El debut universitario
El capítulo universitario de mi vida comenzó con la primera clase de física.
Al salón ingresó un profesor de caminar rápido, delgado, con bigotes que le daban un aire de filósofo oriental. Depositó sus apuntes sobre el escritorio y nos miró con atención.
—Soy Víctor Latorre, su profesor en este curso —dijo con un tono cordial—. Soy doctor en física nuclear por la Universidad de Maryland. En primer lugar, quiero felicitarlos por haber ingresado a la UNI y, especialmente, por haber escogido ciencias.
Hizo una pausa.
—Antes de empezar, me gustaría que cada uno se presente. Dígannos de dónde vienen y a qué se dedican sus padres.
Quedó claro que no buscaba simples datos personales. Le interesaba saber desde qué mundo llegábamos a ese salón.
Uno a uno fueron hablando.
—Rodolfo Díaz, de Huacho. Mi padre es carnicero y mi madre, ama de casa.
—Mauro Zevallos, limeño. Estudié en el Ricardo Palma. Mi padre es mecánico.
—Marcelo Morales. Mi padre es policía.
—Víctor Valdivieso. Mi padre es abogado.
—Héctor Trinidad, del Leoncio Prado.
Cada nombre iba trazando una geografía social diversa. El aula se convertía en un pequeño mapa del país.
Cuando llegó mi turno, me puse de pie.
—Modesto Montoya. Vengo de Chimbote. Mi padre es carpintero y mi madre, ama de casa.
El profesor asintió, como si registrara algo más que una presentación. Al sentarme, sentí que no solo había ingresado a la UNI: acababa de situarme en el punto exacto desde donde empezaría a pensar el mundo.
La clase comenzó con cinemática. El profesor explicó cómo se describe la posición de una partícula en un sistema de coordenadas cartesianas, cómo cada coordenada varía con el tiempo y da origen al vector velocidad. No se apresuraba. Avanzaba paso a paso, asegurándose de que nadie quedara atrás.
Usaba tizas de distintos colores. Cuidaba la forma de cada trazo. Había una estética en su escritura: la física no solo debía entenderse, también debía verse.
De pronto dejó las ecuaciones.
—Las dimensiones son fundamentales para describir cualquier sistema —dijo.
En el centro de la pizarra dibujó una circunferencia precisa.
—Supongamos que este círculo, de un centímetro de radio, representa a la Tierra. Si respetamos la escala, el Sol tendría aproximadamente un metro de radio.
El aula quedó en silencio.
Un metro.
Tomó la tiza y trazó una línea desde el pequeño círculo hacia el borde de la pizarra.
—Si mantenemos la escala —preguntó—, ¿a qué distancia debería dibujar el Sol?
Nadie respondió. La cifra era tan grande que parecía absurda.
El profesor caminó hasta la ventana y señaló hacia el exterior.
—A más de dos cuadras de aquí. Por allá, hacia la urbanización Ingeniería.
Sentí un desplazamiento interior. El universo dejaba de ser un dibujo abstracto y adquiría proporción real. La Tierra se reducía a un punto mínimo. El Sol se alejaba hasta convertirse en una distancia caminable. Y nosotros, en medio de esa escala descomunal, intentábamos comprenderlo desde una pizarra.
Salí de esa clase con la sensación de haber abierto una puerta invisible.
Mis prácticas en la Planta Siderúrgica de Chimbote habían sido intensas, casi iniciáticas. Allí construí un transformador que recibía 220 voltios y entregaba 6, 12 y 24 voltios. No fue un simple ejercicio: implicó calcular el número exacto de espiras, enrollar las bobinas con disciplina, ensamblar el núcleo, verificar conexiones, medir pérdidas. La física allí tenía olor a metal y a barniz caliente. Era concreta, industrial, real.
En el Politécnico había trabajado con instrumentación electrónica avanzada. Recuerdo especialmente el osciloscopio de pantalla verde: la línea luminosa vibrando parecía el latido mismo de la electricidad. Aquellos equipos no solo medían; fascinaban.
Con esa experiencia llegué al laboratorio de física de la UNI. Esperaba más. Mucho más. Imaginaba instrumentos sofisticados, experimentos que revelaran estructuras invisibles, desafíos que superaran todo lo anterior.
El jefe de prácticas, Benjamín Marticorena, anunció con serenidad:
—La tarea de hoy es medir el volumen de un cubo y calcular el error de la medición.
Sentí un golpe seco.
¿Un cubo? ¿Una regla? ¿Propagación de errores?
Aquello me pareció elemental, casi escolar. Observé el laboratorio con mayor detenimiento. Los instrumentos eran modestos; algunos parecían improvisados. Comparado con la Siderúrgica y con el Politécnico, todo tenía un aire artesanal. La universidad, que en mi imaginación ocupaba la cima del conocimiento, se me presentaba materialmente más pobre que mi experiencia técnica previa.
Hice la práctica sin entusiasmo. Medí, anoté, calculé. Pero algo en mí estaba distante. La nota fue baja. No me sorprendió.
Durante meses me acompañó esa sensación: la UNI no tenía los laboratorios que yo había imaginado. No había allí el brillo tecnológico que asociaba con la física moderna.
Mucho tiempo después comprendí lo que entonces no vi. Medir el volumen de un cubo y calcular su error no era un ejercicio trivial. Era una lección silenciosa: aprender que toda medición tiene límites; que el resultado no es un número absoluto, sino un intervalo; que el rigor comienza aceptando la incertidumbre.
Esa cifra que desprecié —el error— es la misma que décadas después aparece en experimentos nucleares complejos, en la correlación de energías cinéticas, en la distribución de fragmentos de fisión. La disciplina empieza en lo simple.
Pero en 1966 yo no lo sabía.
Lo que veía era una brecha dolorosa entre la modernidad industrial y la precariedad universitaria. Lo que sentía era frustración.
Y esa frustración, sin darme cuenta, empezó a transformarse en algo más duradero: la convicción de que la universidad peruana debía aspirar a laboratorios que despertaran asombro sin renunciar al rigor.
El rigor invisible
Después de la decepción en el laboratorio, comprendí que la universidad no iba a impresionarme con aparatos. Si la física debía revelarse, tendría que hacerlo de otra manera.
El verdadero desafío apareció pronto: el cálculo diferencial e integral.
Hasta entonces había trabajado con números concretos, circuitos, voltajes, transformadores. Todo tenía forma y materialidad. En la UNI, en cambio, comenzaron a hablar de límites, de funciones que tendían a cero sin alcanzarlo, de derivadas que representaban variaciones infinitesimales. Era un territorio distinto: no había olor a metal ni chispas visibles. Solo símbolos.
Recuerdo la primera vez que el profesor escribió en la pizarra la definición formal del límite. Las letras parecían cerrarse sobre sí mismas: ε, δ, flechas, desigualdades. No era difícil por oscuridad; era difícil por precisión.
Durante varios días sentí una resistencia interior. No era que no entendiera; era que aún no veía la necesidad de tanta exactitud. ¿Para qué tanto rigor si la intuición ya daba una respuesta razonable?
La respuesta llegó una tarde, solo, en la pensión.
Estudiaba un problema de movimiento uniformemente acelerado. La fórmula era conocida, casi escolar. Pero el profesor nos pedía demostrarla desde la definición misma de derivada. No aceptaba atajos.
Intenté resolverlo como siempre lo había hecho: usando fórmulas aprendidas. No funcionó. Volví al inicio. Releí la definición. Me obligué a seguir cada paso sin saltar ninguno. Línea por línea.
Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.
La expresión que antes parecía arbitraria empezó a ordenarse. La aceleración dejó de ser una palabra y se convirtió en una segunda derivada. La velocidad apareció como consecuencia natural de la posición. No eran fórmulas sueltas: eran relaciones inevitables.
Sentí una claridad distinta a la que experimentaba al hacer funcionar un circuito. Allí había satisfacción práctica. Aquí había coherencia.
Comprendí que el cálculo no era una complicación innecesaria, sino el lenguaje preciso de las leyes físicas. Lo que parecía exceso era, en realidad, protección contra el error. El rigor no estaba allí para impresionar; estaba para evitar ambigüedades.
Aquella noche resolví el problema completo sin mirar el solucionario. Al terminar, no sentí euforia. Sentí algo más profundo: dominio.
