Movilizar al pueblo
En 1970, el gobierno militar aceleró la Reforma Agraria. Grandes haciendas fueron expropiadas y transformadas en cooperativas administradas por campesinos organizados. El discurso oficial hablaba de justicia histórica, de reparación y de dignidad recuperada.
Como complemento de esa política, el régimen creó el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social —SINAMOS—, una estructura destinada a articular a la población con el proyecto revolucionario del gobierno.
No se trataba solo de redistribuir tierras. Se buscaba movilizar conciencias.
Para ello, el Estado convocó a jóvenes universitarios. Se les proponía participar activamente en la organización social del campo: capacitar, orientar, estructurar cooperativas, formar líderes comunales.
En la residencia universitaria, la noticia generó entusiasmo en varios compañeros.
Manuel Pacheco, políticamente muy activo, fue uno de los primeros en integrarse. Una tarde me buscó con determinación.
—La tierra ha vuelto a sus verdaderos dueños —me dijo—. Después de siglos de abuso. Ahora necesitan organización. Democracia directa. Formación. Tú podrías aportar mucho.
Su convicción era sincera.
—¿Y en qué exactamente? —pregunté.
—En el Centro Cívico están dando capacitación —explicó—. SINAMOS prepara a los voluntarios. No importa la carrera. Lo importante es el compromiso.
Lo escuché con respeto. La Reforma Agraria tocaba fibras profundas en mí. Provenía de un entorno campesino. Sabía lo que significaba la desigualdad rural. No me era indiferente.
Pero algo me detenía.
—Soy estudiante de física —respondí con cautela—. No de administración ni de organización política.
—Eso es secundario —replicó—. La historia no espera a que uno termine la carrera.
Guardé silencio unos segundos.
—Creo que mi aporte al país vendrá por otro camino —dije finalmente—. Con conocimiento sólido, no con consignas ni estructuras transitorias.
No era una descalificación. Era una elección.
Con el tiempo, estudiantes de distintas universidades —públicas y privadas— comenzaron a integrarse a SINAMOS. Algunos por convicción ideológica, otros por oportunidad laboral, otros por auténtico deseo de transformación social.
La universidad se convirtió en otro campo de disputa.
Quienes apoyaban la reforma veían en ella una revolución necesaria. Quienes desconfiaban advertían un intento de control político desde el Estado.
Las discusiones se volvieron más ásperas. Ya no solo se debatía sobre Estados Unidos o la Unión Soviética. Ahora el conflicto era interno: ¿debía la universidad sumarse al proyecto del gobierno o mantener distancia crítica?
Yo observaba con atención.
Comprendía la justicia histórica de muchas medidas. Pero también intuía que la verdadera emancipación no se sostenía solo con redistribución.
Sin tecnología propia, sin capacidad científica, sin formación rigurosa, cualquier transformación podía quedarse en intención.
No quería ser un movilizador.
Quería ser un constructor.
Y eso, estaba convencido, exigía otra clase de disciplina: la del estudio persistente, la del laboratorio, la del conocimiento que no depende del entusiasmo del momento, sino de la constancia de años.
Mientras otros se incorporaban al aparato del Estado, yo elegía otro tipo de militancia.
La de las ecuaciones.
El terremoto que cambió la agenda
El 31 de mayo de 1970, a las 3:23 de la tarde, la tierra comenzó a sacudirse con una violencia que no se parecía a nada que yo hubiera sentido antes. Era el gran gran terremoto de Ancash.
Me encontraba en la urbanización Ingeniería cuando el suelo vibró como si estuviera vivo. En una de las calles vi cómo el asfalto se abría formando una grieta profunda que, casi de inmediato, volvió a cerrarse con un golpe seco. Fue un sonido brutal, como un aplauso telúrico que parecía provenir del centro mismo del planeta.
No era política.
Era geología.
Poco después comenzaron a llegar las noticias: una masa gigantesca de hielo y roca se había desprendido del Huascarán, sepultando la ciudad de Yungay. El nombre de Yungay se convirtió en sinónimo de desaparición.
El país entero quedó suspendido entre el estupor y el duelo.
Las discusiones sobre la Guerra Fría, sobre la CIA, sobre Moscú, quedaron en silencio. La naturaleza había impuesto otra agenda.
Una semana más tarde logré viajar a Chimbote. El trayecto hacia el norte estaba restringido; los controles eran constantes. Al llegar, el paisaje era irreconocible. Casas derrumbadas. Muros partidos. Calles cubiertas de escombros. El polvo flotaba en el aire como una memoria suspendida.
Avancé entre ruinas hasta encontrar la zona del barrio Bolívar. Mis padres vivían ahora en una carpa levantada en plena calle.
Mi padre salió al oír mi voz. Al reconocerme, su rostro se iluminó apenas, pero enseguida se ensombreció.
—Hijo, no debiste venir… no hay comida.
La frase no era reproche. Era preocupación.
—He venido para saber cómo están —respondí—. Y traje algunas conservas.
Sonrió con una ironía leve.
—Conservas que partieron de Chimbote.
En medio de la devastación, el humor sobrevivía.
—¿Y Nora? —pregunté.
—Está bien. Su carpa es la roja.
La encontré de pie, firme. No hicieron falta palabras. Nos miramos y los ojos se humedecieron al mismo tiempo. Había en ella una serenidad dolorosa, una aceptación sin dramatismo.
El barrio estaba arrasado. Entonces apareció Rafael.
—Comenzamos de cero hace diez años —dijo—. Lo haremos otra vez.
En esa frase había algo más poderoso que cualquier discurso ideológico.
La voluntad de reconstruir.
Esa visita cambió mi manera de pensar. Hasta entonces discutíamos sobre imperialismo, sobre bloques, sobre movilización social.
Pero frente a un terremoto de esa magnitud, comprendí algo elemental:
El Perú no solo era políticamente frágil.
Era físicamente vulnerable.
¿Dónde estaban nuestros estudios sísmicos?
¿Dónde nuestros sistemas de prevención?
¿Dónde la planificación urbana?
La catástrofe no era solo natural. Era también el resultado de precariedades acumuladas.
Nora caminaba a mi lado mientras atravesábamos el campo de carpas. Nuestros corazones intercambiaban mensajes silenciosos. Había algo que entendíamos sin decirlo: la amistad verdadera no depende de estabilidad material.
Esa noche nos reunimos en un descampado, en el mismo lugar donde una década atrás hacíamos colas con baldes para recoger agua. Bajo el cielo oscuro, entre carpas improvisadas, sellamos sin palabras un compromiso simple:
Resistir.
Pero, en mi interior, otro compromiso comenzaba a tomar forma.
No bastaba con resistir.
Había que entender.
Y para entender un país sísmico, frágil y expuesto, se necesitaba ciencia.
Rumbo a la selva
El año 1971 profundizó la controversia entre el Estado y la universidad. La desconfianza se volvió recíproca. El gobierno miraba a docentes y estudiantes como focos de agitación; la universidad veía al gobierno como una fuerza que intentaba domesticarla.
Entre alumnos y profesores también se instaló la sospecha. Las discusiones ya no eran solo académicas: eran ideológicas, personales, ásperas. La UNI, que había reunido estudiantes de distintos estratos sociales, empezó a cambiar su composición. Algunos jóvenes de familias acomodadas optaron por universidades privadas o por el extranjero. El clima era incierto.
En medio de ese ambiente cargado, sentí un impulso distinto, casi físico: conocer el país.
Había sido pastor de ovejas en las laderas de La Libertad, técnico electricista en Chimbote, estudiante universitario en Lima. Conocía la costa y la sierra, aunque fragmentariamente. Pero la selva… la selva seguía siendo una palabra más que un territorio.
—La selva es otro mundo —me habían dicho alguna vez—. Ahí el Perú se vuelve misterio.
La frase regresó con fuerza.
Decidí viajar a Iquitos, la ciudad que solo podía alcanzarse por río o por aire. La idea misma del aislamiento me atraía. ¿Cómo sería una ciudad no conectada por carretera con el resto del país?
El trayecto no era simple. Había que llegar primero a Huánuco, luego cruzar hacia Tingo María, continuar hasta Pucallpa y desde allí embarcarse por el río hasta Iquitos. Días de viaje entre carreteras inciertas y ríos interminables.
—¿Estás seguro? —me preguntó un amigo—. Eso no es turismo.
—No es turismo —respondí—. Es estudio.
No llevaba instrumentos científicos, pero sí una curiosidad casi experimental. Quería observar otra geografía humana, otro modo de relacionarse con la naturaleza.
La primera etapa era Huánuco. Esa ciudad estaba cargada de recuerdos: despedidas, caminatas, la sombra suave de Elena. Tomé el ómnibus de la empresa León de Huánuco, como en viajes anteriores, como si el camino exigiera coherencia con mi historia.
Al llegar a la plaza de armas, un hombre me observaba con atención. Tardé en reconocerlo.
—Tú vives en la urbanización Ingeniería, ¿no?
—Sí —respondí—. ¿Nos conocemos?
—Soy tu vecino. Vivo en el primer piso del edificio donde alquilas cuarto.
La coincidencia nos volvió próximos. En Lima apenas nos habíamos cruzado sin saludarnos. Allí, en Huánuco, éramos casi conocidos.
—¿Qué haces por aquí?
—Voy a Iquitos.
Abrió los ojos.
—Yo voy hasta Pucallpa. Trabajo como transportista. Hago la ruta Lima–Pucallpa en mi auto.
El Perú, pensé, es una red de encuentros improbables.
Desayunamos en un hotel pequeño de la plaza. Mientras el café se enfriaba, la conversación se volvió más ligera.
—Huánuco guarda historias intensas —le dije.
—¿Alguna mujer? —preguntó con sonrisa cómplice.
Sonreí sin confirmar.
—Hay recuerdos que uno no comparte.
Rió.
—Aquí uno se queda más de lo que planea… o se va sin poder olvidar.
Miré la plaza, el movimiento lento, la arquitectura colonial que parecía ajena al rumor político de Lima. Antes de entrar a la selva, ya sentía que estaba entrando en otra dimensión del país.
La selva no era solo un territorio físico.
Era una frontera interior.
Iba hacia un espacio donde el río era carretera, donde la humedad reemplazaba al polvo, donde el horizonte no era de cerros sino de vegetación infinita.
Y, sin saberlo aún, ese viaje comenzaba a ampliar mi idea del Perú mucho más que cualquier debate universitario.
Porque un país no se entiende solo en sus capitales.
Se entiende recorriéndolo.
El valle verde y sus señales
Salimos hacia el paradero de autos. El vehículo de Juan ya estaba listo, rodeado de pasajeros sentados sobre sacos y cajas. Partimos rumbo a Tingo María, internándonos por el valle del río Huallaga.
El paisaje cambió gradualmente. La cordillera fue cediendo y el verde comenzó a dominarlo todo. No era el verde austero de los Andes, sino uno exuberante, húmedo, casi desbordado. Sentí que la tierra respiraba con amplitud después de la estrechez mineral de la sierra.
Nos detuvimos en un pequeño hato de cuatro casas. A la orilla del camino, mujeres ofrecían papayas, plátanos, piñas recién cortadas. El aire olía a fruta madura y tierra húmeda.
A un costado, apilados con naturalidad, había sacos de hojas de coca.
—La coca está dando buen dinero por estos lados —comentó Juan mientras pagaba—. El precio sube cada mes.
Observé los sacos con atención.
—En mi pueblo todos chacchan —le dije—. Mi abuelo llevaba siempre su checo de cal. Decía que la coca ayuda a resistir el frío y el trabajo duro.
Juan asintió.
—Aquí no es por el frío. Aquí algunos ya no la quieren para masticar.
Bajó la voz.
—Se habla de pasta básica. Hay gente que está empezando a transformarla. Eso deja plata. Mucha.
La frase quedó suspendida. No era todavía un fenómeno abierto, pero algo estaba germinando. El valle, tan fértil, comenzaba a producir no solo fruta.
Seguimos avanzando. El verde no se agotaba nunca.
Llegamos a Tingo María al caer la tarde. El ambiente me sorprendió. Las calles tenían otro ritmo. Las jóvenes vestían con ligereza, caminaban con soltura, miraban de frente. Había una naturalidad distinta, menos contenida que en Lima.
Aquí la timidez parecía innecesaria.
Nos informaron que no habría tránsito hacia Pucallpa ese día. La carretera solo permitía el flujo en sentido contrario.
—Nos quedamos —decidió Juan—. Así conoces algo más que el paisaje.
Fuimos a casa de unos conocidos suyos. Después de los saludos vinieron las cervezas.
—Paso —dije con una sonrisa—. No me gusta.
—¿Y de dónde es el santo que has traído? —preguntó una mujer de voz potente, mirándome con picardía.
—Es estudiante de la UNI —respondió Juan—. Futuro científico.
—¿Y qué hace un científico en la selva?
—Aprender —respondí.
Las risas llenaron la sala.
—Aquí uno no se pierde en la selva —dijo ella—. Se pierde en la ciudad.
La frase me quedó resonando.
Dos jóvenes me observaban con curiosidad.
—¿Y qué estudias?
—Física.
—¿Eso sirve aquí?
La pregunta era honesta, no burlona.
