efecto par-impar en la probabilidad del número másico desaparecía. Incluso en la región de mínima excitación no había preferencia por números pares.
—Rupture des paires ! —exclamó Signarbieux— Même en fission froide !
La conclusión era contundente: durante la escisión se rompían parejas de nucleones. Incluso en condiciones de mínima energía de excitación, las parejas no sobrevivían intactas. Era una pieza decisiva para comprender la dinámica de la fisión.
Aquella noche celebramos. Fuimos a cenar, descorchamos una botella de champagne y brindamos como equipo. No solo por el éxito experimental, sino por haber penetrado un poco más en el corazón del núcleo atómico.
Bajo el frío de Grenoble, con la luz reflejada en la nieve, sentí que la ciencia rigurosa y compartida también tiene sus momentos de júbilo.
Entre neutrones y nieve
Al día siguiente continuamos tomando datos en el Institut Laue-Langevin. Tenía tres blancos experimentales por probar y el tiempo en el reactor era demasiado valioso para desperdiciarlo. Cada hora de haz equivalía a meses de preparación en Saclay. El HFR seguía latiendo con su pulso constante, indiferente a nuestro cansancio.
En los pasillos me crucé con un rostro familiar: Ferdinand Volino, investigador del ILL y antiguo profesor en la UNI, donde había trabajado como cooperante francés durante su servicio militar.
—¡Hola, Modesto! —exclamó apenas me vio—. Me han dicho que ahora trabajas en el CEA… ¡y que ganas más que un ministro peruano!
Reímos. Ferdinand no había perdido su humor irreverente. En Lima solía andar en sandalias y se burlaba —siempre con afecto— de los profesores que usaban terno y corbata incluso en pleno verano.
—Al final, la física paga… aunque no siempre —le respondí.
—Exactement. Mais elle amuse toujours.
Aquella ligereza me acompañó el resto del día. Entre espectros, conteos y ajustes, la frase quedó flotando como un recordatorio de que la ciencia, aun en su rigor, no debía perder la alegría.
Al caer la noche, saliendo en mi auto por la puerta del centro nuclear, vi a una joven haciendo dedo. A esa hora no había transporte directo al centro si uno no tenía automóvil. Me detuve.
—¿Vas al centro?
—Sí. Me llamo Monique. Soy química, vengo de París.
Subió. Durante el trayecto le hablé, todavía con el entusiasmo intacto, de los resultados de la semana: de las curvas que habían confirmado la fisión fría, de la exclamación de Signarbieux cuando desapareció el efecto par-impar en la región de mínima excitación.
—Alors, c’est une vraie découverte —dijo sonriendo.
También le conté de dónde venía, de Lima, del largo viaje hasta aquel laboratorio donde los neutrones parecían obedecer una lógica más clara que la vida. La conversación fluyó con naturalidad. Había una simpatía inmediata, una forma sencilla de entenderse, como si ambos estuviéramos acostumbrados a movernos entre mundos distintos.
Terminamos cenando juntos. Sentí que, en ciencia como en la vida, lo esencial ocurre cuando uno se entrega sin reservas a lo que hace.
—Ya que has detectado la fisión fría —bromeó—, el fin de semana podría mostrarte cómo los franceses nos calentamos el alma cuando llega el frío. No puedes regresar al Perú sin conocer Chamrousse.
Acepté sin dudar.
El sábado temprano partimos hacia la estación de esquí, colgada en la montaña como un nido blanco suspendido en el aire. Alquilamos una pequeña cabaña de madera; el aroma del café y los croissants recién horneados parecía inaugurar el día con una bendición doméstica.
Luego vinieron los esquís.
La caminata hasta el remontador fue tranquila; el vértigo empezó cuando el cable comenzó a arrastrarme hacia la cumbre. La pendiente que se abría ante mí parecía un abismo blanco, sin referencias claras.
—Desciende en zigzag —me dijo Monique con paciencia—. Corta la montaña en diagonales. Y deja que la gravedad trabaje por ti.
Descendí despacio, trazando líneas casi horizontales sobre la nieve, mientras otros esquiadores cruzaban como proyectiles a velocidades que me parecían temerarias.
—¡Baja más rápido! —me animaba ella, riendo.
—¡Yo te alcanzo cuando pueda!
Con admirable paciencia me acompañó en cada descenso. Poco a poco la nieve dejó de ser amenaza y se convirtió en superficie confiable. Comprendí que deslizarse no era luchar contra la pendiente, sino aprender a pactar con ella.
Hicimos varias bajadas hasta que el cansancio venció al entusiasmo inicial. Al detenernos, respiré hondo. Pensé en la semana: el reactor, los datos, la ruptura de pares… y ahora la montaña.
Descender en zigzag no era tan distinto de avanzar en el laboratorio: aproximaciones sucesivas, correcciones, equilibrio entre riesgo y control. En ambos casos, un exceso de confianza podía ser fatal; una prudencia excesiva, paralizante.
Almorzamos coq au vin, guiso lento que sabía a celebración. Monique levantó la copa.
—À la semaine qui vient de passer et à celles à venir.
—A lo que venga —respondí.
Por la tarde caminamos entre senderos nevados y cabañas silenciosas. La cena, el café, las risas suaves… todo quedó suspendido en una calma luminosa que contrastaba con la tensión eléctrica del reactor.
Riesgoso regreso a París
Al día siguiente regresamos hacia París.
Fue una odisea bajo la neblina. La carretera, borrada por un manto espeso, me obligaba a guiarme apenas por las luces difusas del asfalto. Sentí un estremecimiento de pánico. No podía frenar bruscamente. No podía dudar. Si lo hacía, corría el riesgo de ser embestido por los autos que venían detrás.
—Respira —me dijo Monique con una calma firme—. Je suis là.
Su voz fue el hilo que mantuvo a raya el miedo. Avanzamos lentamente, como si atravesáramos un mundo sin contornos. Finalmente dejamos atrás la niebla, cruzamos pueblos dormidos y nos detuvimos en cafés casi vacíos para templar el ánimo con tazas humeantes.
Al caer la noche llegamos a Bourg-la-Reine.
A la mañana siguiente caminamos juntos por el Parc de Sceaux bajo un cielo pálido de invierno. Monique me contaba historias de reinas que antaño paseaban por esos jardines, como si el tiempo fuera un velo que ella supiera levantar con palabras.
—Aquí el pasado no se fue —dijo—. Solo aprendió a quedarse quieto.
Comprendí entonces que aquella semana había tejido algo más que resultados experimentales. Entre el reactor y la nieve, entre la fisión fría y la montaña, había descubierto otra dimensión del viaje: la de los encuentros que no estaban en el programa, pero que dejan una huella tan profunda como cualquier descubrimiento científico.
Una Francia íntima, dulce e inesperada quedó desde entonces asociada, para siempre, a la luz sobre los Alpes y al murmullo constante de los neutrones en el corazón del reactor.