Por primera vez entendí que podía pensar en ese nivel.
No dependía ya de la intuición ni de la repetición mecánica. Podía construir el razonamiento desde sus fundamentos. Esa sensación era nueva. No tenía la espectacularidad del osciloscopio ni el brillo de una máquina industrial. Era silenciosa.
Al día siguiente, en clase, cuando el profesor pidió que alguien explicara la demostración en la pizarra, levanté la mano.
Mientras trazaba las ecuaciones con tiza blanca, sentí la misma serenidad que había tenido en el examen de admisión. Las ideas fluían con orden. No improvisaba; comprendía.
Cuando terminé, el profesor asintió apenas.
No dijo “excelente”. No hizo comentarios grandilocuentes. Solo añadió:
—Correcto.
Aquella palabra, breve y sobria, tuvo más peso que cualquier aplauso.
Salí del aula con una certeza nueva. La física universitaria no empezaba en los laboratorios, sino en la mente. Los instrumentos podían faltar; el rigor no.
El triunfo no había sido visible para nadie más.
Pero para mí fue decisivo.
Había cruzado otra frontera, esta vez invisible: la que separa al que aplica fórmulas del que entiende de dónde nacen.
Y esa diferencia, lo supe entonces, lo cambiaría todo.
Los matemáticos tenían a su profesora estrella. Se llamaba Oilda Zanardi, una joven matemática argentina que había debido abandonar su país tras la dictadura de Onganía. Su llegada introdujo un aire distinto en la Facultad de Ciencias. No solo traía una sólida formación académica; traía también una energía poco habitual en aulas acostumbradas a la sobriedad.
Desde el primer día rompió la rutina.
Vestía con una libertad que contrastaba con la formalidad dominante en la UNI. Su presencia llamaba la atención, pero era su claridad al explicar lo que realmente imponía silencio.
Comenzó una clase con lo esencial.
Trazó una línea horizontal.
—La abscisa.
Luego una vertical.
—La ordenada.
Dibujó después una curva ondulada, un pequeño oleaje matemático. Desde un punto de esa curva bajó una línea hasta la abscisa y marcó una coordenada. Luego levantó una vertical hasta la ordenada. Sobre el punto escribió con letra firme:
(x, y)
Debajo del esquema dejó establecido, con trazo limpio:
y = f(x)
No había grandilocuencia en su explicación. Había precisión.
Pedro Zúñiga, que ocupaba la primera fila, parecía tener la atención dividida. La profesora lo notó. Se acercó con naturalidad y, sin perder la sonrisa, le dijo:
—Che, Zúñiga… ¿qué mirás?
Tomado por sorpresa, respondió sin pensar:
—¡Las curvas, profesora!
El aula contuvo la risa.
—¿Qué curvas? —replicó ella, cruzándose de brazos.
Zúñiga levantó entonces la vista hacia la pizarra, señaló la línea ondulada y, con aparente inocencia, añadió:
—Las de la función efe de x.
La carcajada fue general, incluida la de la propia profesora. Desde ese día, Zúñiga cargó con el apodo de “lechuga”, sobrenombre que lo acompañaría durante toda su vida universitaria.
Más allá de la anécdota, lo que permanecía era otra cosa. Con Zanardi, las funciones dejaban de ser símbolos abstractos y adquirían estructura. No imponía autoridad con severidad, sino con dominio. Explicaba con una seguridad que no necesitaba alzar la voz.
En un entorno predominantemente masculino, su presencia no solo deslumbraba; desafiaba.
Y a muchos nos obligaba a concentrarnos más de lo que estábamos acostumbrados.
Competencia internacional por el conocimiento
En el examen de admisión de 1967 solo dos mujeres lograron ingresar a toda la UNI. Una de ellas, Lucía Villanueva, estaba en nuestra clase. A su presencia se sumaron dos alumnas argentinas: Irene y Margarita, hijas de profesores que formaban parte del grupo de científicos exiliados tras la dictadura de Onganía.
Su llegada alteró el equilibrio habitual de la Facultad. No era común ver mujeres en los cursos de ciencias, y menos aún extranjeras. Irene, la mayor de las dos, era también la más alta del salón y, sin duda, la más comunicativa. Margarita, más reservada, observaba antes de intervenir.
Un día, durante el descanso, me acerqué a Irene.
—¿Qué vas a estudiar?
—Matemáticas —respondió sin titubear—, pero orientadas a la computación. La computación es el futuro.
Me miró con curiosidad.
—¿Y tú?
—Física —respondí—. Porque es pasado, presente y futuro. Sin materia y energía, nada existe.
Sonrió.
—¿No crees? —insistí—. Está naciendo una nueva electrónica. Se abre el campo para la construcción de robots, de cerebros electrónicos. Mira el examen de admisión: fue procesado por computadora. Desde ahora muchos procesos lo serán.
—Puede ser —replicó—, pero alguien tendrá que programar todo eso para que funcione.
—Claro —dije—. Por eso en la UNI estamos aprendiendo a programar. Las matemáticas son el lenguaje de esas máquinas. A mí me gustan, pero me interesan más cuando están conectadas con los fenómenos físicos.
Margarita, que hasta entonces había guardado silencio, intervino con tono sereno:
—Hay una competencia tecnológica muy fuerte entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En 1961 los soviéticos enviaron al espacio a Yuri Gagarín. Fue un golpe enorme.
La miré. Yo había leído esa noticia en el diario que mi padre llevaba a casa.
—Y los norteamericanos respondieron ese mismo año —añadí—. Kennedy anunció la carrera hacia la Luna. Aunque este año han sufrido el incendio del Apolo I. Murieron tres astronautas.
Mientras resolvíamos ecuaciones y discutíamos funciones, las potencias competían por dominar el espacio. Nosotros, en un aula de Lima, sentíamos que de algún modo participábamos también en esa aventura. El conocimiento ya no era solo una herramienta profesional; era territorio estratégico.
La promoción del 67 tenía un aire internacional poco común. Había profesores de Francia, Alemania y Argentina. Se estudiaba con intensidad, pero también se hablaba del futuro, de un país que podía aspirar a tener científicos capaces de enfrentar los desafíos tecnológicos del siglo que avanzaba.
Los profesores argentinos conversaban a menudo sobre el exilio y sobre el rumbo que tomarían después de su paso por la UNI. Para muchos, Lima era una estación transitoria.
Con Irene hablábamos con frecuencia en el laboratorio.
—Yo pienso regresar a mi país para terminar mi formación —me dijo una tarde—. Y luego iré a Francia. A la Universidad de París. Es la cuna de las matemáticas.
Su apellido, Loiseau, revelaba ese vínculo. Pensé entonces que las trayectorias científicas no tenían fronteras definitivas; eran rutas abiertas.
Mauro Zevallos y Marcelo Morales, los matemáticos del grupo, solían caminar juntos discutiendo problemas. Marcelo era de concentración feroz, atraído por las estructuras más abstractas, aquellas que parecían no necesitar del mundo tangible. Mauro, en cambio, trabajaba para sostenerse. No siempre podía asistir a los laboratorios, y poco a poco fue inclinándose hacia las matemáticas, donde el rigor convivía mejor con la autonomía del estudio.
En esos pasillos se respiraba algo más que competencia académica. Se respiraba época.
La ciencia no era solo conocimiento: era escenario de disputa global. Y nosotros, jóvenes aún, comenzábamos a entender que estudiar física o matemáticas no era una elección aislada, sino una forma de participar —aunque fuera desde lejos— en una carrera mayor.
La residencia universitaria no era solo un edificio con habitaciones alineadas y horarios estrictos. Era un territorio de encuentro. Un cruce de geografías humanas que el Perú, fragmentado y desigual, rara vez permitía.
Evaluado por mi situación económica y mi rendimiento académico, tuve la suerte de recibir una plaza allí. Me asignaron un cuarto sencillo: una cama de fierro, un escritorio, un armario estrecho y una ventana que daba a los jardines del campus. Para alguien que había crecido en una calle de arena en Chimbote, en años sin agua potable, aquello era más que suficiente. Era estabilidad. Era silencio para estudiar. Era dignidad construida con esfuerzo.
Pero lo verdaderamente transformador no estaba en la habitación, sino en los pasillos.