Miré alrededor. La humedad, las frutas, los sacos de coca, las conversaciones cruzadas.
—Sirve en todas partes —respondí—. La naturaleza es la misma, aunque cambie el paisaje.
Me di cuenta de que hablaban con una libertad distinta. Las relaciones parecían menos rígidas, más directas. No era mejor ni peor. Era diferente.
Yo escuchaba más de lo que hablaba. Me habría gustado preguntarles qué soñaban, si querían quedarse, si imaginaban otro destino. Pero el diálogo fluía entre quienes compartían años de complicidad.
—Eres callado —me dijo Juan más tarde—. Aquí el que habla mucho no siempre entiende mejor.
Asentí.
Esa noche comprendí que la selva no solo transformaba la geografía. También alteraba la economía, las relaciones sociales, los códigos culturales.
El Perú no era uno solo.
Y yo apenas empezaba a recorrerlo.
La carretera roja
Nos levantamos con los primeros rayos del sol. El radiotransmisor del hotel lanzó la noticia como un parte militar:
—¡Se abrió el paso a Pucallpa!
Tomamos café con pan y partimos de inmediato. La carretera hacia Pucallpa no era una carretera en el sentido andino o costero del término. Era una franja incierta abierta entre barro, raíces y pendientes inestables.
En varios tramos el auto avanzaba como si tanteara el terreno. Las llantas se hundían en el fango, salpicaban arcilla roja y luego volvían a afirmarse con dificultad.
—Aquí manda la selva —dijo Juan sin apartar la vista del camino.
De pronto un animal cruzaba la vía y el freno chirriaba. La vegetación cerraba el horizonte: árboles inmensos, lianas tensas, hojas brillantes por la humedad. No había espacio para la distracción.
La selva no era paisaje.
Era presencia.
A medio camino nos detuvimos unos minutos. Miré el entorno. Sentí que entraba en un territorio que no se dejaba domesticar fácilmente. Allí comprendí que la ingeniería vial en la Amazonía no era un lujo: era una necesidad estratégica que el país apenas empezaba a entender.
Llegamos a Pucallpa al mediodía. El calor era denso, pegajoso. Las calles de arcilla rojiza parecían tranquilas bajo el sol.
—Puka allpa —me explicó Juan—. Tierra roja.
Almorzábamos cuando escuché conversaciones en tono bajo.
—Una desgracia —dijo Juan—. Una boa se llevó a un bebé.
No hubo dramatización. Solo un silencio pesado. El padre, según contaban, había matado a la serpiente con machete para recuperar el cuerpo.
La naturaleza aquí no era decorado.
Era frontera constante entre vida y muerte.
Salimos a caminar. La ciudad era modesta, pero vibrante. Bastaba imaginar una lluvia fuerte para entender cómo el barro podía paralizarlo todo.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, vi entrar a una mujer decidida.
—¡Una chela, don Manuel!
Tomó la botella y la destapó con los dientes con naturalidad. Nadie se sorprendió.
—Aquí la vida se resuelve sin ceremonia —comentó Juan.
Luego me dio otra noticia inesperada.
—Te llevaré al Banco Popular. Allí manejan las cuentas de los transportistas de Coca-Cola. Puedo conseguirte cupo en una lancha de la empresa para que sigas hasta Iquitos.
Coca-Cola.
El nombre resonó con fuerza.
En medio de la precariedad vial, de la arcilla roja y del rumor de boas, la gran marca global estaba presente, articulada con el sistema bancario. Comprendí que la selva no estaba aislada del mundo. El capital encontraba siempre su ruta, incluso donde el Estado apenas lograba mantener una carretera abierta.
Pasamos frente a la cárcel, ubicada junto al puesto policial. Un hombre jugaba damas sentado en el suelo. Su rival estaba del otro lado de las rejas.
—¿Así funciona? —pregunté.
—Aquí las fronteras son distintas —respondió Juan.
Me quedé pensando en esa frase.
En la selva, las fronteras eran porosas: entre libertad y encierro, entre naturaleza y ciudad, entre economía local y corporaciones internacionales.
El viaje comenzaba a mostrar otra dimensión del Perú: un territorio vasto, vulnerable, estratégico, donde la infraestructura era frágil, pero las redes económicas globales ya estaban instaladas.
La selva no era atraso.
Era disputa.
Y yo apenas empezaba a comprenderlo.
El río indomable
En el Banco Popular, Juan se acercó a la ventanilla con seguridad. Conversó brevemente con el empleado. Se saludaron con familiaridad. Yo observaba sin entender del todo qué se estaba negociando.
Regresó sonriendo.
—Listo. La lancha sale a las seis.
—¿Así de simple?
—Le dije que eres investigador científico y que vienes a estudiar la selva.
—Eso es exagerar un poco.
—Aquí funciona —rió—. Además, regresarás en avión de Iquitos a Lima.
Volví a sorprenderme de cómo en el Perú los caminos no siempre los abría la infraestructura, sino las relaciones humanas.
Antes de embarcarme sentí el impulso de acercarme al río Ucayali. El calor era denso y el agua parecía una invitación.
Ya estaba por entrar cuando escuché gritos.
—¡Canero! ¡Canero!
Me detuve.
Una mujer señaló el agua con alarma.
—No se meta. Ese pececito entra por donde no debe.
Más tarde supe que hablaban del candirú, el pequeño pez amazónico rodeado de historias y temores. Tal vez no todos los relatos eran ciertos, pero comprendí algo esencial:
En la selva, el desconocimiento puede costar caro.
Retrocedí.
El río seguía fluyendo con calma indiferente, como si nada ocultara. Pero ya no lo veía con ingenuidad.
A las seis en punto subí a la lancha de Coca-Cola, impecablemente pintada de blanco. El contraste era casi irónico: la marca global navegando por un río ancestral.
Dentro, los asientos estaban dispuestos en círculo, invitando a la conversación.
—Siéntese aquí adentro, joven —me dijo un tripulante—. Es más cómodo.
—Prefiero afuera.
Necesitaba ver el río de frente.
Me instalé cerca de la proa. La lancha avanzó y el Ucayali comenzó a desplegar su ritmo. La ribera estaba cubierta por una vegetación espesa, cerrada, como si la selva vigilara cada movimiento.
De pronto, bandadas de loros verdes cruzaron el cielo.
—Parece que el cielo se rompe —comentó un pasajero.
No había visto nunca tal concentración de vida aérea.
Más tarde caminé hacia la popa. Observé cómo la hélice dibujaba surcos que desaparecían casi de inmediato.
—El río borra todo rápido —dijo un hombre mayor.
Miré las estelas disiparse.
—Como la memoria de muchos lugares —respondí en voz baja.
La noche cayó sin estridencia. El cielo amazónico se llenó de estrellas cercanas, intensas. La oscuridad no era total; era profunda.
Una mujer me ofreció algo de comer.
—Plátano verde hervido.
Probé un bocado. Sencillo, sustancioso.
—Aquí sostiene el cuerpo —sonrió.
Mientras masticaba, comprendí que el viaje en el Ucayali no era solo desplazamiento geográfico. Era una lección silenciosa.
El río no se impone.
Se sigue.
En la universidad discutíamos cómo transformar el país. Allí, en cambio, el país me enseñaba que antes de transformar hay que comprender los ritmos naturales, las economías invisibles, las redes que conectan una lancha de Coca-Cola con un banco local y con una ciudad sin carreteras.
El Ucayali avanzaba sin prisa.
Y yo comenzaba a entender que conocer el Perú exigía algo más que teoría.
Exigía navegarlo.
Magdalena y el río
En el trayecto hacia Iquitos, la lancha hizo una parada en Contamana. Descendimos a desayunar en un pequeño restaurante frente al río. El café recién pasado se mezclaba con la humedad espesa del amanecer.
Allí la vi por primera vez.
Estaba sola, con un maletín pequeño apoyado junto a la silla. Observaba el movimiento del puerto con atención, como si memorizara cada gesto antes de partir.
—¿Vas a Iquitos? —preguntó de pronto, sin timidez.
—Sí. ¿Tú también?
Sonrió.
—Tienes algo de limeño en la voz.
—De La Libertad —aclaré—. Vivo en Lima hace unos años.
Me observó un instante más.
—¿Te molestaría que viajemos como si fuéramos hermanos?
La petición me sorprendió.
—Cuando viajo sola —explicó— algunos hombres se ponen insistentes. Prefiero evitar problemas.
—Entonces seré tu hermano mayor por unas horas —respondí.
Se presentó.
—Magdalena.
Tenía dieciocho años y estudiaba secretariado ejecutivo en Iquitos. Su sueño no era quedarse en Contamana.
—Quiero trabajar en Lima —dijo—. Tal vez en la Fuerza Aérea. Me han dicho que allá buscan secretarias con buena formación.
Hablaba con determinación, no con fantasía. En su voz había cálculo, no ilusión vacía.
—Aquí parece que todo estuviera decidido —añadió—. Sobre todo para las mujeres.
Mientras esperábamos el embarque, señaló algo con orgullo.
—¿Sabías que Gladys Zender es parte de nuestra historia? Miss Universo 1957. Es nuestro orgullo.
Miré alrededor: casas bajas, río sereno, ritmo pausado.
—Entonces este lugar ha dado más de lo que aparenta.
—La selva no hace ruido cuando produce algo grande —respondió.
Subimos a la lancha y retomamos el viaje por el río Ucayali.
Conversar con ella fue natural. No había tensión ni insinuaciones. Solo intercambio.
—¿Qué haces en Lima? —preguntó.
—Estudio y enseño física.
—Eso suena importante.
—Solo intento entender cómo funciona el mundo.
—Yo intento entender cómo moverme en él —respondió.
La frase me quedó grabada.
Hablamos de oportunidades, de educación, de independencia económica. Ella veía el secretariado no como empleo menor, sino como puerta de entrada a estructuras de poder administrativo.
—Quiero depender de mí —dijo—. No quiero que nadie decida por mí.
Esa claridad me impresionó más que cualquier coqueteo posible.
Al caer la noche, el río se volvió espejo oscuro. Las estrellas parecían más cercanas que en la costa o en la sierra.
—¿No te da miedo viajar solo? —me preguntó.
Pensé unos segundos.
—Me da más miedo no moverme.
Asintió.
El río seguía su curso, silencioso. Sabía que nuestras rutas se separarían en Iquitos. Pero comprendí algo esencial:
El Perú no solo estaba hecho de conflictos políticos o catástrofes naturales.
También estaba hecho de jóvenes como Magdalena, que soñaban con atravesar fronteras invisibles.
Y ese tipo de energía —discreta, persistente— era quizás la más poderosa de todas.
El cazador y la boa
Entre palabras y sonrisas, Magdalena y yo habíamos construido un pequeño espacio de confianza. No había promesas, ni insinuaciones, ni futuro compartido. Solo un tramo de río.
Cerca de la medianoche salimos a la proa. El río Ucayali era una superficie negra apenas rasgada por el motor.
Entonces vimos una luz.
Pequeña. Oscilante. Persistente.
—¿La ves? —susurró Magdalena.
—Sí.
La lancha redujo la velocidad. La luz se acercó hasta revelar una canoa mínima. En ella, un hombre sostenía un costal amarrado con sogas gruesas.
Sin muchas palabras, lo subieron a bordo.
La canoa se perdió en la oscuridad.
El saco quedó en cubierta.
Y entonces se movió.
Primero fue un leve estremecimiento. Luego una sacudida clara.
Un murmullo recorrió la lancha.
—¿Qué lleva ahí?
El costal volvió a moverse, esta vez con fuerza.
—¡Es una boa! —gritó alguien.
La palabra cambió el aire.
—¡Láncenla al río! —dijo otro—. ¡Si es cría, la madre puede venir! ¡La yacumama hunde embarcaciones!
La mención de la yacumama —la serpiente madre del agua en la mitología amazónica— encendió el miedo. La selva, incluso de noche, parecía escuchar.
El hombre del saco alzó la voz, desesperado.
—¡Es mi trabajo! ¡De esto vive mi familia! Las vendo en el mercado de Belén, en Iquitos. No me la quiten.
Se sentó junto al costal, abrazándolo como si fuera un niño inquieto.
Magdalena me apretó el brazo.
—¿Puede venir otra?
Miré alrededor. La tensión crecía.
Sabía que el miedo colectivo puede volverse irracional en segundos.
Levanté la voz, procurando firmeza.
—Las boas no funcionan así. No vienen a rescatar crías. No atacan embarcaciones por venganza.
No estaba dando una clase, pero necesitaba introducir razón en el murmullo.
—La yacumama es un mito —añadí—. Las boas no coordinan ataques.
Algunos dudaron. Otros guardaron silencio. El río seguía fluyendo con indiferencia absoluta.
Poco a poco el pánico se disipó.
El hombre permaneció sentado, vigilando el saco.
Yo observé la escena con una sensación nueva. Allí estaba, condensada, la selva entera:
Mito y comercio.
Miedo y supervivencia.
Creencia ancestral y biología.
No me burlaba de la yacumama. Entendía que en un territorio donde la naturaleza impone su fuerza, los mitos son una forma de explicar lo imprevisible.
Pero también comprendí que el conocimiento científico no era un lujo académico.
Era una herramienta para desactivar el miedo.