En la residencia convivíamos jóvenes llegados de todo el país. El Perú —ese mapa que en el colegio parecía abstracto— se volvía concreto en cada acento. Había muchachos de Puno, cuyo castellano llevaba la cadencia del quechua o del aimara; de Cajamarca, pausados y reflexivos; del Callao, con el tono directo del puerto; de Iquitos, donde la selva parecía resonar incluso en la risa.
Recuerdo a un compañero puneño que, las primeras semanas, hablaba poco y observaba mucho. Una noche, mientras resolvíamos problemas de cálculo, me explicó con paciencia una demostración que yo no lograba cerrar. Su razonamiento era distinto al mío, más geométrico, casi visual. Allí comprendí que las diferencias no eran obstáculos, sino caminos alternativos hacia la misma verdad.
En las primeras semanas las distancias eran visibles. Algunos imponían su voz con seguridad limeña; otros preferían escuchar. Las comidas delataban nostalgias: el picante andino que nadie sabía preparar igual, el pescado que no tenía el sabor del puerto, los platos amazónicos imposibles de reproducir en el comedor universitario.
Pero poco a poco las fronteras invisibles comenzaron a diluirse.
El fútbol en las tardes era un idioma común. En la cancha no importaba el origen, sino el pase preciso y el gol oportuno. Allí aprendíamos coordinación sin necesidad de discursos. En las mesas de estudio ocurría algo similar: unos eran intuitivos; otros, metódicos. Las diferencias se convertían en complemento.
El comedor era quizá el espacio más democrático. Frente a un mismo plato, compartíamos historias familiares, sacrificios, carencias. Descubríamos que, aunque nuestras geografías fueran distintas, el esfuerzo tenía un idioma común.
La residencia era, sin que lo supiéramos, un laboratorio social. La sierra convivía con la costa y la selva; el castellano académico con el impregnado de lenguas originarias. Afuera, el país seguía marcado por desigualdades. Dentro de esos muros ensayábamos otra posibilidad.
Años después comprendí que aquella convivencia intercultural fue tan formativa como cualquier curso de física. Me enseñó que el conocimiento no florece en el aislamiento, sino en el diálogo. Que la ciencia necesita diversidad de miradas. Que un país solo avanza cuando sus diferencias dejan de ser fronteras.
La residencia universitaria no fue solo un techo.
Fue el primer lugar donde vi, en pequeño, el Perú que aún estaba por construirse.
Un chilico y dos altoandinos en la residencia
En la residencia conocí a Víctor Coronel. Había ingresado a la UNI en 1966 ocupando el primer puesto en el examen de admisión. Solíamos coincidir en el comedor universitario, donde ambos seguíamos una dieta especial por indicación médica. Teníamos el mismo inconveniente: los alimentos muy grasos nos hacían mal.
Una vez, mientras avanzábamos lentamente en la fila, le pregunté casi sin pensarlo:
—¿Cuáles son tus primeros recuerdos de niño?
Víctor guardó silencio unos segundos, como si escarbara en un álbum borroso.
—Recuerdo poco —dijo—. Algo de mi infancia en La Oroya, aunque muy vagamente. Viví allí hasta los dos o tres años. Caminábamos por calles empinadas, en lo que llamaban La Oroya Nueva. Mi abuela tenía un pequeño almacén. Luego nos mudamos a Chosica. Yo tendría unos cuatro años.
Avanzamos un paso más.
—¿Y la escuela?
—Fui a una escuelita particular. Me acuerdo de la profesora. Nos hacía pelar las arvejas de su almuerzo y, mientras lo hacíamos, nos enseñaba a contar.
Sonrió.
—Decía: “Esta arveja es una unidad”. La abría y mostraba las bolitas: “Estas son las subunidades”. Así aprendimos los números.
La imagen quedó suspendida entre nosotros.
—¿Y el colegio?
—Ahí empezó el ir y venir. Primero en San Martín de Porres, cuando era una invasión bien pobre. Luego pasé al Ricardo Bentín, en el Rímac. Me sacaron por mala conducta.
Lo dijo sin dramatismo.
—Después estudié en Chosica. Entré gracias a mi abuelo, que era presidente de la Asociación de Padres. Y más tarde fundaron el colegio José Granda, frente a la casa de mi madre. Allí terminé la secundaria. Para ingresar a la UNI me preparé en la ACUNI.
—Toda una travesía —comenté.
Me miró con interés.
—¿Y tú?
—Nací en Salpo, en la sierra de La Libertad —empecé—. Al año mis padres bajaron a Chimbote. Mis primeros recuerdos son de un desierto donde mi padre trabajaba como carpintero en la construcción de la Panamericana.
La fila avanzó.
—Luego invadimos un terreno en una loma al borde de la ciudad. Estudié primaria en el centro de Chimbote. A los ocho años mi abuelo me llevó de regreso a Salpo; quería educarme según la tradición de nuestra comunidad. A los once volví a Chimbote para estudiar en el Instituto Industrial. Después vine a Lima, al Politécnico José Pardo. Y de ahí, a la UNI.
Víctor terminó su porción de sandía y levantó la vista.
—Tenemos historias parecidas.
Asentí. Más allá de los detalles, compartíamos desplazamientos, carencias y una obstinación común por estudiar.
En ese momento se acercó Félix Escalante, otro residente, solidario y siempre dispuesto a ayudar. Jugábamos fulbito los sábados por la tarde.
—¿Y tú, Félix? ¿De dónde eres? —le pregunté.
—De Celendín, en Cajamarca.
—¿Ahí estudiaste?
—No. Estudié en el colegio Guadalupe.
Lo miré con interés.
—¿Ahí ingresaban por concurso los más aplicados del país?
—Sí. Postulaban chicos de toda la República. Los profesores eran intelectuales reconocidos.
La fila avanzó.
—¿Y tus padres?
—Mi padre era agricultor. Mi madre, ama de casa.
—Debías estar bien informado para postular al Guadalupe.
—Tenía dos tíos en Lima. Uno era oficial de la Fuerza Aérea y me recibió en su casa. El otro era médico. Ellos me apoyaron.
Sonrió con timidez.
—¿Y cómo decidiste venir a la UNI?
—Tenía primos aquí. En el colegio siempre se hablaba de la UNI como el lugar al que debían aspirar los que querían ser ingenieros.
—¿Dónde vivías?
—En el Callao, con mi tío. Después nos mudamos a Pueblo Libre.
Lo miré con cierta picardía.
—Tienes pinta de artista.
—¿Ah, sí?
—Un poco a Woody Allen.
Las risas rompieron la solemnidad de nuestras historias.
Éramos tres jóvenes de orígenes distintos —un “chilico” de la sierra central y dos altoandinos— que habíamos llegado a la capital con el mismo propósito: aprender lo suficiente para devolverle algo al país que nos había visto nacer.
En el comedor, entre platos sencillos y conversaciones largas, entendí que la residencia no solo nos daba techo. Nos daba espejo. Al escucharnos, cada uno comprendía mejor su propio camino.
La llave
Los profesores de la UNI en los años sesenta estaban dedicados por completo a sus alumnos. Entre ellos hubo uno que dejó una huella profunda en mi formación: el ingeniero Carlos Hernández Aquije. No era un hombre de discursos largos ni de gestos teatrales. Su autoridad provenía de la atención con que observaba a los estudiantes.
Un día, al terminar la clase, me llamó por mi apellido.
—Montoya, ¿dónde vive usted?
—En la residencia universitaria, profesor.
—¿Y sus padres?
—En Chimbote.
Asintió levemente, como si estuviera completando un mapa interior.
—Siempre lo veo buscando libros.
—Me gusta leer —respondí—. No solo física o matemáticas. También otras cosas.
—Eso lo noté —dijo—. El otro día lo vi con un libro en inglés.
—Es de antropología. Lo encontré en una librería por el Óvalo Gutiérrez.
Le brillaron los ojos con una curiosidad inesperada.
—¿De qué trata?
—Relata la visita de unos antropólogos a los esquimales.
—¿Y qué encontraron?
Pensé unos segundos antes de responder.
—Plantean una cadena de preguntas. Primero: ¿de qué se alimentan?
—¿Y qué responden?
—De peces.
—¿Y cuándo vienen los peces?
—Cuando vienen los osos.