La lancha retomó su velocidad.
El río absorbió el incidente como absorbe las estelas.
Y yo confirmé algo que ya intuía:
En el Perú profundo, la ciencia no compite contra la cultura.
Dialoga con ella.
Los sueños de Magdalena
La lancha retomó su velocidad. El río Ucayali volvió a tragarse la escena de la boa como si nada hubiese ocurrido. El río no conserva dramatismos; absorbe.
Durante un buen rato nadie habló. El motor marcaba un pulso constante. Las estrellas parecían más cercanas que en cualquier ciudad.
En ese silencio pensé en Magdalena.
No era solo una muchacha que buscaba viajar con protección. Era alguien que había decidido no aceptar el guion preestablecido para su vida.
Las horas a su lado parecían comprimirse. El tiempo en el río no era lineal; era expansivo. Cada conversación abría una ventana.
La tercera noche salimos nuevamente a cubierta. El cielo estaba despejado, tachonado de estrellas.
—Mientras más aprendas —le dije—, más libre serás. El conocimiento no solo te da trabajo. Te da opciones.
No la miré al decirlo. Miraba el agua.
—Eso es lo que quiero —respondió sin titubear—. Tener opciones.
Hubo una pausa.
—No quiero terminar como muchas amigas mías.
—¿Cómo?
—Casadas a los diecisiete o dieciocho. Dependiendo del marido. Si el hombre se va, ellas se quedan sin nada.
No había resentimiento en su voz. Solo determinación.
—No digo que esté mal formar una familia —añadió—. Pero quiero elegirlo. No que sea lo único que me queda.
Esa precisión me impresionó.
En Lima discutíamos sobre revolución, imperialismo y dependencia estructural. Allí, sobre el río, la palabra libertad tenía otra dimensión: económica, personal, concreta.
—Entonces no te detengas —le dije—. La independencia no se regala. Se construye.
Sonrió.
—Por eso voy a Iquitos. Y después… quizá Lima. Tal vez la Fuerza Aérea. Me gusta la idea de trabajar en algo grande, organizado.
La imaginé en una oficina administrativa, aprendiendo procedimientos, moviéndose con soltura entre documentos y decisiones.
No soñaba con escapar de la selva.
Soñaba con ampliar su mundo.
El motor seguía vibrando bajo nuestros pies. El río avanzaba en la oscuridad, firme, inevitable.
Comprendí que la Amazonía no era solo territorio de mitos y peligros. También era semillero de aspiraciones silenciosas.
Magdalena no hablaba de cambiar el país.
Hablaba de cambiar su destino.
Y tal vez ese tipo de transformación —discreta, persistente— era más revolucionaria que muchas consignas que había escuchado en la universidad.
El Ucayali seguía su curso.
Y en algún punto entre Contamana e Iquitos, entendí que el Perú profundo no pedía salvadores.
Pedía oportunidades.
Belén al amancer
La lancha atracó al amanecer en el puerto de Puerto de Belén. Antes de que bajáramos, los comerciantes ya rodeaban la embarcación. Sus ojos buscaban bultos, cajas, sacos. El intercambio comenzaba incluso antes de tocar tierra.
El río y la ciudad se tocaban apenas unos minutos.
El cazador de boas actuó con rapidez. Abrió el costal, mostró su presa y la negoció allí mismo. No la vendió por pieza, sino por metro. Medían el cuerpo extendido sobre la madera húmeda, calculaban el precio, cerraban el trato.
Nadie parecía escandalizado.
La selva tiene su propia economía.
Magdalena y yo esperamos a que terminara la transacción antes de desembarcar. Cuando puse el pie en el muelle sentí que el viaje fluvial había concluido, pero la experiencia apenas empezaba.
Un hombre se acercó con decisión.
—¿Modesto?
—Sí. ¿José Manuel?
Asintió.
—Trabajo en la Fuerza Aérea. Juan me dio tus señas.
Lo miré con gratitud. La cadena de encuentros improbables seguía funcionando.
—Ella es Magdalena —dije.
José Manuel la saludó con respeto discreto. Caminamos juntos hacia el mercado, ya a orillas del río Amazonas. El bullicio era intenso: pescado fresco, frutas, carnes, gritos, ofertas.
Y entonces lo vi.
Colgado de un gancho, con la piel tostada, un pequeño cuerpo que por un instante confundí con el de un niño.
Me detuve.
—¿Qué es eso?
Magdalena siguió mi mirada.
—Mono horneado —dijo con naturalidad—. Es comida.
Sentí el choque. No era horror moral, sino distancia cultural. Lo que para mí era impensable, allí era alimento.
Comprendí, otra vez, que el Perú no es uniforme. Lo que en un lugar escandaliza, en otro forma parte de la vida diaria.
Poco después, Magdalena se despidió. Intercambió direcciones con José Manuel.
—Cuando vaya a Lima, te buscaré —me dijo.
—Te estaré esperando.
Nos abrazamos brevemente. Sin promesas exageradas. Los viajes enseñan que algunos encuentros no están hechos para prolongarse, sino para marcar.
José Manuel retomó la conversación.
—Tienes vuelo en Satco esta tarde. Juan insistió en que no perdieras tiempo.
Le agradecí. Sin esa red informal, habría tardado días en regresar.
En el hotel dormí profundamente, vencido por el calor y por la intensidad acumulada del viaje. El rumor lejano del río fue lo último que escuché.
Al amanecer siguiente, José Manuel pasó por mí. El calor ya apretaba.
En el aeropuerto, mientras esperábamos, sacó una caja de zapatos envuelta con cuidado.
—¿Podrías llevar esto a Lima? Un familiar te estará esperando.
—Claro.
Sonrió.
—Aquí todo viaja de mano en mano.
La frase resumía la selva mejor que cualquier teoría económica.
Nos despedimos con un apretón firme. Subí al avión.
Desde la ventanilla vi el verde infinito extenderse hasta el horizonte. Poco a poco se volvió una mancha uniforme. El río, que había sido protagonista durante días, desapareció bajo las nubes.
Pensé en la boa vendida por metro, en el mito de la yacumama, en la joven que soñaba con la Fuerza Aérea, en el mono colgado en el mercado, en la carretera roja, en la Coca-Cola navegando el Ucayali.
La selva no me había dado respuestas.
Me había dado perspectiva.
Y cuando el avión dejó atrás el Amazonas, supe que ya no miraría el Perú del mismo modo.
Regreso a Lima: ecuaciones en vez de río
Al volver a Lima retomé la vida académica con una sensación distinta. La selva me había mostrado la diversidad del país; ahora quería entender el universo con la misma intensidad.
En los años setenta, la programación comenzaba a abrirse paso como una frontera nueva. No era aún una disciplina popular: era un territorio reservado para quienes necesitaban que las matemáticas cobraran vida en una máquina.
Para mi tesis de bachiller decidí asumir un reto ambicioso: simular por computadora el experimento de Ernest Rutherford, la dispersión de partículas alfa por núcleos de oro. Aquel experimento que derrumbó el modelo atómico compacto y condujo al modelo planetario del átomo.
No quería repetirlo en el laboratorio.
Quería reconstruirlo desde las ecuaciones.
Resolver las trayectorias implicaba integrar ecuaciones diferenciales no lineales bajo el potencial coulombiano, calcular ángulos de dispersión y graficar resultados comparables con los datos históricos. No bastaba lápiz y papel.
Se necesitaba una máquina.
En la Universidad Nacional Mayor de San Marcos acababan de adquirir una IBM 1130 en su Centro de Cómputo. Para el Perú de entonces, aquello era casi ciencia ficción.
Mi director de tesis, el doctor Víctor Latorre, redactó una carta dirigida al doctor Flavio Vega Villanueva, responsable del Centro.
—Estoy seguro de que estará contento de que alguien de la UNI use su computadora —me dijo—. Y usted va a aprender más de lo que imagina.
No exageraba.
Esa misma tarde fui a San Marcos. El doctor Vega leyó la carta con atención y levantó la vista satisfecho.
—Muy bien —dijo—. Justo lo que necesitamos: más ciencia en movimiento.
Luego llamó a una joven que trabajaba concentrada frente a una mesa cubierta de tarjetas perforadas.
—Señorita Bulnes, le presento a Modesto Montoya, estudiante de la UNI. Viene a usar nuestra computadora para su tesis. Apóyelo, por favor.
Ella dejó el mazo de tarjetas y se acercó con naturalidad.
—Soy Diana —dijo, extendiendo la mano—. Bienvenido al ruido.
Sonreí.
El ruido era literal: el golpeteo metálico de las perforadoras, el zumbido constante de la máquina, el chasquido seco de las lectoras.
Diana comenzó a mostrarme el lugar.
—Esta es la IBM 1130 —explicó—. Aquí ingresas el programa en tarjetas. Cada línea de código es una tarjeta. Si te equivocas en una, hay que perforarla otra vez.
Tomé una de las tarjetas. Rectangular, rígida, frágil. Cada agujero representaba una instrucción.
—Y este es el plotter —continuó, señalando el graficador—. Tú le das las coordenadas y él dibuja.
—Como si la máquina pensara —comenté.
—No piensa —corrigió—. Obedece. Pero si el programa está bien hecho, parece inteligente.
Esa frase me quedó grabada.
Programar no era solo escribir instrucciones: era traducir leyes físicas al lenguaje de la máquina. Convertir el potencial eléctrico en números discretos. Hacer que la trayectoria de una partícula emergiera de un algoritmo.
Allí comprendí algo esencial: la dependencia tecnológica no era solo comprar equipos; era no saber dominarlos.
Mientras el plotter trazaba curvas, veía en esas líneas algo más que gráficos. Veía la posibilidad de que, desde el Perú, pudiéramos modelar fenómenos fundamentales sin depender de laboratorios extranjeros.
Era un pequeño triunfo intelectual.
Sentí algo especial al trabajar en San Marcos, universidad histórica, cuna de debates, de pensamiento crítico. Y noté también algo distinto: la presencia femenina en el ámbito científico era más natural que en la UNI, donde apenas un par de chicas ingresaban cada año.
Diana trabajaba con seguridad, sin necesidad de demostrar nada.
—Aquí todos aprendemos de todos —dijo mientras revisaba mi código—. La máquina no distingue universidades.
Aquella sala llena de tarjetas perforadas se convirtió para mí en un nuevo laboratorio. Ya no era el taller eléctrico de Chimbote ni el río Ucayali.
Era el espacio donde el Perú podía, si quería, dejar de ser solo exportador de materias primas y comenzar a exportar conocimiento.
Y mientras la IBM 1130 procesaba mis primeras simulaciones del experimento de Rutherford, sentí que mi camino estaba claro:
No huir.
No polemizar sin rumbo.
No perderme en consignas.
Estudiar.
Calcular.
Construir independencia desde la física.
Investigar en San Marcos
Después de algunas semanas en el Centro de Cómputo de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la rutina quedó establecida: escribir el programa en Fortran, perforar las tarjetas IBM una por una, revisar la sintaxis, entregar el mazo completo, esperar la corrida, corregir errores, volver a empezar.
La investigación tenía ritmo mecánico.
El sonido seco de la perforadora marcaba el inicio de cada jornada. Cada tarjeta era una línea de código. Cada error, una tarjeta nueva. No había “borrar” ni “editar”: había que perforar otra vez.
Cuando surgía un problema técnico —una instrucción mal codificada, un salto lógico incorrecto, una variable no inicializada— Diana intervenía con calma quirúrgica.
—El error no está en la física —decía—. Está en la máquina… o en cómo le hablas.
Un día se inclinó sobre el listado impreso.
—¿Qué ecuación estás resolviendo ahora?
—La ecuación de movimiento bajo potencial coulombiano —respondí—. Integración numérica paso a paso para la trayectoria de una partícula alfa frente al núcleo de oro-197.
Asintió.
—Entonces necesitas controlar bien el tamaño del paso. Si es grande, distorsiona la curvatura.
Tenía razón. La estabilidad numérica era tan importante como la teoría.
Mi objetivo era reconstruir computacionalmente el experimento de Ernest Rutherford: un haz de partículas alfa incidiendo sobre una lámina de oro y registrando los ángulos de dispersión.
Primero simulé una sola partícula.
En la pantalla conceptual —en realidad, sobre el papel del plotter— aparecía la trayectoria. Línea recta al inicio. Curvatura súbita al aproximarse al núcleo. Desviación hiperbólica.
El graficador de la IBM 1130 era hipnótico. Dos rodillos desplazaban lentamente el papel. El lapicero descendía y trazaba la curva con precisión ceremonial.
—Mira eso —dijo Diana una tarde—. Parece que la partícula dudara antes de decidir su destino.
—No duda —respondí—. Obedece a la ley de Coulomb.
Pero en el trazo había algo casi dramático: la partícula se acercaba al centro, era repelida con violencia invisible y se desviaba. Cuanto menor el parámetro de impacto, mayor el ángulo.
Varié sistemáticamente ese parámetro. Cuando era grande respecto al tamaño nuclear, la trayectoria apenas se curvaba. Cuando disminuía, la desviación crecía. Cuando el parámetro se aproximaba a cero, la partícula regresaba casi sobre su línea de incidencia.
Cada corrida confirmaba la estructura matemática del fenómeno.
El siguiente paso fue simular un haz completo, con distribución transversal uniforme. Decenas, luego cientos de trayectorias. La pantalla circular de diez centímetros de radio, ubicada diez centímetros más allá del núcleo, comenzaba a llenarse de impactos virtuales.
La distribución angular emergía.
No era solo un gráfico: era la verificación numérica de una idea que había cambiado la historia de la física. El átomo no era una masa compacta. Era, en su mayor parte, vacío.
Y desde Lima, desde San Marcos, desde una computadora que muchos consideraban apenas una curiosidad tecnológica, yo podía reconstruir ese descubrimiento.
Había algo profundamente emancipador en ello.
Entre Diana y yo fue naciendo una relación basada en la precisión y la constancia. Almorzábamos en el comedor universitario. Comentábamos errores de programación como si fueran acertijos compartidos.
—Creo que hemos iniciado una colaboración científica entre la UNI y San Marcos —dijo una tarde mientras esperábamos el ómnibus.
Hizo una pausa breve.
—Me siento parte del equipo… del tándem.
Sonreí.
—Hacemos buen equipo.
No era una frase ligera. Ella había comprendido la lógica física del problema y yo había aprendido el rigor técnico de la máquina. La cooperación no era decorativa; era real.
—Aquí también hay talento —dije mirando el campus—. Estudiantes inquietos, preocupados por el país.
Diana asintió, pero su expresión cambió.
—El problema es que mucha energía se va en confrontaciones políticas. Y mientras tanto, los cursos avanzan a medias.
—Necesitamos dos avenidas —respondí—. Ciencias naturales y ciencias sociales. Sin tecnología propia seguiremos dependiendo de otros.
Guardó silencio un instante.
—Muchos están buscando irse —dijo finalmente—. Brasil parece una opción accesible.
La frase quedó suspendida.
—Yo también estoy averiguando —añadió.
No me sorprendió. En esos años, incluso los vínculos nacían bajo la sombra de la partida. El talento latinoamericano comenzaba a migrar en busca de estabilidad y laboratorios mejor equipados.
Comprendí que investigar no solo implicaba resolver ecuaciones diferenciales. También implicaba decidir dónde hacerlo.
Y mientras el plotter trazaba otra curva hiperbólica perfecta, entendí algo más profundo:
La verdadera dispersión no era solo la de las partículas alfa.
Era la de los talentos.
Algunos se desviaban suavemente.
Otros regresaban sobre su trayectoria.
Algunos escapaban definitivamente.
Yo aún no sabía cuál sería mi ángulo de dispersión.
Pero por el momento, mi órbita estaba clara:
programar, calcular, comprender.
Y demostrar que desde el Perú también podíamos hacer física con rigor.
Un desayuno antes de cruzar la frontera
El trabajo de tesis había sido intenso y revelador. Por primera vez había utilizado una computadora moderna; había aprendido a traducir ecuaciones en algoritmos, trayectorias en datos, datos en conclusiones. Había dejado de repetir resultados históricos para reconstruirlos desde el cálculo numérico.
Había escrito mi primera tesis.
Y en ese proceso conocí a Diana, mi guía en el Centro de Cómputo de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, mi cómplice en el ruido de las tarjetas perforadas y en la paciencia del plotter.
El día de la sustentación desperté sobresaltado por unos golpes suaves en la puerta de mi pequeño cuarto en la urbanización Ingeniería.
—¿Sigues durmiendo? —escuché su voz—. Hoy no se duerme. Hoy se despierta.
Abrí todavía con el pulso acelerado. Diana estaba allí, sonriente, como si aquella mañana no fuera la antesala de un tribunal académico sino de una ceremonia discreta.
—Vamos —dijo con firmeza tranquila—. No puedes enfrentarte a tu primer encuentro serio con la ciencia con el estómago vacío.
—Creí que hoy solo importaba el cerebro —respondí.
—Error de principiante —replicó—. Hoy somos un tándem. Y un tándem mal alimentado no llega lejos.
Caminamos hasta la juguería más cercana, una de esas con bancas estrechas y afiches descoloridos en las paredes. El olor a pan caliente y fruta fresca parecía más intenso que de costumbre.
—¿Lo de siempre? —preguntó el juguero.
—Hoy no —dije—. Hoy necesito algo más potente.
Pedí un jugo especial: leche, huevo, algarrobina y frutas. Espeso, casi ritual. Lo acompañé con un sánguche de lomo saltado.
—Eso parece combustible para cohetes —comentó Diana.
—O para atravesar un tribunal de físicos —respondí.
Mientras bebía, repasaba mentalmente cada paso de la simulación: la ecuación de movimiento bajo fuerza coulombiana, la integración numérica, la variación del parámetro de impacto, la reconstrucción de la distribución angular que confirmó el modelo de Ernest Rutherford.
No era solo una exposición. Era la defensa de un método.
Diana me observaba en silencio.
—¿Qué miras? —pregunté.
—Te estoy guardando en la memoria —respondió—. No todos los días se ve a alguien cruzar una frontera.
—¿Cuál frontera?
—La que separa al estudiante del que ya produce conocimiento.
Sonrió con esa mezcla de ironía y seriedad que la caracterizaba.
—Ya tienes cara de científico.
Reí, pero sentí el peso de la frase.
—Estamos en una frontera en el espacio y en el tiempo —dije—. No sé qué hay del otro lado.
—Más preguntas —contestó—. Y eso es buena señal.
Su risa fue limpia, vibrante. En otro contexto habría sido simplemente alegre; aquella mañana tenía algo más: confianza.
Terminamos el desayuno y salimos. El sol comenzaba a subir sobre Lima. El campus de la UNI me esperaba con sus pasillos, sus pizarras, sus profesores exigentes.
Mientras caminábamos, comprendí que, pasara lo que pasara en la sala de sustentación, algo ya había cambiado.
Ya no era solo el joven que había aprendido a programar en Fortran.
Era alguien que había tomado un experimento histórico, lo había traducido en ecuaciones, lo había convertido en algoritmo y lo había hecho correr en una máquina.
Había demostrado —al menos para mí mismo— que podía pensar físicamente con rigor.
Y ese desayuno no era un simple desayuno.
Era el último acto antes de entrar, por primera vez, al territorio propio de la ciencia.
La sustentación
Después del desayuno, Diana me acompañó hasta la universidad. Caminamos casi en silencio. No era un silencio incómodo, sino concentrado, como el que precede a un experimento delicado.
Al cruzar la puerta principal de la UNI, Diana redujo el paso. Miró el campus con atención.
—Impresionante… —murmuró—. Aquí uno siente que han pasado muchas vidas.
Asentí. Aquellos pabellones no eran solo concreto y mármol: eran generaciones de estudiantes, debates, fracasos y descubrimientos.
Avanzamos hacia el pabellón central. Al llegar al pie de las gradas de mármol volvió a detenerse.
—Respira —me dijo en voz baja—. Ya estás aquí.
Subimos hasta el tercer piso, donde funcionaba la Facultad de Ciencias. Sentía el corazón golpear con la energía de mil partículas en colisión. La hora de la verdad se acercaba.
Y, sin embargo, no estaba solo.
Entré al aula. Los miembros del jurado ya estaban sentados. Papeles ordenados, miradas sobrias. Uno de ellos levantó la vista.
—Puede comenzar cuando desee.
Tomé aire.
—Señores miembros del jurado, el trabajo que presento consiste en la simulación computacional del experimento de dispersión de partículas alfa por núcleos de oro, experimento que condujo al modelo nuclear del átomo propuesto por Ernest Rutherford.
A medida que avanzaba, la voz se afirmaba.
Expliqué el fundamento teórico: la fuerza coulombiana repulsiva, la ecuación diferencial de movimiento, la relación entre parámetro de impacto y ángulo de dispersión.
—Como es conocido —continué—, el análisis de la desviación angular permitió inferir la existencia de un núcleo que concentra casi toda la masa y la carga positiva del átomo.
Un profesor me interrumpió.
—¿Por qué optó por una simulación y no por un tratamiento puramente analítico?
Era una buena pregunta.
—Porque la simulación permite reconstruir el proceso dinámico —respondí—. El tratamiento analítico ofrece la relación final entre parámetros y ángulos, pero el algoritmo reproduce paso a paso la trayectoria de cada partícula bajo el potencial eléctrico. Permite visualizar el fenómeno y explorar variaciones que no son evidentes en la solución cerrada.
El profesor asintió levemente.
Otro intervino:
—¿Qué equipo utilizó?
—Una IBM 1130 del Centro de Cómputo de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El programa fue escrito en Fortran, optimizando el tamaño del paso de integración para garantizar estabilidad numérica y minimizar errores acumulativos.
El presidente del jurado tomó la palabra:
—¿Cómo validó los resultados?
—Comparé la distribución angular obtenida numéricamente con la predicción teórica del modelo de dispersión coulombiana —respondí—. La concordancia confirma tanto la validez del modelo físico como la consistencia del procedimiento computacional.
Hubo un silencio breve.
Continué defendiendo no solo el contenido técnico, sino la coherencia del enfoque: teoría, algoritmo, simulación, verificación. No era una tesis experimental tradicional, pero era rigurosa.
Al terminar, el presidente dijo:
—El jurado deliberará. Puede esperar afuera.
Salimos del aula. Diana y algunos compañeros me rodearon sin hablar demasiado. El pasillo parecía más largo que antes.
El tiempo se estiró.
No pensaba en la nota. Pensaba en el camino recorrido: las tarjetas perforadas, el ruido de la máquina, las curvas hiperbólicas trazadas en el plotter, las conversaciones sobre parámetros de impacto.
Nos llamaron.
Reingresé. El jurado estaba nuevamente sentado. El presidente habló con tono neutro.
—El jurado considera que el trabajo cumple con los requisitos académicos exigidos. La tesis queda aprobada.
Nada más.
Pero no hacía falta.
Sentí cómo algo se aflojaba por dentro. No era euforia; era una liberación profunda. Como si una tensión acumulada durante meses —o quizá años— se disolviera de pronto.
Miré al fondo del aula.
Diana estaba allí.
No habló. Solo movió los labios:
—Lo lograste.
En ese instante comprendí que lo aprobado no era solo un documento.
Era la prueba de que podía plantear un problema físico, traducirlo a lenguaje matemático, implementarlo en una máquina y defenderlo con argumentos.
Salí del aula con una certeza nueva.
La ciencia ya no era solo una asignatura.
Era una forma de estar en el mundo.
Puruchuco: piedras antiguas, caminos nuevos
Luego de la sustentación, Diana me propuso salir a caminar.
—Necesitas aire —dijo—. La cabeza todavía debe estar girando como tu simulación.
Acepté sin pensarlo.
Fuimos hasta los restos arqueológicos de Puruchuco. El lugar estaba casi vacío. Las piedras, erosionadas por siglos, guardaban un silencio antiguo que contrastaba con la agitación que aún llevaba dentro.
Caminábamos despacio entre muros de adobe endurecido por el tiempo. El pasado parecía respirar allí con naturalidad.
—Dime —insistió—, ¿qué se siente terminar una tesis? ¿Cambió algo de verdad?
Pensé antes de responder.
—Me abrió un mundo —dije—. Descubrí que no es indispensable contar con laboratorios colosales para hacer trabajo serio. A veces bastan ecuaciones bien comprendidas, líneas de código bien escritas… y la decisión de imaginar lo que no se ve.
—¿Solo eso? —sonrió—. Te noto que guardas algo más.
La miré de reojo.
—Y, sobre todo, confirmé que la ciencia no se hace solo. Gané una buena compañera.
Soltó una risa breve, pero no evasiva. Me tomó la mano con naturalidad.
—Eres un halagador.
No lo sentí como un gesto improvisado. Más bien como algo que había estado esperando su momento. Como si la lógica del trabajo compartido hubiera madurado hasta convertirse en otra forma de vínculo.
Seguimos caminando.
Diana tocaba las piedras con curiosidad, como si estableciera un puente entre el pasado prehispánico y nuestro presente lleno de tarjetas perforadas.
—Más allá de la física —preguntó—, ¿qué crees que has descubierto?
—Un camino —respondí—. Una colaboración real entre la UNI y San Marcos. No por decreto, sino por convicción. Dos estudiantes trabajando juntos pueden hacer más que muchos discursos.
—¿Y el clima político? —preguntó—. No parece el mejor terreno para sembrar ciencia.
—Precisamente por eso —dije—. La ciencia necesita libertad, pero también necesita puentes. Entre disciplinas, entre universidades, entre generaciones… y también entre personas.
Se detuvo.
—¿No estarás soñando demasiado?
—Existe como posibilidad —respondí—. Y las posibilidades también son reales, aunque todavía no tengan forma.
Ella apretó mi mano.
—Entonces habrá que cuidar ese sueño.
El cielo de Puruchuco estaba pálido, casi sin sombras. Sentí con claridad que algo había terminado: la etapa del estudiante que busca probarse. Y algo comenzaba: el joven físico que quería construir.
Diana levantó nuestras manos hacia el oeste.
—Vamos a la Puruchuca —dijo—. Está cerca.
Caminamos despacio. Fue una tarde luminosa, incluso bajo el peso de las tensiones sociales del país. Sin embargo, noté que Diana estaba distinta. Más contenida.