El profesor sonrió.
—¿Y cuándo vienen los osos?
—Cuando viene el viento.
—¿Y cuándo viene el viento?
—Cuando lo decide, porque el Viento es Dios.
Quedó en silencio unos instantes. No era un silencio vacío; era de reflexión.
—Interesante —dijo finalmente—. Nosotros aquí todavía estamos en las primeras preguntas.
Me miró con una expresión distinta, menos formal.
—Si le parece, puedo darle un duplicado de la llave de mi oficina. Los sábados y domingos puede estudiar allí. Hay algunos libros que quizá le interesen.
Por un momento no supe qué decir.
—Se lo agradezco mucho, profesor.
—Cuídelos —añadió—. Y cuídese usted también.
Esa tarde recibí la llave.
No era solo metal. Era confianza.
Los fines de semana, cuando el campus quedaba casi vacío, abría la puerta de su oficina y entraba en silencio. Los estantes estaban llenos de textos de física, matemáticas, historia de la ciencia, filosofía. Algunos tenían anotaciones en los márgenes, subrayados minuciosos. Allí comprendí que un profesor no es solo quien dicta clase; es quien comparte su biblioteca, su tiempo y, sobre todo, su fe en que uno puede ir más lejos.
No recuerdo todas las ecuaciones que aprendí ese año.
Pero sí recuerdo el sonido de esa llave girando en la cerradura.
Más allá de las ecuaciones
En la oficina del profesor Carlos Hernández Aquije encontré algo que no esperaba. No solo había tratados de física y manuales técnicos cuidadosamente ordenados. En los estantes convivían textos de sociología, de antropología, de historia, incluso ensayos filosóficos. Aquella biblioteca no obedecía a compartimentos rígidos. Parecía construida por alguien que no creía en fronteras estrictas entre disciplinas.
Comencé a hojearlos por curiosidad. Luego por interés. Después por necesidad.
Mientras leía, se superponían escenas de mi propia vida: Salpo y sus silencios andinos; los arenales de Chimbote; el barrio Bolívar; los talleres de la Planta Siderúrgica con su olor a metal caliente; la disciplina casi marcial del Politécnico José Pardo. Había transitado por mundos distintos, pero hasta entonces los había vivido sin analizarlos. Los conocía por experiencia, no por reflexión.
Los libros me ofrecían un lenguaje para nombrar aquello que había visto desde niño.
Hasta ese momento mi atención había estado concentrada en las ciencias físicas. Las matemáticas me fascinaban por su poder de ordenar el caos aparente del universo. Sin embargo, no todas sus ramas me producían el mismo entusiasmo. Algunas se enseñaban como si existieran en una atmósfera aislada, suspendidas sobre el mundo, impecables y autosuficientes. Eran construcciones brillantes, pero sin tierra bajo los pies.
En contraste, los textos de ciencias sociales parecían devolverme al suelo. Hablaban de desigualdad, de estructuras de poder, de culturas invisibilizadas, de migraciones, de conflictos. No eran ajenos a mi historia. Al contrario: iluminaban lo que había vivido sin comprender del todo.
Comprendí que no basta con haber atravesado una realidad para entenderla.
Aquel pequeño despacho se convirtió en una especie de observatorio doble. Por un lado, la física me enseñaba a medir, a cuantificar, a describir el movimiento de los cuerpos. Por otro, la sociología y la antropología me invitaban a mirar el movimiento de las sociedades, las fuerzas invisibles que empujan a las personas a migrar, a estudiar, a resistir.
Empecé a intuir que el conocimiento no debía fragmentarse. Que la precisión matemática podía convivir con la conciencia histórica. Que el rigor no estaba reñido con la sensibilidad social.
No abandoné la física. Al contrario: la elegí con más claridad. Pero ya no la veía como una torre aislada, sino como parte de un entramado mayor.
En ese despacho silencioso entendí algo que me acompañaría siempre: medir el mundo es necesario, pero comprenderlo exige algo más que números.
El desafío de Mecánica
El primer año en la Facultad de Ciencias superó mis expectativas. Las notas fueron altas, pero más que satisfacción sentí algo distinto: el gusto por aprender cosas nuevas. Descubrí que estudiar no era solo cumplir con un programa, sino entrar en territorios desconocidos y regresar de ellos con la mente transformada.
Cuando llegó diciembre, el doctor Víctor Latorre me pidió que pasara por su oficina.
La secretaria me condujo hasta el pabellón central. El edificio tenía techos altos y corredores que resonaban levemente al caminar. Había en ese espacio una gravedad antigua, como si las generaciones anteriores todavía susurraran entre los muros.
Entré.
Sobre el escritorio del profesor se acumulaban libros abiertos, hojas con ecuaciones inconclusas, trazos de tiza aún frescos en un pequeño pizarrón lateral. Nada parecía improvisado, aunque todo estuviera en aparente desorden. Era el tipo de caos que nace del trabajo constante.
—Siéntese, Montoya —dijo.
Tomé asiento.
—¿Qué planes tiene para las vacaciones?
—Viajar a Chimbote, profesor —respondí—. Ver a mis padres… jugar fútbol… nadar en la playa.
No mencioné a Nora, aunque su imagen cruzó mi pensamiento como una ráfaga silenciosa.
El profesor me observó con atención. No era una mirada inquisitiva, sino evaluadora.
—¿Con algún propósito académico? —preguntó.
Negué con la cabeza.
Hubo un breve silencio.
—La Facultad quiere ofrecerle algo —dijo finalmente—. Durante las vacaciones se dictará un curso especial de Mecánica I. Es un curso de tercer año. Está pensado para profesores universitarios que vienen de provincias. Creemos que usted podría llevarlo.
Sentí una tensión inmediata. Mecánica I. Tercer año. Profesores.
No era una sugerencia ligera. Era una apuesta.
—Sería una oportunidad para adelantar cursos —añadió—. Pero sobre todo, para medir su capacidad de trabajo.
Comprendí entonces que aquello no era un premio, sino una prueba.
El verano, el mar, el descanso, todo se desplazó a un segundo plano. Frente a mí estaba la posibilidad de acelerar el paso, de entrar antes de tiempo en un terreno más exigente.
—Acepto, profesor —respondí.
No hubo efusividad en su rostro. Solo un leve asentimiento.
—Muy bien. Prepárese. La mecánica no perdona distracciones.
Salí de la oficina con una mezcla de entusiasmo y responsabilidad. Aquel gesto del doctor Latorre significaba algo más que confianza: era una forma de decirme que esperaba más de mí que del promedio.
Lo viví como dirección.
El verano que no fue
Regresé a Chimbote solo para explicar que ese verano no sería como los anteriores. El fútbol y la playa quedarían en suspenso. Había elegido otra cosa.
Mis padres escucharon en silencio. La tristeza se dibujó en sus rostros, pero no hubo reproche.
—Sigue el camino que te lleve a un futuro mejor —dijo mi padre—. Así lo hicimos nosotros cuando salimos de Salpo.
—Gracias, papá. Tu apoyo me da fuerzas.
Mi madre sonrió con una mezcla de orgullo y nostalgia.
—Desde pequeño preferías leer o experimentar en el taller antes que ir a jugar a la calle.
—Me divertía lo que hacía, mamá.
Mi padre rió.
—Aunque a veces arruinabas mis materiales con tus inventos.
Reímos los tres. Pero lo difícil aún estaba por venir.
Invité a Nora a caminar por el malecón, cerca del Hotel de Turistas. La playa estaba llena de jóvenes que se lanzaban al mar entre risas. Las olas invadían la arena y el verano parecía prometer ligereza. A nuestro alrededor todo era movimiento; entre nosotros, en cambio, había una tensión inmóvil.
Le expliqué que debía quedarme en Lima para llevar un curso avanzado. Que era una oportunidad. Que no podía desaprovecharla.
Guardó silencio unos segundos.
—Siento que no me quieres lo suficiente como para pasar las vacaciones conmigo.
No levantó la voz. Eso dolió más.
—No es eso —respondí—. Es una oportunidad que puede cambiar mi camino.
—Mi madre ya me dijo que no hay forma de que vaya a Lima —añadió—. Tengo que quedarme a ayudar en la casa, cuidar a mis hermanos.