Se detuvo.
—Tengo algo que contarte.
La miré sin apuro.
—Conseguí una beca en Brasil. En la Universidade de São Paulo.
El nombre cayó con fuerza.
—¿Cuándo? —pregunté.
—Pronto.
Hizo una pausa.
—¿Por qué no te vienes tú también?
El silencio se extendió entre nosotros. Miré las piedras antiguas, el horizonte, el camino abierto. Pensé en Salpo, en Chimbote, en la UNI, en la posibilidad recién obtenida de ser ayudante alumno, con código docente.
—Tengo planes aquí —respondí al fin—. Me han dado una oportunidad en la UNI.
Ella negó suavemente.
—Aquí no hay medios, Modesto. Todo cuesta el doble esfuerzo.
No respondí de inmediato. Con el tiempo había aprendido que mi escala de valores no era la misma que la de quienes crecieron en Lima. Para mí, hacer lo que amaba era suficiente, siempre que alcanzara para vivir con dignidad.
—No estoy pensando en irme —dije con honestidad—. No ahora.
Diana bajó la mirada. Luego volvió a tomar mi mano.
—Ojalá puedas ir más adelante —dijo—. Yo te esperaría.
Asentí. Ambos sabíamos que el tiempo no suele esperar a nadie.
Días después partió a Brasil.
La vi alejarse con una mezcla de orgullo y melancolía. No había reproches. No había dramatismo. Solo la aceptación serena de que los caminos, como las trayectorias de las partículas en mis simulaciones, pueden desviarse por fuerzas invisibles.
Nuestra relación, nacida entre la IBM 1130, tarjetas perforadas y curvas hiperbólicas, terminó con la misma sobriedad con la que empezó: trabajo compartido, respeto mutuo y una despedida sin estridencias.
Comprendí entonces que la dispersión no era solo un fenómeno físico.
También era humano.
Y que, a veces, la madurez consiste en elegir la propia órbita, aunque implique dejar atrás una afinidad profunda.
Desde ese día, la ciencia no fue solo mi vocación.
Se convirtió en mi decisión.
En los terrenos de Einstein
Sustenté la tesis de bachiller cuando ya había iniciado los cursos de maestría en Física en la UNI. El siguiente paso era inevitable: escoger tema para la tesis de maestría.
Conversé con varios profesores. Algunos proponían problemas técnicos, otros extensiones naturales de cursos avanzados. Nada terminaba de inquietarme del todo.
Fue el doctor José Carlos del Prado quien cambió el rumbo.
La entrevista tuvo lugar en su oficina. El ambiente era singular: unos cuantos libros en ruso —claramente usados, no decorativos—, papeles con fórmulas escritas a mano, tensores desplegados como si aún estuvieran en construcción. No había orden convencional, pero sí coherencia intelectual.
Hablaba en voz baja, con frases breves. Cada palabra parecía elegida con precisión.
—Me han informado que, siendo físico, usted tiene una inclinación marcada por las matemáticas —comenzó.
—La física describe el universo con matemáticas —respondí—. Eso lo confirmé con mi tesis de bachiller.
Asintió apenas.
—Entonces quizá le interese un problema que es, sobre todo, matemático.
Hizo una pausa leve.
—Se trata de continuar una línea de trabajo que Albert Einstein dejó inconclusa: la búsqueda de una ecuación capaz de unificar el campo gravitacional con el electromagnético.
La frase no era menor.
Einstein había formulado la relatividad general con un tensor métrico simétrico, describiendo la geometría del espacio-tiempo. El campo electromagnético, en cambio, se expresa mediante un tensor antisimétrico.
—Einstein pensaba —continuó Del Prado— que una estructura geométrica más general podría integrar ambos campos en una sola formulación.
Lo miré con cautela.
—Es un objetivo extremadamente ambicioso.
—Usted no tiene que resolver el problema completo —replicó con serenidad—. Avance hasta donde el esfuerzo justifique un trabajo de maestría. Lo importante es explorar el formalismo.
—¿Cuál sería el punto de partida?
—Las ecuaciones de la gravitación utilizan tensores simétricos —explicó—. El electromagnetismo se describe mediante matrices antisimétricas. La idea es estudiar ecuaciones análogas a las de la gravitación, pero construidas con tensores no simétricos, como lo intentó Einstein en sus últimos años.
Sentí el vértigo intelectual.
—Pero la relatividad general está formulada en cuatro dimensiones —objeté—. El electromagnetismo, aunque covariante, se percibe experimentalmente en tres espaciales y una temporal.
—Precisamente —respondió—. El reto consiste en expresar esas ecuaciones en magnitudes con significado físico directo, separando el espacio del tiempo. Traducir el formalismo tensorial al lenguaje del laboratorio.
Aquella idea me atrapó. No era solo matemática abstracta; era la posibilidad de tender un puente entre geometría y experiencia.
—¿Existe algún antecedente concreto en esa dirección? —pregunté.
Una leve sonrisa cruzó su rostro.
—Un físico ruso, Zelmanov, propuso un formalismo cronométricamente invariante. En ese marco se distinguen claramente las variables tridimensionales y la variable temporal. Su trabajo consistiría en reformular las ecuaciones tensoriales dentro de ese esquema y analizar sus consecuencias físicas.
El silencio se instaló unos segundos.
No era un tema cómodo. No prometía resultados rápidos. No ofrecía aplicaciones inmediatas. Era un problema estructural, casi filosófico.
—Es un desafío difícil —dije finalmente—. Pero avanzaré hasta donde sea necesario.
Del Prado se levantó y, de manera inesperada, me dio un abrazo fuerte. No era efusividad; era aprobación intelectual.
Tuve la impresión de que pocos estudiantes se habían animado a aceptar una tarea así. En una época en que muchos miraban hacia el extranjero buscando mejores condiciones, yo estaba aceptando sumergirme en uno de los problemas más abstractos de la física teórica desde una oficina poblada de libros en ruso y papeles manuscritos.
Salí de su despacho con una sensación clara:
La tesis de bachiller había demostrado que podía reproducir un gran experimento con una máquina.
La de maestría me obligaría a enfrentar directamente la arquitectura matemática del universo.
Ya no se trataba de simular trayectorias.
Se trataba de cuestionar la estructura misma de las ecuaciones.
Diálogos con el maestro
El profesor José Carlos del Prado era un hombre amable, pero no expansivo. Con el tiempo se fue instalando entre nosotros una relación serena, casi silenciosa, de maestro y discípulo.
Lo visité incluso en su casa en Huancayo, cuando la ciudad aún conservaba una belleza apacible. Los tejados andinos parecían alinearse con la cordillera, como si también obedecieran alguna ecuación natural.
Una tarde, casi como quien cambia de variable en mitad de una demostración, me lanzó una invitación inesperada:
—¿Te interesaría cazar venados por Casapalca?
Lo miré sorprendido. No supe si hablaba en serio.
—Se lo agradezco, profesor —respondí—, pero no me imagino cazando animales tan bellos. En las laderas de mi pueblo los he visto de cerca… casi he jugado con ellos.
Asintió sin insistir. No dijo nada más. Pero entendí que aquella respuesta había sido también una declaración de principios.
Nuestra afinidad no se limitaba a las ecuaciones.
Así comenzó mi exploración sobre la unificación de campos, adentrándome en los últimos trabajos de Albert Einstein.
No era una osadía ingenua. Era un intento de comprender por qué, después de revolucionar la física, Einstein decidió dedicar sus últimos años a buscar una estructura matemática capaz de integrar gravedad y electromagnetismo.
Había algo profundamente humano en esa obstinación.
Durante meses estudié también los trabajos de Zelmanov y su formalismo cronométricamente invariante. Su propuesta permitía traducir la geometría de cuatro dimensiones a un lenguaje más cercano a la experiencia tridimensional, separando explícitamente espacio y tiempo sin abandonar el rigor tensorial.
—Es una forma de hacer visible lo abstracto —le comenté un día a Del Prado.
—O de disciplinar la intuición —respondió él.
Llené cuadernos enteros. Tensores no simétricos. Conexiones generalizadas. Descomposiciones espaciales. Cada paso exigía una precisión casi artesanal.
En medio de esa labor, algo íntimo me sostenía:
Si el mundo exterior parecía fragmentado —políticamente, socialmente—, tal vez en la estructura profunda del universo persistía alguna forma de unidad.
—Algo tiene que mantenerse unido —murmuraba mientras trabajaba—. No todo puede ser ruptura.
Al final del recorrido me encontré con fórmulas extensas, ocupando dos transparencias completas. No eran elegantes en el sentido clásico, pero contenían una sugerencia poderosa.
El formalismo indicaba que variaciones intensas del campo gravitacional podían inducir términos asociados al campo electromagnético, y que cambios electromagnéticos suficientemente energéticos aparecían acoplados a términos de naturaleza gravitacional.
No era una demostración definitiva.
Pero era una señal de entrelazamiento estructural.
—Aquí hay algo —me dije—. No la solución, pero sí una puerta.
En el entusiasmo juvenil, las extrapolaciones surgían con rapidez.
Si campos electromagnéticos variables podían inducir efectos gravitacionales, ¿sería imaginable modificar la gravitación mediante corrientes eléctricas extremas?
Un día, casi sin medir el alcance de la pregunta, le dije:
—Profesor… ¿habrá en el universo civilizaciones que dominen la antigravedad?
No sonrió. No se burló.
—Estoy convencido de ello, Modesto —respondió con naturalidad—. Tal vez ya nos visitaron.
Me quedé en silencio.
—¿Y por qué no se presentarían?
—¿Qué necesitarían de nosotros? —replicó—. Somos descendientes de la misma especie y aún vivimos en guerras irracionales.
—¿Usted cree en Adán y Eva?
—No en la versión que cuentan los curas —respondió, con ironía contenida.
Aquellas conversaciones iban más allá de la física. Eran ejercicios de pensamiento libre, sin dogma ni solemnidad innecesaria.
Con Del Prado aprendí que la cosmología no excluye la reflexión sobre la naturaleza humana.
Que discutir tensores no impide preguntarse por el sentido de la historia.
Pero la física, incluso la más abstracta, tiene plazos administrativos.
El año 1974 se acercaba y tocaba sustentar con lo que hubiera logrado hasta entonces. No había resuelto la unificación. Nadie lo había hecho.
Pero había recorrido un tramo real: reformulación en el marco cronométricamente invariante, identificación de términos acoplados, análisis de consecuencias físicas preliminares.
Había aprendido algo más profundo que una técnica:
Que los grandes problemas no se resuelven en un acto heroico.
Se rodean.
Se exploran.
Se respetan.
Y, a veces, se dejan abiertos para que otro —en otro lugar, en otro tiempo— continúe el intento.
La unificación de campos en el Consejo
El 29 de mayo de 1974 ingresé solo a la sala del Consejo Universitario de la UNI.
Sentí un sobrecogimiento eléctrico.
En ese recinto se habían tomado decisiones que marcaron la historia de la universidad y, en parte, del país. Allí habían discutido intelectuales y políticos sobre cómo incorporar la ciencia y la ingeniería al proyecto republicano. Aquellas paredes habían escuchado debates sobre modernización, autonomía, desarrollo.
Y ahora estaba yo.
¿Qué hacía en ese lugar un antiguo pastor de ovejas de los Andes del norte?
Por un instante, mi mente se fragmentó. Se mezclaron recuerdos de tormentas en Salpo, relámpagos iluminando los cerros, noches de estudio bajo un lamparín de querosene, y las páginas densas de la relatividad general de Albert Einstein junto a las ecuaciones del electromagnetismo de James Clerk Maxwell.
El silencio era casi físico.
Perdí brevemente la noción del presente y me sentí desplazándome en un espacio de cuatro dimensiones, entre tensores no simétricos y geometrías curvas.
Una voz me devolvió al suelo.
—Buenos días, Modesto. ¿Está usted listo?
Era el profesor José Carlos del Prado.
—Buenos días, profesor —respondí, mostrando las transparencias cuidadosamente preparadas durante la semana.
—Confío en usted, Modesto —dijo en voz baja.
Tomó su lugar en el jurado. Poco a poco ingresaron los demás miembros. El rector, el ingeniero César Sotillo, presidía la sesión. Lo acompañaban el director de la Escuela de Posgrado, ingeniero Carlos del Río; el doctor Víctor Latorre; los ingenieros Holguer Valqui y Gerardo Ramos; y el propio Del Prado.
Que el rector presidiera el jurado no era un detalle protocolar: indicaba que la maestría en ciencias era el grado académico más alto que ofrecía entonces la UNI. El acto tenía un peso casi ritual.
Cuando el rector me concedió la palabra, encendí el proyector. Sobre la pantalla apareció el título:
Análisis cronométricamente invariante de la teoría unitaria del campo no simétrico.
Respiré hondo. Sentí el aire escaso de los Andes. No quedaba espacio para la duda.
—Este trabajo explora la posibilidad de una formulación unitaria del campo gravitacional y del campo electromagnético —comencé.
Las fórmulas, trabajadas en silencio durante años, comenzaron a fluir. Tensores no simétricos. Descomposiciones espaciales. Ecuaciones reformuladas en el marco cronométricamente invariante de Zelmanov.
Mientras señalaba las expresiones proyectadas, algo extraño ocurrió: ya no estaba leyendo. Estaba recorriendo un territorio familiar.
—Aquí aparece la contribución no simétrica del tensor métrico generalizado… —expliqué.
Uno de los miembros del jurado inclinó levemente la cabeza. Otro tomó notas con atención.
Pero entre cada palabra técnica latían otros ecos: el taller eléctrico de la Planta Siderúrgica, las laderas de Salpo, el esfuerzo por entender ecuaciones escritas en idiomas que no eran el mío.
No era solo una exposición académica.
Era el atrevimiento de pensar el universo entero desde el Perú.
Avancé por las transparencias finales. Señalé los términos acoplados entre componentes gravitacionales y electromagnéticos. Expliqué las implicancias físicas preliminares.
Por momentos volví a sentir que navegaba en la superficie curvada del espacio-tiempo, como si la sala misma se hubiera convertido en un diagrama geométrico.
Cuando terminé, el silencio regresó.
No era vacío. Era denso.
La sala quedó suspendida en una quietud que antecede al trueno.
El rector se incorporó lentamente.
—Gracias —dijo con sobriedad—. Pasamos a las preguntas.
Las preguntas y la decisión
El primero en intervenir fue el ingeniero Holguer Valqui, célebre por su ironía directa.
—¿Su ecuación final ha necesitado dos transparencias para ser escrita —preguntó— o lo ha hecho para tratar de confundir al jurado?
Algunas sonrisas discretas recorrieron la sala. No era una pregunta técnica; era una prueba de temple.
—La extensión refleja la complejidad del formalismo, no una intención de confundir —respondí con calma—. Intenté mantener cada paso explícito para que la estructura fuera verificable.
Valqui asintió levemente, pero avanzó hacia el punto central:
—Según sus ecuaciones, ¿puede afirmarse que una variación del campo electromagnético genera un campo gravitacional? ¿Estaría usted sugiriendo algo como la antigravedad?
La palabra flotó en la sala.
—En el formalismo obtenido —contesté— aparecen términos de acoplamiento entre componentes gravitacionales y electromagnéticas. Sin embargo, para que el efecto sea físicamente significativo se requerirían variaciones extremadamente abruptas y campos de gran intensidad. No es una antigravedad operativa; es una posibilidad estructural dentro del marco matemático.
No exageré. No prometí. La frontera entre especulación y física debía mantenerse clara.
El rector, ingeniero César Sotillo, intervino con una pregunta de otra naturaleza:
—¿Tiene su trabajo alguna aplicación práctica?
Era la pregunta inevitable.
—Es una investigación de carácter básico —respondí—. No ha sido concebida con una aplicación inmediata. Pero la historia de la física muestra que los desarrollos teóricos, incluso los más abstractos, pueden encontrar aplicaciones décadas después. No descarto esa posibilidad.
Hubo otras preguntas: sobre consistencia matemática, sobre el uso del formalismo cronométricamente invariante, sobre la interpretación física de ciertos términos.
Respondí sin prisa. Cada respuesta era un paso más en terreno firme.
Finalmente, el rector cerró la carpeta.
—Agradeceré que el candidato y los asistentes se retiren para la deliberación.
Salimos a la antesala del pabellón central de la UNI. Miré el techo alto, las columnas, la amplitud del espacio. Sentí la dimensión del momento.
Mis amigos comentaban en voz baja la dificultad de la relatividad, la audacia de intentar seguir la senda de Albert Einstein desde Lima.
Yo permanecía en silencio.
No pensaba en la nota. Pensaba en el trayecto: Salpo, Chimbote, el taller eléctrico, la IBM 1130, las ecuaciones no simétricas, las conversaciones con Del Prado.
Quince minutos después nos llamaron.
Regresamos.
El rector se puso de pie.
—El jurado ha decidido aprobar la tesis.
Los aplausos llenaron la sala. No fueron estruendosos, pero sí sinceros.
Luego añadió:
—Tenemos al primer magíster en física peruano graduado en la UNI.
La frase cayó con un peso que no esperaba.
No lo viví como un triunfo personal aislado. Sentí que, en ese instante, no estaba solo. Que detrás de mí estaban los cerros, los talleres, los barrios, miles de jóvenes que podían llegar allí si se les abría el camino.
Una liberación profunda me atravesó. No era euforia; era cumplimiento.
Sabía que mi vida seguiría ligada a ese campus, incluso en medio de la turbulencia política que lo rodeaba. La universidad seguía siendo un faro.
Salí con una certeza íntima:
Esto no era un cierre.
Era un comienzo.
La tesis de maestría había tendido un puente entre la gravitación y el electromagnetismo, entre la abstracción matemática y la intuición física. Pero también había despertado otra pregunta, más radical:
—¿Qué es lo que realmente mantiene unida a la materia?
Esa pregunta comenzaba a inclinarme hacia otro territorio: la interacción nuclear, las fuerzas profundas, el equilibrio invisible que impide que todo se disperse.
Si el universo encontraba modos de unificación en sus niveles más íntimos, ¿no podría también una sociedad fragmentada encontrar los suyos?
La física no me daba respuestas políticas.
Pero me enseñaba algo esencial:
La dispersión no es el destino inevitable.
La estructura, la coherencia, la unidad… también son posibles.
Ciencia en tiempos de asfixia
Mientras desarrollaba y sustentaba mi tesis de maestría en la UNI, la universidad atravesaba uno de los períodos más tensos de su historia reciente.
La confrontación con el gobierno militar no era un rumor: se respiraba en los pasillos.
La UNI carecía de estatuto claro. Las normas parecían provisionales. Las decisiones podían quedar sin efecto de un día para otro. La incertidumbre no era solo política; era cotidiana.
Uno estudiaba ecuaciones tensoriales por la mañana y por la tarde discutía si la universidad seguiría funcionando con normalidad la semana siguiente.
La asfixia no era únicamente administrativa. Era económica.
En términos reales, el presupuesto de 1974 apenas superaba la mitad del que la UNI había tenido en 1966. El gasto por alumno se había reducido a poco más de una cuarta parte. Las remuneraciones docentes no alcanzaban para cubrir la canasta básica. Cada propuesta de aumento era desestimada con el argumento recurrente: “no hay fondos”.
—Lo más grave —dije en una reunión de salón— es que ante nuestras demandas el gobierno responde que no hay recursos, mientras otros sectores del Estado crecen sin problema.
Rosa Díaz, dirigente estudiantil, redactaba un comunicado mientras intervenía:
—Para el gobierno militar, la educación es prescindible. Y seguimos con infraestructura del siglo pasado.
La tensión alcanzó un punto visible en julio de 1974, cuando el rector, el ingeniero César Sotillo, presentó su renuncia en abierto desacuerdo con el gobierno.
—Debió quedarse y batallar —opinó Rubén Panta, presidente del Centro de Estudiantes de Ciencias.
—No quiere legitimar el desmantelamiento con su firma —respondió Emilio Ley, estudiante de química—. Ahora asume por antigüedad el ingeniero Manuel Yábar Dávila.
Aquella renuncia fue más que un gesto personal: evidenciaba la fractura entre universidad y Estado.
En ese clima, la Asociación de Docentes de la UNI (ADUNI) comenzó a organizar reclamos sistemáticos. Hubo huelgas. Hubo confrontaciones. Hubo desgaste.
Pero lo más preocupante no era el conflicto visible, sino el silencioso deterioro estructural.
Los más afectados eran los profesores jóvenes contratados. Dictaban el doble de horas que los nombrados, con menor estabilidad y menores ingresos. Eran, paradójicamente, quienes tenían mayor energía para investigar.
En una reunión conjunta de profesores, estudiantes y administrativos, cuando el debate se diluía en generalidades, pedí la palabra.
—No podemos ignorar esta desigualdad —dije—. Los contratados cargan con más docencia y menos tiempo para investigar. Y la investigación es la razón de ser de una universidad.
Algunas cabezas se movieron con cautela.
—Si no cuidamos a quienes tienen potencial para investigar —añadí— debilitamos la universidad desde su base.
No era dirigente. No buscaba protagonismo. Pero aquella intervención no pasó inadvertida.
Rubén Panta me advirtió después:
—Aquí no se olvida fácil. Menos cuando uno incomoda.
—Callarse es complicidad —respondí.
Sabía que esa postura tendría consecuencias.
Por momentos sentía que estaba arando en el mar.
Muchos colegas resolvían como podían su subsistencia: clases adicionales, asesorías privadas, horas extras. La universidad pública comenzaba a convertirse en empleador secundario. Las universidades privadas crecían y absorbían profesores que buscaban estabilidad.
Los más audaces —y también los más desesperados— se preparaban para partir al extranjero.
La dispersión no era ya una metáfora física.
Era una realidad humana.
En medio de esa asfixia, yo acababa de convertirme en el primer magíster en física graduado en la UNI. El contraste era brutal: mientras intentábamos pensar la unificación de los campos fundamentales, la institución que debía sostener ese pensamiento se debilitaba.
Comprendí entonces algo que me acompañaría siempre:
La ciencia no florece solo por talento individual.
Necesita condiciones.
Necesita políticas.
Necesita decisión colectiva.
Y cuando esas condiciones faltan, incluso las ecuaciones más elegantes pueden quedar suspendidas en el aire, sin el suelo institucional que las sostenga.
Sin embargo, pese a la turbulencia, no dudé.
Si la universidad pública estaba siendo asfixiada, más razón había para quedarse y defenderla desde dentro.
Porque abandonar el campo no siempre es la solución.
A veces, el desafío consiste en permanecer.
Hostigamiento y fuga
Pese a los esfuerzos de algunos docentes, la UNI quedó severamente dañada por las acciones del gobierno militar. El deterioro no fue inmediato ni ruidoso: fue progresivo, persistente.
Muchos profesores comenzaron a migrar hacia universidades privadas ya existentes o hacia las nuevas instituciones que surgían al amparo de la crisis. La universidad pública dejaba de ser el centro natural de la vida académica.
Los profesores extranjeros, que habían sido decisivos en la consolidación de la comunidad científica peruana, empezaron a marcharse.
Algunos académicos argentinos tomaron rumbo al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, que por entonces se había convertido en un imán de talentos latinoamericanos. Entre los que partieron estaba Andrés Kalnay, miembro de la Academia de Ciencias de Argentina, quien había llegado al Perú en 1966 tras la represión universitaria del régimen de Juan Carlos Onganía.
La ironía era amarga: quienes habían huido de una dictadura encontraban ahora un clima hostil en otro país que prometía estabilidad.
Cada despedida era una señal más de un proceso silencioso pero devastador: la descapitalización intelectual.
La universidad resistía como podía. Pero el cerco se estrechaba. Y quienes creíamos en ella comprendíamos que defenderla no solo exigía convicción, sino asumir costos personales.
El clima de confrontación promovido desde el poder no tardó en filtrarse hacia el interior de la universidad.
Las tensiones latentes entre ingenieros y científicos comenzaron a hacerse explícitas.
—Aquí se forman ingenieros, no filósofos de la naturaleza —me dijo Pedro Sánchez, ingeniero y profesor de física.
—Sin ciencia no hay ingeniería que resista —respondí, ya sin paciencia—. La técnica sin fundamento termina siendo repetición.
El ambiente se volvió áspero.
Algunos empezaron a mirar con recelo a los científicos extranjeros.
—Tienen demasiada influencia —insistía Sánchez—. No entienden la realidad del país.
Yo veía con preocupación cómo se erosionaba un espíritu que había costado años construir. Profesores como Balfour Merovicci, proveniente de Rumanía, y Manfred Horn, de Alemania, habían apostado por el Perú con rigor y afecto.
—Nos quedamos cuando otros se fueron —me dijo Merovicci en una ocasión—. Y aun así parece que no basta.
El mensaje implícito era claro: el nacionalismo mal entendido comenzaba a reemplazar el criterio académico.
La ciencia, por definición, es internacional. Pero en tiempos de sospecha, incluso el conocimiento puede volverse sospechoso.
Fuera de la universidad, el país tampoco ofrecía alivio.
El gobierno decretó el cierre temporal de las universidades ante el temor de manifestaciones estudiantiles durante el sesquicentenario de la batalla de Ayacucho.
—Cierran las aulas para evitar la crítica —me dijo Rosa Díaz—. Como si la memoria también pudiera clausurarse.
La medida no apaciguó los ánimos. Los exacerbó.
Lima se volvió una ciudad contenida, expectante. Había tensión en el aire. Se hablaba en voz baja. Se discutía en grupos pequeños.
Paralelamente, el gobierno comenzó a impulsar la formación de cuadros técnicos provenientes de las Fuerzas Armadas, como si la disciplina castrense pudiera sustituir la duda metódica y la formación científica rigurosa.
La idea era clara: controlar el conocimiento.
Pero la ciencia no florece por decreto. No se impone por jerarquía.
Requiere libertad para equivocarse, para discutir, para cuestionar incluso a quien manda.
En esos años comprendí algo fundamental:
La fuga de cerebros no empieza cuando el avión despega.
Empieza cuando el pensamiento deja de sentirse seguro en su propia casa
La prueba de los marinos
Una mañana, el doctor Víctor Latorre, entonces director del Programa de Ciencias de la UNI, me llamó a su oficina.