En ese instante comprendí algo que hasta entonces no había pensado con claridad. Yo podía postergar el verano para estudiar. Ella ni siquiera podía imaginar salir. Las puertas no estaban abiertas para ambos por igual.
—Mi decisión ya está tomada —dije con firmeza—. Tengo que concentrarme en los estudios.
Dudé antes de agregar:
—Si tuvieras dieciocho años, nos iríamos juntos.
Pero las palabras ya no bastaban.
Al despedirnos sentí un desgarro silencioso. No hubo escena dramática. Solo una distancia que empezó a crecer sin que ninguno supiera cómo detenerla.
Regresé a Lima con el ánimo herido, pero decidido.
Mecánica y números
El curso de Mecánica fue exigente. No era la física intuitiva del primer año; era la arquitectura matemática del movimiento. Allí aprendí herramientas capaces de describir el desplazamiento de un planeta o la caída de una piedra con el mismo rigor.
Estudié con intensidad, casi con obstinación. El dolor personal se transformó en concentración.
Al final obtuve diecisiete.
El primer semestre de 1968 consolidó esa dedicación. Me sentía cada vez más cómodo en el ambiente de la Facultad de Ciencias, más integrado a un mundo donde las conversaciones giraban en torno a problemas por resolver, ecuaciones por demostrar, conceptos por afinar.
En Análisis Matemático obtuve diecinueve.
Las matemáticas me daban algo que pocas cosas ofrecían: claridad. Después de horas de concentración, cuando un teorema finalmente se dejaba entender, experimentaba una alegría limpia, casi física. Era un placer distinto al del juego o la playa. Era una seguridad interior que no dependía de nadie más.
Sentía que había encontrado un territorio donde mi esfuerzo tenía respuesta inmediata.
Pero esa concentración comenzó a verse interrumpida por acontecimientos que iban más allá de las aulas.
El ambiente universitario empezaba a cambiar.
Y el país también.
El amanecer del 3 de octubre
En 1968, la UNI no era solo un centro de estudios. Era un hervidero de debates. En sus patios se cruzaban ideas importadas, consignas revolucionarias, críticas al imperialismo, defensas de la democracia liberal. Las aulas no estaban aisladas del país; lo reflejaban.
En agosto, la tensión se disparó con la noticia de la desaparición de la llamada “página 11” del contrato entre el Estado peruano y la International Petroleum Company, que explotaba los pozos de Talara. La prensa hablaba de irregularidades. Los pasillos hablaban de traición.
Un compañero se me acercó un día, agitado.
—Se convoca a asamblea general. Esto es grave.
Desde distintos puntos del campus, dirigentes estudiantiles recorrían los pabellones con altavoces improvisados.
—El gobierno ha entregado el petróleo —decían—. ¡Es una vergüenza nacional!
—¿Tienen pruebas? —pregunté a uno de ellos.
—Falta una página del contrato. Todo está en los diarios. Además, el Congreso bloquea al Ejecutivo. Hay corrupción, parálisis. El país está detenido.
Las reuniones se multiplicaron. Se hablaba de tomas de tierras en el sur, de movimientos militares, de desgobierno. El ambiente se volvió denso.
Comencé a sentir que la política se filtraba en mi concentración. Me sentaba frente a un problema de análisis matemático y la mente se desviaba hacia lo que ocurría fuera del aula. El país parecía reclamar atención con una fuerza que no admitía distracciones.
El amanecer del 3 de octubre de 1968 llegó con brusquedad.
Carlos, mi compañero de habitación, me sacudió.
—¡Carajo! Estamos rodeados.
Me levanté y corrí a la ventana. La avenida Túpac Amaru estaba custodiada por un cordón de policías. La UNI, silenciosa, parecía sitiada. No había gritos ni disturbios. Solo una vigilancia tensa, preventiva.
Encendí el pequeño radio que tenía sobre el escritorio.
La voz que emergió era grave, firme, sin titubeos: el general Juan Velasco Alvarado anunciaba que las Fuerzas Armadas habían asumido el control del Estado para restablecer la soberanía nacional y poner fin a la crisis.
—Es un golpe de Estado —dijo Carlos.
La palabra quedó suspendida en el cuarto.
—¿Y qué tiene que ver la universidad? —pregunté.
—Temen movilizaciones. La UNI siempre es foco de protesta.
Salimos del campus. Nadie nos detuvo. Caminamos hacia el centro de Lima, como si necesitáramos comprobar que lo escuchado era real.
En la Plaza de Armas todo parecía normal. Los transeúntes caminaban sin prisa. No había multitudes indignadas ni celebraciones masivas. Solo una camioneta con la bandera peruana flameando en la tolva recorría lentamente las calles.
—La apatía es peligrosa —dijo Carlos—. La democracia no está arraigada.
—O tal vez la gente está cansada —respondí—. Cansada del enfrentamiento entre el gobierno y el Congreso.
Mientras regresábamos, comprendí algo que no estaba en los libros de física.
La estabilidad institucional no es una constante universal. Es una construcción frágil.
El país había cambiado de rumbo en una madrugada silenciosa. Sin disparos visibles, sin barricadas, sin estruendo. Bastó una voz en la radio.
Y algo cambió también en mí.
Hasta entonces había visto el estudio como un proyecto estrictamente personal. A partir de ese día entendí que el conocimiento no se desarrolla en el vacío. Está atravesado por decisiones políticas, por modelos de país, por luchas de poder.
La física seguía siendo mi vocación.
Pero ya no era solo una pasión individual.
Era también una forma de prepararme para entender —y algún día influir— en el rumbo de una nación que podía girar de dirección mientras uno dormía.
Campus cercado
La universidad —ese espacio consagrado al conocimiento y al debate— no quedó al margen de las convulsiones que sacudían al país. Poco después del golpe, los militares ocuparon el pabellón central de la UNI. Allí instalaron un puesto de control permanente. Desde sus ventanas vigilaban el comedor universitario y el local de los estudiantes.
El campus empezó a sentirse cercado.
No había enfrentamientos abiertos, pero sí una presencia constante. Uniformes, miradas atentas, pasos firmes sobre los corredores donde antes solo se escuchaban discusiones académicas.
Carlos, mi compañero de habitación y activista convencido, se lanzó a recorrer la residencia.
—Hay que saber qué piensa la gente —decía.
Iba y venía, recogiendo opiniones, escuchando murmullos, midiendo el ánimo colectivo.
Una noche regresó con gesto concentrado.
—Los estudiantes están divididos —me dijo—. Muchos apoyan el golpe. Dicen que por fin alguien enfrentó a la IPC. Hablan de soberanía, de recuperar Talara, de justicia social.
Se sentó en la cama y añadió:
—También mencionan la reforma agraria. Dicen que los hacendados trataron como siervos feudales a los campesinos que trabajaban tierras que habían sido de sus propios ancestros.
Lo escuché en silencio.
—Puede que haya abusos —respondí finalmente—. Pero los militares no están formados para conducir el desarrollo del país. El Perú necesita instituciones sólidas, científicos, ingenieros, educación. No fusiles. No veo un proyecto claro. Veo improvisación.
Carlos negó con la cabeza.
—No todo es técnica, Modesto. Hace falta voluntad política. El país estaba paralizado. El Congreso bloqueaba al Ejecutivo. La gente estaba cansada.
El comedor se convirtió en foro permanente. En cada mesa se discutía. Algunos hablaban de revolución nacional; otros, de dictadura. Se citaban discursos de Velasco, se analizaban titulares de prensa, se comparaban procesos extranjeros.
Las clases comenzaron a suspenderse intermitentemente. Lo que antes era ritmo académico constante se volvió incertidumbre. Las ecuaciones quedaron desplazadas por consignas. Los pizarrones, por asambleas.
Sentí que el suelo intelectual se movía.
Por momentos dudé. ¿Era legítimo concentrarse en la física mientras el país atravesaba una transformación profunda? ¿No era evasión refugiarse en las matemáticas cuando el entorno exigía definición?
Pero también intuía algo distinto.
Si el país iba a transformarse, necesitaría conocimiento. Necesitaría gente preparada cuando el fervor se disipara y hubiera que construir.
Mientras el campus ardía en debates, reafirmé mi decisión de estudiar con más rigor. No como gesto de indiferencia, sino como preparación.
La política encendía el presente.