—Vienen tres tenientes de la Marina —me dijo, con tono sobrio—. Rendirán una prueba de física. Están siendo evaluados para enviarlos al extranjero a formarse en energía nuclear. Necesitan una certificación académica. Le agradeceré que supervise el proceso y, al final, les formule algunas preguntas de física nuclear básica para tener una opinión técnica sobre su preparación.
Acepté con una mezcla de curiosidad e inquietud.
No era un trámite menor. Aquello evidenciaba algo claro: las Fuerzas Armadas estaban interesadas en la energía nuclear. No solo como concepto abstracto, sino como proyecto concreto de formación.
Poco después, los tres jóvenes oficiales ingresaron al laboratorio asignado para la evaluación. Cuando entré, se pusieron de pie con una sincronía impecable. La rigidez de sus movimientos contrastaba con la informalidad habitual de los estudiantes universitarios.
Nadie se sentaba.
Parecían esperar una orden.
—Por favor —dije, intentando suavizar el ambiente—, pueden tomar asiento.
Se sentaron al mismo tiempo y comenzaron a resolver la prueba escrita. El silencio era absoluto, casi marcial. No el silencio reflexivo del aula, sino el silencio de instrucción.
Durante más de una hora solo se escuchó el roce de los lápices.
Finalmente, el teniente más alto se puso de pie.
—Hemos terminado, señor.
Me acerqué a la mesa.
—Muy bien. Ahora quisiera hacerles algunas preguntas.
No buscaba incomodarlos. Solo necesitaba verificar ciertos fundamentos.
—¿Podrían explicarme el proceso de la fisión nuclear?
Hubo una pausa.
Se miraron entre ellos.
Intentaron una respuesta fragmentaria, incompleta. Era evidente que no habían trabajado el tema en profundidad. No era culpa suya: simplemente no formaba parte sustantiva de su formación previa.
Comprendí de inmediato.
—No hay problema —dije con serenidad—. Gracias por su participación. Pueden retirarse.
Se pusieron de pie al unísono, saludaron y salieron con la misma disciplina con la que habían entrado.
El laboratorio recuperó su silencio habitual.
Pero yo no.
Conocía el nivel del examen de admisión a la Escuela Naval y la estructura de sus cursos científicos. Sabía que eran oficiales bien formados dentro de su marco institucional. Sin embargo, la energía nuclear no es un tema que se pueda abordar con nociones generales.
Requiere física nuclear sólida.
Requiere matemática avanzada.
Requiere años de entrenamiento conceptual.
Aquella escena me dejó pensando.
El interés de las Fuerzas Armadas en la energía nuclear era comprensible en el contexto internacional. El mundo vivía aún bajo la sombra estratégica del átomo. Pero el conocimiento nuclear no se improvisa. No se decreta. No se sustituye con disciplina.
En esos años comenzaba a evidenciarse una tensión más profunda:
¿Quién debía conducir el desarrollo científico del país?
¿La universidad, con su lógica crítica y autónoma?
¿O el aparato estatal, con su lógica jerárquica y estratégica?
No era una pregunta menor.
Porque la energía nuclear no es solo tecnología.
Es responsabilidad histórica.
Es ética.
Es capacidad científica real.
Mientras cerraba las hojas del examen, comprendí algo que marcaría mi vida profesional: si el Perú quería hablar seriamente de energía nuclear, tendría que formar físicos nucleares de verdad.
No bastaban uniformes.
No bastaban intenciones.
Hacía falta ciencia.
Ecos de la selva
El año 1974 no fue solo turbulento en lo político. También lo fue en lo afectivo.
Una tarde, durante el “café” en la sala de profesores del Departamento de Física —en el sótano del pabellón central de la UNI— conversábamos sobre la crítica situación de la universidad y del país. El ambiente era denso. Se hablaba de presupuestos, de huelgas, de renuncias.
De pronto, la puerta se abrió.
Una joven ingresó con paso decidido. Vestía una minifalda poco habitual en el campus, lo que provocó un silencio inmediato. Varias miradas se desviaron.
—Buenas tardes —saludó.
Pero no miró al grupo.
Me miró a mí.
—Buenas tardes, señorita —respondí, desconcertado.
Guardó un segundo de silencio, como si saboreara la escena.
—¿No me reconoces?… El serpentear del Ucayali…
El río volvió de golpe.
—¿Miss Universo 1957? —respondí, sonriendo.
Rió suavemente.
—Temí que no recordaras nuestro primer encuentro.
—¿Qué te trae por aquí?
—Me dijiste que, si pasaba por Lima, te visitara. Incluso me diste tu dirección: Departamento de Física de la UNI. Tengo un primo aquí; él me explicó cómo llegar.
Miró alrededor.
—Veo que sigues con la física.
—Es lo único que conozco un poco.
—¿Solo eso? —preguntó, con una sutileza que me desarmó.
Preferí cambiar de eje.
—¿Y tú? ¿Qué haces ahora?
Se irguió levemente.
—Soy secretaria en el Ministerio de la Fuerza Aérea.
Había cumplido su propósito.
Salimos del campus y terminamos, casi sin planearlo, en una juguería de la esquina de Moquegua con Cañete, en el centro de Lima, donde yo vivía entonces.
Le conté que había sustentado mi tesis de maestría.
—Explícame —pidió.
Intenté hacerlo sin fórmulas.
—La música que escuchamos en la radio existe porque el receptor capta ondas electromagnéticas invisibles. Esas ondas generan corrientes en los circuitos y producen sonido.
Escuchaba con atención genuina.
—En el universo —continué— existen ondas gravitacionales, producidas por movimientos extremos de cuerpos celestes. Mi tesis exploró si esas ondas podrían generar, a su vez, ondas electromagnéticas.
Guardó silencio unos segundos.
—Es como cuando el motor de la lancha agitó el Ucayali —dijo finalmente—. Una ola genera otra.
Sonreí.
—Algo así.
Luego cambió el tono.
—Aparte de ocuparte de ondas… ¿no te preocupa lo que está pasando en el país?
La pregunta era directa.
—La selva sigue abandonada —continuó—. Pero aquí en Lima siento otra cosa. La gente apenas tiene para comer y habla en voz baja, como si estuviera vigilada.
—Hay desencanto —respondí—. Los profesores de la UNI se han empobrecido. Tienen salario, pero no alcanza. Y los estudiantes están agotados. Mucho debate, pocos cambios reales.
—¿Y qué hacen?
—Muchos planean irse.
La palabra quedó suspendida entre nosotros.
Irse.
Ella había elegido quedarse en el país. Yo había decidido no partir todavía. Pero la idea flotaba como una corriente subterránea.
El reencuentro desplazó, al menos por unas horas, la tensión del campus.
No era nostalgia. Era algo más presente.
La Magdalena de la lancha no había desaparecido. Había madurado. Hablaba con firmeza. Miraba de frente. Su sueño ya no era solo estudiar; estaba insertándose en la maquinaria del Estado.
Y yo ya no era el joven curioso del viaje por el Ucayali. Había atravesado dos sustentaciones y un clima político áspero. Había empezado a incomodar.
La conversación se alargó sin esfuerzo.
Al despedirnos, comprendí que el río no siempre se aleja definitivamente.
A veces da una curva amplia y regresa.
Con su visita comenzó, casi sin declararse, una relación más intensa. No era la ingenuidad del primer encuentro, sino algo más consciente: una alianza afectiva en tiempos de incertidumbre.
En medio de la crisis universitaria, de la fuga de talentos y de la asfixia institucional, aquella presencia introducía una variable nueva.
No anulaba las tensiones.
Pero las hacía más habitables.
Un día sin Ley en Lima
El 3 de febrero de 1975 amaneció extraño.
Magdalena y yo estábamos en mi departamento, en el centro de Lima, detrás del local de la UNI. Desde días antes circulaban volantes clandestinos anunciando una huelga policial. Exigían mejores remuneraciones y respeto institucional. Se rumoraba que los efectivos abandonarían las calles.
Nadie sabía qué significaba exactamente eso.
Lo supimos esa mañana.
Primero fueron carreras aisladas. Luego grupos más grandes. Personas salían de tiendas con televisores, radios, electrodomésticos. Las puertas metálicas eran forzadas. El humo empezó a elevarse desde distintos puntos del centro.
Lima estaba desguarnecida.
Desde el tercer piso observábamos una ciudad irreconocible.
—Esto no puede estar pasando —dijo Magdalena, apartándose apenas de la ventana.
—La ciudad se ha quedado sin ley —respondí.
No era una metáfora.
Las persianas bajaban con estrépito. Los comercios cerraban tarde, demasiado tarde. Los gritos se mezclaban con el sonido seco de disparos lejanos. No sabíamos de dónde venían ni contra quién.
No se nos ocurrió salir.
—Es mejor que te quedes —le dije—. No es momento de que regreses sola.
Asintió. La incertidumbre era más peligrosa que el ruido.
Por la tarde aparecieron los tanques.
Las Fuerzas Armadas comenzaron a patrullar el centro de la ciudad. El estruendo de los blindados hacía vibrar las ventanas. El vacío dejado por la policía era ocupado ahora por otra forma de autoridad.
Los disparos se volvieron más frecuentes.
—¿Ves? —me dijo Magdalena—. Están disparando.
—Habrá muertos —respondí en voz baja.
Y los hubo. Más tarde supimos que entre las víctimas había vendedores ambulantes, transeúntes, personas atrapadas en medio del desorden.
La ciudad parecía suspendida entre saqueo y represión.
Fue entonces cuando la vimos.
Una mujer anciana avanzaba con dificultad por el jirón Cañete. Caminaba desorientada, aferrada a una bolsa, mirando a uno y otro lado mientras los vehículos militares pasaban a pocos metros.
—No puede quedarse ahí —dijo Magdalena.
—Es peligroso bajar —advertí.
—Más peligroso es dejarla sola.
Ya estaba en la escalera.
No tuve opción. La seguí.
El ruido de los motores y los disparos hacía difícil escuchar nuestras propias voces. Magdalena tomó a la mujer del brazo.
—Señora, venga con nosotros. La llevamos a su casa.
—Hijita… no entiendo qué pasa —murmuró la anciana.
Caminamos los tres por la vereda, pegados a las paredes, midiendo cada paso. No sabíamos si un disparo perdido podía cruzar la calle en cualquier momento.
Finalmente llegamos a la puerta de un callejón. Un hombre mayor abrió y la abrazó con urgencia.
—Que Dios los bendiga —alcanzó a decir la mujer antes de desaparecer tras la puerta.
Regresamos en silencio.
Al cerrar el departamento, el ruido de la calle parecía aún más intenso.
—No podía hacer otra cosa —dijo Magdalena—. ¿Tú sí podrías?
Negué.
Ese día entendí algo esencial de ella. No actuaba por cálculo ni por consigna. Actuaba por instinto moral.
En una ciudad fracturada por el miedo, eligió intervenir.
Mientras afuera el Estado se desdibujaba entre huelga y tanques, ella optó por algo más elemental: acompañar a quien no podía defenderse.
Esa noche casi no dormí.
Pensaba en las ecuaciones, en los campos unificados, en las ondas gravitacionales. Y al mismo tiempo en los disparos, en los saqueos, en la fragilidad del orden social.
¿Cómo se hace ciencia en medio de este caos?
¿Cómo se construye conocimiento cuando las instituciones tiemblan?
¿Cómo se endereza la historia?
Magdalena mantenía una serenidad que me sorprendía.
Yo, en cambio, empezaba a sentir que el túnel se oscurecía.
La ciencia había sido, hasta entonces, una promesa de coherencia. Un lugar donde las leyes eran estables y las relaciones precisas.
Pero ese 3 de febrero comprendí que ninguna ecuación protege a una ciudad cuando desaparece la ley.
Y aun así, algo dentro de mí insistía:
Si el país se fragmenta, más necesario es entender cómo se mantienen unidas las cosas.
Tal vez por eso seguí.
Nacimiento del IPEN
En marzo de 1975, el doctor Víctor Latorre me llamó nuevamente a su oficina en la UNI.
—Se ha creado el Instituto Peruano de Energía Nuclear —me informó—. El 4 de febrero. Están buscando jóvenes físicos. Creo que deberías visitarlos.
El dato no era menor. Ese mismo 4 de febrero también se había creado el Instituto de Investigación Tecnológica Industrial y de Normas Técnicas, ITINTEC, como parte del esfuerzo del gobierno militar por reorganizar el aparato científico-tecnológico del país.
Había un diseño estratégico en marcha.
El nuevo organismo se llamaba Instituto Peruano de Energía Nuclear.
Acepté la invitación con interés genuino. Si el Estado quería desarrollar energía nuclear, aquello abría un campo que hasta entonces había sido apenas incipiente en el Perú.
El local del IPEN estaba en la avenida Canadá, en San Borja. El edificio tenía un aire reciente, todavía en construcción simbólica.
Me recibió el señor Valdemar Llamosas, alto funcionario del instituto.
—Bienvenido —dijo con tono seguro—. Estamos sentando las bases del futuro nuclear del país. El doctor Latorre nos ha informado que usted tiene interés en el área.
—Mi tesis de bachiller tuvo relación con física nuclear —respondí—. Me interesa profundamente el tema.
—Estamos convocando a jóvenes profesionales —continuó—. Habrá capacitación en el extranjero. Trabajaremos en coordinación con el Organismo Internacional de Energía Atómica, OIEA.
Aquello captó de inmediato mi atención.
La UNI ya tenía vínculos con el OIEA. Uno de sus decanos, el ingeniero Pablo Willstätter, colaboraba desde Viena.
—Queremos formar cuadros propios —añadió Llamosas—. Si está interesado, complete este formulario. Mantendremos contacto para el programa de capacitación.
Llené mis datos sin dudar.
Era, objetivamente, una oportunidad histórica.
Al salir del edificio noté algo que hasta entonces había permanecido en segundo plano.
Militares uniformados circulaban por los pasillos.
La presencia no era discreta.
En ese momento comprendí mejor la visita de los oficiales de la Marina a la UNI semanas antes. El interés de las Fuerzas Armadas por la energía nuclear no era marginal: era estructural.
No era sorprendente en el contexto de la época. En muchos países, el desarrollo nuclear estuvo vinculado inicialmente a estructuras castrenses.
Yo no tenía una buena experiencia con la formación militar. Desde la instrucción premilitar en el colegio, pasando por cinco años en el Instituto Industrial y dos más en la UNI, había percibido una constante: rigidez, obediencia, jerarquía.
La ciencia, en cambio, se nutre de duda, creatividad y debate.
¿Podrían convivir ambas lógicas?
Caminé por la avenida Canadá con una sensación ambigua.
Por un lado, el país estaba creando instituciones científicas.
Por otro, esas instituciones nacían bajo fuerte impronta militar.
La energía nuclear no es solo tecnología. Es política, estrategia y poder.
Yo quería hacer física nuclear.
Quería comprender la fisión, las interacciones fundamentales, los procesos microscópicos.
Pero no quería que la ciencia se convirtiera en simple instrumento de autoridad.
Aun así, no descarté la posibilidad.
Si el Perú iba a ingresar al campo nuclear, necesitaba físicos formados con rigor. Y si esos físicos no participaban desde el inicio, el vacío lo llenarían otros con menor preparación científica.
Comprendí entonces que no bastaba con criticar la militarización.
Había que decidir si uno entraba para influir desde dentro… o se quedaba al margen.
El IPEN acababa de nacer.
Y, sin saberlo del todo, ese nacimiento marcaría una etapa decisiva en mi vida.
Ingeniería en la Fuerza Aérea
No solo la Marina y el Ejército tenían planes tecnológicos. También la Fuerza Aérea comenzaba a organizar su propio proyecto de formación.
Un día, el doctor Víctor Latorre me llamó.
—En nombre de la Facultad —me dijo— le agradeceré que vaya a la Escuela de Cadetes de la Fuerza Aérea, en Las Palmas. Están elaborando el programa de estudios para la carrera de ingeniería aeronáutica y necesitan apoyo académico.
Acepté con la misma mezcla de curiosidad y cautela que había sentido al visitar el IPEN.
La Escuela de Oficiales de la Fuerza Aérea del Perú estaba lejos del ambiente universitario al que estaba acostumbrado.
Fui vestido como siempre: sin traje ni corbata. Pasé por controles de seguridad, revisión de documentos, indicaciones precisas sobre por dónde caminar y dónde esperar.
Toqué la puerta de la sala indicada. Un oficial, impecablemente uniformado, abrió.
Me miró con visible sorpresa.
—Disculpe… ¿está seguro de que lo han citado aquí?
—Eso creo —respondí—. Vengo por el programa de ingeniería aeronáutica.
Dudó un instante, luego hizo un gesto para que pasara.
Al entrar entendí su desconcierto.
En la sala había una decena de oficiales uniformados y, frente a ellos, profesores de la Pontificia Universidad Católica del Perú y de la Universidad de Lima, todos con traje oscuro y corbata. Yo tenía 26 años y vestía como cualquier profesor joven de la UNI.
—Tome asiento, profesor —indicó uno de los oficiales.
Me senté en silencio.
El oficial que presidía la reunión retomó su exposición:
—Necesitamos formar ingenieros capaces de contribuir al desarrollo aeronáutico del Perú y reducir nuestra dependencia tecnológica.
La intención era clara y legítima. La pregunta era cómo lograrlo.
Escuchaba mientras pensaba que formar ingenieros no consiste solo en organizar asignaturas. Requiere construir bases científicas sólidas, tiempo de estudio, exigencia matemática y libertad para preguntar.
Fue entonces cuando Maynard Kong, matemático formado en la UNI y profesor en la Católica, intervino.
—¿Cuántas horas semanales tendrán los alumnos para matemáticas?
—Cuatro —respondió el oficial sin titubeos.
Maynard frunció el ceño.
—Con cuatro horas semanales no se construye una base rigurosa para ingeniería. Es insuficiente.
El oficial se acomodó en su asiento.
—Nuestros cadetes tienen múltiples responsabilidades. No podemos sobrecargar el plan.
—La matemática no es una carga —replicó Maynard con calma—. Es la estructura sobre la que descansa la ingeniería.
El silencio fue breve pero elocuente.
El oficial cerró la carpeta.
—Tomamos nota de su observación —dijo—, pero este es el esquema previsto.
En ese intercambio quedó claro que el margen para rediseñar el programa era limitado.
A mi lado, Maynard murmuró apenas audible:
—Solo quieren el aval.
No sé si era exactamente así. Pero la sensación general era que la estructura principal ya estaba decidida.
Mientras la reunión avanzaba, confirmé una intuición que comenzaba a repetirse en mis experiencias con las instituciones militares.
La disciplina es una virtud en ciertos ámbitos.
La jerarquía facilita la ejecución.
Pero la formación científica exige algo más difícil de administrar: cuestionamiento, duda, discusión abierta.
Los cadetes debían cumplir horarios, entrenamientos, obligaciones propias de la vida militar. ¿Tendrían el tiempo y el espacio mental para la profundidad que requiere la ingeniería?
Ese perfil de oficial–ingeniero sería luego el que alimentaría instituciones como la Comisión Nacional de Investigación y Desarrollo Aeroespacial, creada el 11 de junio de 1974.
El proyecto era ambicioso: desarrollar capacidades aeroespaciales propias.
Pero yo no podía dejar de preguntarme:
¿Se puede formar un ingeniero por decreto?
¿Puede la ciencia ajustarse a la lógica del cuartel?
Salí de Las Palmas con una certeza parcial.
El Estado quería tecnología.
Las Fuerzas Armadas querían autonomía estratégica.
Lo que todavía no estaba claro era si estaban dispuestos a aceptar lo que la ciencia exige a cambio: tiempo, profundidad y libertad intelectual.
Física para buscar petróleo
En 1975 me informaron que Petroperú, empresa estatal encargada de la exploración y explotación de hidrocarburos, buscaba físicos para incorporarlos a programas de prospección petrolera.
La física dejaba el pizarrón y descendía a la corteza terrestre.
Se necesitaban especialistas en métodos geofísicos, procesamiento computacional de señales sísmicas, modelamiento numérico. Llegarían expertos franceses para formar cuadros locales. Era ciencia aplicada con consecuencias económicas inmediatas.
No era una tentación menor.
Me presenté a la convocatoria pública. Hubo evaluaciones técnicas y un examen médico exhaustivo que parecía diseñado para pilotos o astronautas más que para científicos. Cuando salí aprobado, sentí que se abría una nueva ruta:
Relatividad.
Física nuclear.
Geofísica aplicada al petróleo.
El Perú ofrecía campos urgentes y concretos.
La pregunta era: ¿cuál debía ser el mío?
Mientras evaluaba esa posibilidad, el doctor Víctor Latorre volvió a llamarme a su oficina en la UNI.
—La UNI tiene un convenio con la Universidad de Grenoble —me dijo—. Varios colegas ya han ido a doctorarse en física del estado sólido con beca del gobierno francés. Usted debería hacer lo mismo.
Francia.
La palabra resonó con fuerza.
Pero yo tenía mi vida organizada en Lima. Había comprado un terreno donde planeaba construir mi casa. Tenía un auto que me permitía cruzar la ciudad entre clases en San Marcos y en la Universidad Católica. Estaba cerca de amigos y afectos. Después de años de esfuerzo, comenzaba a sentir estabilidad.
—Doctor —respondí con franqueza—, tengo mi vida organizada aquí.
Él guardó silencio unos segundos.
Luego habló con la serenidad de quien no necesita elevar la voz:
—En ciencia no hay futuro sin doctorado. Es la única credencial que certifica experiencia real en investigación. Si no profundiza, su camino se cerrará antes de lo que imagina.
La frase no fue una amenaza. Fue una advertencia.
Sabía que tenía razón.
Entonces me atreví a formular una condición íntima.
—Si alguna vez estudio en el extranjero —le dije— quisiera ir al Instituto de Física Nuclear de París.
Me refería al Institut de Physique Nucléaire d’Orsay, fundado en los años cincuenta bajo el impulso de Frédéric Joliot-Curie, heredero intelectual de la tradición de Marie Curie.
Desde mi tesis de bachiller había sentido una atracción silenciosa por ese instituto. Ferdinand Volino, físico cooperante francés en la UNI, me había hablado con detalle de su historia.
El doctor Latorre sonrió.
—Postule —dijo sin vacilar—. Si lo aceptan, la beca vendrá sola.
Salí de su oficina con una idea nueva.
Ir a París no sería huir del Perú.
Sería prepararme mejor para volver.
El dilema no era entre Perú y Francia.
Era entre comodidad y profundidad.
Podía quedarme, trabajar en Petroperú, hacer ciencia aplicada con impacto económico inmediato. Construir casa. Consolidar vida.
O podía aceptar la incertidumbre nuevamente. Dejar idioma, estabilidad y afectos para sumergirme en la investigación nuclear en uno de los centros más exigentes del mundo.
No tenía demasiadas esperanzas de ser admitido en el IPN.
Pero comprendí algo esencial:
La ciencia no se construye solo con oportunidades que llegan.
También con audacia para buscar otras.
Si me aceptaban, interrumpiría el curso cómodo que empezaba a tomar mi vida. Y, sin saberlo del todo, esa decisión marcaría el rumbo de todo lo que vendría después.
La causa que me cambió de órbita
Después de presentar los documentos exigidos para postular al Institut de Physique Nucléaire d’Orsay, continué con mi vida en Lima como si nada extraordinario estuviera en juego.
Clases en la UNI.
Clases en la Católica.
Reuniones.
Proyectos.
El ritmo era intenso, absorbente. Francia comenzó a convertirse en una posibilidad lejana, casi abstracta.
En ese intervalo fui invitado a incorporarme definitivamente a Petroperú. La oferta era concreta, inmediata. Ciencia aplicada, estabilidad económica, futuro previsible.
Francia empezó a diluirse.
Hasta que llegó la carta.
Había sido aceptado.
Me quedé de pie, en silencio, mirando por la ventana de mi departamento. El cielo gris de Lima parecía más pesado que de costumbre. No era solo una noticia académica. Era una bifurcación.
Lo que había sido aspiración se volvía decisión.
La emoción inicial dio paso a algo más complejo: trámites, notarios, registros públicos, certificados, firmas. Descubrí que abandonar un país exige más papeleo que resolver ecuaciones tensoriales.
Yo, que me sentía cómodo entre pizarras y fórmulas, me descubrí torpe frente a la burocracia.
Mis amigos de la urbanización Ingeniería me acompañaron en cada gestión. Con ellos había fundado el club de fútbol Los Átomos. Habíamos compartido ciencia, discusiones políticas y partidos interminables en la cancha de la UNI.
La noticia de mi aceptación fue celebrada en esa misma cancha.
Entre risas y empanadas, Elmer tomó la palabra:
—Muchachos, hoy despedimos a un electrón que se nos va a acelerar fuera del país. Y todos sabemos lo que ocurre cuando un átomo pierde un electrón…
Pausa dramática.
—Desde hoy dejamos de ser Los Átomos. ¡Seremos Los Iones!
Las carcajadas estallaron. Pero detrás del humor había algo más profundo: orgullo compartido y una despedida anticipada.
No me iba por rechazo.
Me iba por impulso interno.
Esa noche comprendí la magnitud del paso.
Ir a Orsay significaba entrar en el corazón de la física nuclear europea. Significaba abandonar comodidad, idioma y afectos. Significaba empezar de nuevo.
Pero también significaba algo que intuía desde mis años de estudiante: si quería hacer ciencia en serio, debía medirme con los mejores.
No partía con ánimo de fuga.
Partía con intención de retorno.
Estaba convencido de que regresaría tan pronto como me fuera posible, para retomar mis labores en la UNI y volver a la cancha con Los Iones. Mi partida no era un adiós definitivo.
Era, pensaba entonces, una trayectoria elíptica.
Con un foco claro.
El Perú.
No sabía aún cuánto cambiaría ese viaje. No sabía que la órbita que estaba iniciando no sería breve ni simple.
Pero sí sabía algo con certeza física:
Hay momentos en la vida en que uno debe reunir suficiente energía para vencer el potencial que lo mantiene en reposo.
Esa carta fue mi energía de escape.