La ciencia exigía paciencia para el futuro.
Elena en el campus
Con las clases suspendidas, el ritmo académico se aflojó. De pronto había tiempo. Tiempo para caminar sin apuro, para detenerse en conversaciones largas, para escuchar debates que antes me parecían ruido de fondo.
Los pasillos ya no estaban dominados por ecuaciones y horarios, sino por discusiones políticas interminables, llenas de citas a pensadores extranjeros que muchos repetían con fervor casi litúrgico. Yo escuchaba, participaba a veces, pero no terminaba de sentirme parte de ese fervor.
La UNI empezó también a recibir visitantes. Jóvenes de otros centros educativos llegaban por curiosidad. Nos miraban como si fuéramos una especie aparte: estudiantes absorbidos por números, ajenos al mundo de fiestas y distracciones. La fama de “unidimensionales” nos precedía.
Una tarde de octubre de 1968, mientras caminaba del pabellón central hacia la residencia, vi a un grupo de chicas con uniforme escolar avanzando con cautela por el campus. Miraban los edificios como quien recorre un territorio desconocido.
Una de ellas se me acercó.
—Disculpa, ¿cómo llegamos a la Facultad de Ingeniería Civil?
Le indiqué el camino y, casi sin pensarlo, me ofrecí a acompañarlas.
Mientras avanzábamos, fui señalando los edificios.
—Ahí está Arquitectura… más allá Ciencias… ese es el pabellón central…
Ellas escuchaban con atención. Compraron algunos libros en el kiosco cercano: solucionarios, textos de preparación. Se notaba que no estaban allí solo por curiosidad.
Cuando el grupo empezó a dispersarse, la misma chica se quedó un poco más cerca.
—¿De dónde eres? —preguntó.
—De Chimbote. Vivo en la residencia universitaria.
—Yo soy de Huánuco —respondió—. Estoy en un internado aquí en Lima. Ya termino la secundaria.
Hizo una breve pausa.
—Quiero postular a la UNI. Pero dicen que es muy difícil.
—Es exigente —dije—, pero no imposible. Depende de cuánto te prepares.
—¿Dónde recomiendas?
—En el Instituto Matemático Superior, en la Colmena.
Sus ojos se iluminaron.
—Sí, lo conozco.
Hubo un instante de silencio cómodo.
—¿Y qué otros lugares interesantes hay por aquí? —preguntó.
Miré alrededor. El campus estaba inusualmente tranquilo.
—Hay muchos.
—¿Tienes un momento para mostrarnos?
Asentí.
Recorrimos la residencia. Desde el comedor se escapaban las notas de Fausto Papetti, anuncio inequívoco de que se acercaba la hora del almuerzo. Pasamos por Arquitectura; se detuvieron frente a unas maquetas expuestas en el hall. Observaban con atención genuina.
Yo las veía mirar.
El campus, que para mí era rutina, volvía a ser novedad a través de sus ojos.
Al final saqué un papel y anoté el número telefónico de la residencia.
—Si quieres conocer más de la UNI, puedes llamar.
Ella tomó el papel.
—Quién sabe —dijo sonriendo—. Tal vez el próximo año sea cachimba aquí.
Antes de irse anotó también el número del internado donde vivía.
Las vi alejarse por los senderos, riendo entre ellas, hasta perderse entre los árboles.
Por primera vez en mucho tiempo, el campus no me pareció un espacio cercado ni convulsionado. Fue simplemente un lugar donde los caminos podían cruzarse sin aviso.
Y el mío acababa de cruzarse con el de Elena.
Primera cita
Una noche, ya en la residencia, recordé el papel donde Elena había anotado el número del internado. Lo tuve varios días dentro de un libro de cálculo diferencial, como si necesitara tiempo para decidir.
Lo saqué.
Dudé unos segundos.
Luego marqué.
—Buenas noches —respondió una voz femenina y formal—. ¿Con quién desea hablar?
—Con la señorita Elena Marín, por favor.
Escuché entonces cómo su nombre era anunciado por los altoparlantes del internado. La voz metálica repitió: “Elena Marín, llamada telefónica”. Me sorprendió la semejanza con los anuncios en la residencia de la UNI. Pensé que, mientras el país discutía soberanía y reformas, otras historias empezaban en silencio.
El auricular crujió levemente.
—¿Aló?
—Hola, Elena… Soy Modesto, de la UNI.
—¡Qué sorpresa! —respondió—. Pensé que no llamarías.
—Y yo temí no encontrarte.
Hubo un breve silencio. No era incómodo. Era expectante.
—¿Qué haces mañana por la tarde? —pregunté.
—Dentro de una hora salgo libre para visitar a mi familia —dijo—. Pero mañana estoy libre desde las seis.
—¿Te parece si paseamos por el centro de Lima?
—Claro. ¿Dónde?
—En la plaza Francia.
—Perfecto. A las seis.
Llegué puntual, como era mi costumbre. El cielo empezaba a teñirse de un gris violeta. La plaza tenía esa mezcla de solemnidad republicana y bullicio cotidiano. Elena apareció pocos minutos después, caminando con paso decidido, uniforme cambiado por un vestido sencillo que la hacía parecer distinta, menos colegiala y más dueña de su tiempo.
Sonrió al verme.
Caminamos por el jirón de la Unión, entre vitrinas y transeúntes apurados. Lima centro tenía un aire contradictorio: edificios antiguos, cafés llenos, conversaciones políticas en cada esquina. La ciudad parecía tranquila, pero bajo esa calma vibraba algo nuevo, incierto.
Entramos a un pequeño restaurante en la calle Quilca. Hablamos de sus clases, de mi curso de Mecánica, del examen de admisión que ella planeaba enfrentar. No había promesas, solo curiosidad compartida.
Luego fuimos al cine Colmena.
Proyectaban La batalla de Argel.
La sala estaba en silencio, tenso. Las escenas de insurgencia y represión parecían dialogar con lo que acabábamos de vivir en el país. Noté que Elena observaba con atención, sin distraerse. Yo, que había pasado semanas escuchando debates políticos en la UNI, sentí que la pantalla amplificaba las preguntas que aún no terminaba de ordenar.
Al salir, la noche limeña tenía un aire más frío.
Seguimos caminando sin rumbo fijo. Hablamos menos. No hacía falta llenar cada espacio con palabras.
Por primera vez desde el golpe, el centro de Lima no me pareció un escenario político ni un territorio extraño. Lo recorría acompañado. No como provinciano recién llegado, ni como estudiante obsesionado por las notas, sino como alguien que empezaba a habitar la ciudad desde otro ángulo.
Al despedirnos, no hubo declaraciones ni gestos grandilocuentes. Solo la sensación de que algo había comenzado sin pedir permiso.
Mientras regresaba a la residencia pensé que la vida no avanza en una sola dirección. Incluso en medio de crisis nacionales y ecuaciones difíciles, existen desvíos inesperados.
Y algunos de ellos merecen ser seguidos.
Los Átomos
La presencia policial en el campus se volvió habitual. Uniformes en el pabellón central, miradas que se prolongaban demasiado, rumores que corrían más rápido que las noticias. La residencia universitaria ya no me parecía un lugar seguro.
Decidí alquilar una habitación fuera del campus, en la primera cuadra de la avenida Eduardo de Habich, justo frente a la UNI, en la urbanización Ingeniería.
Cuando se lo comenté a Carlos, frunció el ceño.
—Esa zona está sembrada de policías.
—No tengo nada que temer —respondí—. No estoy en ninguna conspiración.
Y añadí, casi en voz baja:
—A mí solo me interesa la ciencia.
Lo creía sinceramente. La veía como la herramienta más sólida para transformar la realidad. No sabía entonces cuán difícil sería sostener esa convicción en un país que acababa de cambiar de rumbo por la fuerza.
El golpe había roto mi burbuja. Hasta entonces había vivido sumergido en ecuaciones, como si el mundo pudiera explicarse con ellas. Afuera, sin embargo, la vida seguía otros ritmos. Los jóvenes organizaban fiestas, salían, reían. Cosas que desde mis libros parecían triviales, pero que afirmaban algo elemental: estar vivos.
En la urbanización Ingeniería conocí a un grupo heterogéneo de muchachos que no eran universitarios. Algunos trabajaban, otros estudiaban en institutos, otros simplemente buscaban su lugar. Con ellos fundamos un club de fútbol. Lo llamamos Los Átomos. El nombre nos hacía reír, pero nos gustaba. Éramos partículas distintas compartiendo un mismo campo.
Cada domingo, antes del amanecer, me despertaba el silbido de Elmer desde la calle.
—¡Es tarde! ¡Nos esperan en la cancha!
—¡Bajo! —respondía, todavía medio dormido.
Entrábamos al campus cuando el cielo apenas clareaba. Cruzábamos la avenida mientras la universidad despertaba lentamente. En la cancha nos aguardaba el equipo rival. Ese día jugábamos contra Piñonate.
—Son bravos —decía Elmer, ajustándose los chimpunes.
El ambiente era ligero. Risas, bromas, camisetas lanzadas al aire. A pocos metros, sin embargo, frente al pabellón central, un grupo de estudiantes discutía con gestos tensos. Dos mundos coexistían en el mismo espacio: la confrontación ideológica y el juego.
Un dirigente estudiantil se me acercó en una de esas mañanas.
—El gobierno quiere atacar a la UNI —susurró—. Recortar presupuestos, intervenir la autonomía.
—¿Por qué harían eso? —pregunté—. Sin ciencia nos condenan al atraso.
—No les interesa la ciencia —respondió—. Les interesa el control.
Elmer escuchaba, pero miraba de reojo hacia la cancha.
—Vamos —dijo—. El partido empieza.
Mientras caminábamos, retomó el tema.
—En el barrio dicen que los Sinchis están rondando. Que buscan información sobre estudiantes de la UNI que viven por aquí.
Hizo una pausa.
—Algunos se han metido en el barrio, hasta han hecho pareja con chicas para enterarse de lo que se habla.
No supe qué responder. El comentario quedó suspendido, incómodo, mientras el golpe seco del balón anunciaba que el partido había comenzado.
En ese breve trayecto —de la habitación alquilada a la cancha, del rumor a la risa— entendí que la universidad ya no era un mundo cerrado. La vigilancia y el juego, la sospecha y la camaradería, convivían en el mismo espacio.
Yo también estaba aprendiendo a convivir con esa dualidad.
La física seguía siendo mi centro de gravedad. Pero la vida, como un campo de fuerzas invisibles, insistía en desviarme hacia otras trayectorias.
Y yo empezaba a comprender que ninguna órbita es perfectamente aislada.
Un alumno de otro mundo
Dieter parecía vivir ligeramente desplazado del tiempo y del lugar que habitaba. Observaba los experimentos como si fueran metáforas del mundo. Hablaba con serenidad, sin necesidad de imponerse.
Una tarde, mientras ordenábamos cables y equipos, me dijo:
—Las diferencias entre las personas están en la inteligencia… y en los fines para los que se usa.
No hablaba con arrogancia, sino con responsabilidad.
—Los más inteligentes deberían asumir mayor compromiso con la sociedad. No basta con saber. Hay que orientar ese saber.
Su pensamiento a veces resultaba inquietante.
—Eso suena algo darwiniano —le dije una vez.
—La inteligencia no pertenece a una raza —respondió con calma—. Está distribuida en todos los pueblos. Lo decisivo es cómo se emplea.
Su enseñanza también rompía esquemas. Un día, después de un examen práctico, nos dijo:
—Pónganse ustedes mismos la nota que creen merecer. Evalúen su trabajo con honestidad.
El laboratorio quedó en silencio.
Al día siguiente lo vi distinto.
—El que menos respondió se puso la nota más alta —me dijo, con tristeza—. Pensé que confiar produciría responsabilidad.
No era enojo lo que sentía, sino decepción. Como si una hipótesis sobre la honestidad humana hubiera sido refutada.
Dieter creía en la colaboración como principio. No era discurso; era práctica. Una mañana reunió a profesores y alumnos en el patio.
—No hay dinero —dijo—. Pero hay manos. Y cuando hay manos, hay soluciones.
Propuso construir una piscina entre todos.
Nadie respondió.
El patio volvió a su rutina.
Esa mezcla de idealismo y acción lo acompañaba siempre. Construyó un velero con amigos. Me lo mostró con orgullo sobrio.
—No es perfecto —dijo—. Pero flota.
Para él, creer era comenzar.
Con el tiempo, sin embargo, su optimismo empezó a chocar con resistencias constantes. No comprendía por qué la gente insistía en repetir errores, por qué el miedo paralizaba la iniciativa.
—Si uno se equivoca, corrige —decía—. Es simple.
Pero el mundo no siempre funciona con esa lógica.
Su tensión fue creciendo. No era rabia. Era desgaste. La brecha entre lo que imaginaba posible y lo que veía realizarse se hizo cada vez más dolorosa.
Un día, su vida terminó de manera trágica.
La noticia nos golpeó con incredulidad. Nadie esperaba que aquella mente inquieta y generosa se quebrara así.
Con Dieter comprendí algo que no estaba en los manuales de física: la razón es poderosa, pero no basta para sostener el peso del mundo. El idealismo necesita también comunidad, contención, diálogo. Cuando un pensamiento se aísla, puede volverse insoportable incluso para quien lo sostiene.
Su ausencia dejó un vacío en el laboratorio. Y también una pregunta que me acompañaría mucho tiempo: cómo mantener la lucidez sin perder el equilibrio.
La visita
Desde el golpe militar uno había aprendido a vivir entre horarios inciertos y debates que parecían no agotarse nunca. Los viernes, sin embargo, tenían otro ritmo. Llamaba a Elena y salíamos al cine o a caminar por el centro de Lima. En esos recorridos, lejos del campus y de sus discusiones interminables, la ciudad parecía más humana.
Ella me hablaba de Huánuco, de la serenidad de su infancia, del silencio de las montañas, del desconcierto que sintió al llegar a Lima. Yo la escuchaba reconociendo algo propio en su relato: esa mezcla de ambición y desarraigo que acompaña a quien deja su tierra para estudiar.
Una noche fuimos al cine Le Paris. Proyectaban Belle de Jour. La película nos dejó en silencio, cada uno con sus propias preguntas. Al salir, el aire nocturno parecía más fresco que de costumbre.
Caminábamos por el centro cuando sentí que debía dar un paso más.
Saqué un papel y anoté mi dirección en la avenida Habich.
—Por una vez —le dije—, te toca conocer mi entorno. La urbanización Ingeniería es más tranquila que el centro.
Sonreí, intentando quitarle solemnidad.
—Eso sí… no hay cine.
Elena me miró unos segundos, evaluando la invitación sin dramatismo.
—Entonces me vienes a buscar a la plaza Francia, como siempre.
Su respuesta fue sencilla, pero implicaba confianza. En aquellos años, una visita así no era un gesto ligero. Llevaba consigo expectativas silenciosas y riesgos emocionales.
Durante la semana pensé más de lo habitual en la cita.
El día señalado llegué puntual. Elena apareció con una falda celeste y una chaqueta azul oscuro. Ese detalle, tan simple, quedó grabado en mi memoria con una nitidez inesperada.
Tomamos un taxi hacia la urbanización Ingeniería. Hablamos poco durante el trayecto. No hacía falta llenar el espacio con palabras.
Al llegar, sentí una tensión nueva, difícil de nombrar. No era miedo ni duda. Era conciencia del momento.
Subimos al segundo piso. Mi habitación nos esperaba con su austeridad habitual: la cama estrecha, el escritorio con libros abiertos, una silla de madera junto a la ventana.
Por un instante, vi el cuarto como si fuera ajeno. Como si lo observara desde afuera.
—Es sencillo —dije.
—Es tuyo —respondió ella.
El umbral
Cuando Elena cruzó por primera vez el umbral de mi habitación estudiantil, algo cambió de sitio en mí. Hasta entonces, aquel espacio había sido territorio exclusivo del estudio: cuadernos abiertos, ecuaciones en borradores infinitos, el retrato de Einstein en una página arrancada de revista, como único testigo silencioso. Su presencia alteró ese equilibrio frágil entre la soledad y la física.
Le ofrecí la única silla disponible. Ella apoyó las manos en el respaldo y me observó con una leve inclinación de cabeza.
—Toma asiento —dije, con más formalidad de la necesaria.
Yo me quedé en el borde de la cama de una plaza, consciente de lo estrecho del cuarto, de la cercanía obligada, de mi propia torpeza.
El silencio se instaló con una densidad nueva. No era el silencio del estudio, sino otro, cargado de expectativa.
Fue ella quien lo rompió.
—¿Puedo sentarme a tu lado?
Asentí.
Se acercó sin prisa y se sentó junto a mí. La distancia se redujo a una franja mínima de aire tibio. Sentí un estremecimiento que no sabía cómo disimular.
—Pareces atrapado en el mundo atómico —susurró.
La frase me hizo sonreír.
—Tal vez estoy entrando en un campo donde la interacción es inevitable —respondí.
Ella no apartó la mirada. Tomó mi mano con naturalidad, como si ese gesto hubiese estado pendiente desde hacía semanas.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
La sinceridad me sorprendió.
—Un poco. De que esto sea demasiado real.
—Déjate llevar —dijo con suavidad—. No todo tiene que entenderse antes de vivirse.
La luz que entraba desde la avenida dibujaba su perfil. Sus movimientos eran pausados, sin dramatismo. Cada gesto parecía medir un tiempo distinto al de los relojes.
Yo estaba acostumbrado a variables controladas, a condiciones bien definidas. Allí no había modelo previo.
—Estás temblando —murmuró.
—No sé cómo nombrar esta variable —respondí, intentando mantener el humor.
Sonrió.
Cuando la abracé, sentí que el mundo exterior —la política, los rumores, las ecuaciones pendientes— quedaba suspendido. No desaparecía, pero se alejaba.
—Estamos cruzando algo —dijo en voz baja.
—Sí.
No añadimos más.
No era necesario.
Cuando todo se aquietó, permanecimos en silencio. No había urgencia por hablar, ni por explicar. El cuarto, que siempre había sido escenario de cálculos solitarios, ahora guardaba otra forma de memoria.
—No quiero que esto se pierda —dijo finalmente.
—No se pierde lo que transforma —respondí.
Y comprendí que había zonas de la vida que no se demostraban: se habitaban.
La primera noche acompañado
El sol se fue apagando lentamente. La luz que entraba por la ventana perdió intensidad hasta volverse apenas un reflejo azul. Afuera, las luminarias de la avenida comenzaron a encenderse una tras otra. El mundo seguía su curso con naturalidad, mientras nosotros permanecíamos en silencio, con las manos aún entrelazadas.
Elena se incorporó despacio y me miró con esa mezcla de decisión y suavidad que ya le conocía.
—¿Salimos a caminar?
—Como si nada hubiera cambiado… y como si todo hubiera cambiado —respondí.
Caminamos hasta la esquina de la avenida Habich. Frente a nosotros se alzaba la UNI, imponente y silenciosa. La observé un instante.
—Verla desde aquí me da fuerza —dije.
—Entonces que nos acompañe —respondió ella—, pero que no nos vigile.
Cenamos algo ligero en un restaurante cercano. Luego entramos en los parques de la urbanización Ingeniería. Las luces amarillas dibujaban sombras largas sobre el césped húmedo. La noche parecía haberse vuelto más amplia, más lenta.
—Habla despacio —susurró—. Esta noche no tolera ruidos bruscos.
—Ni palabras innecesarias —añadí.
Conversábamos en voz baja, como si cada frase necesitara encontrar su lugar exacto. No había apuro. Solo la conciencia de estar viviendo algo nuevo.
Cerca de las nueve le pregunté, por costumbre más que por convicción:
—¿Te acompaño de regreso? Ya es tarde.
Me miró con una chispa serena.
—¿Quieres que me vaya? Sabes que los viernes puedo quedarme fuera. No es obligatorio regresar al internado.
Entendí entonces lo que su silencio había estado diciendo desde hacía rato.
—No quiero que te vayas —respondí.
Volvimos a la habitación sin dramatismo. No fue una decisión abrupta, sino la prolongación natural de lo que ya había comenzado.
Esa noche Elena se quedó conmigo.
No hubo estridencias ni promesas exageradas. Solo la certeza tranquila de no estar solo. Por primera vez, la habitación dejó de ser un espacio exclusivamente dedicado al estudio. La cama estrecha, el escritorio con libros abiertos, la ventana que daba a la avenida: todo adquirió otra dimensión.
La madrugada nos encontró despiertos, conversando a medias, compartiendo silencios completos. Sentí algo que no había sentido antes: no euforia, sino plenitud contenida.
En algún momento comprendí que esa había sido mi primera noche acompañado.
No era un hecho menor. Era un umbral.
Las semanas siguientes fueron luminosas, como si ambos intuyéramos que el tiempo estaba contado. Cuando regresó a Huánuco para terminar el año escolar, la ciudad se volvió más áspera. La Navidad y el Año Nuevo pasaron casi sin tocarme.
Lima, sin Elena, recuperó su ruido habitual.
Pero ya no era la misma para mí.
El viaje y la noticia
El 5 de enero de 1969, cuando el sol comenzaba a ocultarse, partí hacia la agencia de transportes León de Huánuco, en La Victoria. Sentí que no viajaba solo hacia otra ciudad, sino hacia una parte de mi vida que se negaba a quedar en pausa.
A las ocho de la noche el ómnibus partió puntual. Desde el inicio advertí que aquel no sería un viaje cualquiera. Los pasajeros subían cargando sacos enormes, cajas amarradas con sogas, bultos envueltos en mantas andinas.
—¿Todo eso va arriba? —preguntó el cobrador, con resignación.
—Todo —respondió una mujer—. ¿Dónde más lo voy a dejar?
Un hombre arrastraba un costal que parecía más pesado que su propio cuerpo.
—Uno nunca sabe si va a encontrar lo mismo cuando regrese —murmuró.
Yo llevaba apenas un libro bajo el brazo: Cien años de soledad. Lo coloqué con cuidado en el bolsillo del asiento delantero. Recordé que su autor había visitado la UNI el año anterior. Aquel detalle, trivial en apariencia, me hacía sentir acompañado.
—¿Nada más llevas? —me preguntó el joven sentado a mi lado.
—Nada más. Con eso me basta.
El bus tomó la Carretera Central. Las casas entre La Victoria y Ate parecían resistirse a la expansión desordenada de la ciudad. Alguien comentó que antes todo aquello había sido chacra.
—¿Y ahora? —preguntó otra voz.
—Ahora es apuro.
Miré por la ventana. La ciudad parecía correr sin saber exactamente hacia dónde.
Cuando el motor adquirió su ritmo constante, el tiempo empezó a dilatarse. Cerré los ojos. El sueño me venció sin transición.
Desperté bruscamente, como si me hubiera faltado el aire. El ómnibus descendía por una margen del río Huallaga. El aire era distinto: más templado, más limpio. Toqué el respaldo delantero: el libro seguía allí, firme. Agradecí ese pequeño gesto de continuidad.
—Ya estamos llegando a Huánuco —me dijo mi vecina de asiento—. ¿Es su primera vez?
—Sí. Vengo a visitar a alguien importante.
Sonrió.
El ómnibus se detuvo. Busqué con la mirada y la encontré de inmediato. Elena estaba allí. Sus ojos brillaban con una alegría franca. Al bajar, me abrazó con una intensidad que disipó de golpe las horas del viaje.
Pero su sonrisa traía algo más.
Sacó un ejemplar del Expreso. Su voz bajó apenas.
—La UNI ha sido tomada por la policía.
Sentí que el aire se volvía más denso.
—Entraron con perros, gases lacrimógenos… Arrestaron a los estudiantes que estaban en la residencia. Los vecinos dicen que parecía una batalla.
Me quedé en silencio. El abrazo, el viaje, el amanecer huanuqueño: todo se superponía con la imagen del campus cercado.
Pude haber estado allí.
La idea me atravesó con claridad casi física. Si no hubiera viajado, habría despertado rodeado por policías.
Mientras caminábamos hacia el centro de la ciudad, con su luz clara y sus techos de teja, mi mente ya no estaba del todo en Huánuco.
¿Qué buscaban los militares entrando a una universidad?
La UNI no era un cuartel ni una fábrica. Era un espacio de formación científica. ¿Se temía a las ideas? ¿Se confundía debate con conspiración?
Comencé a comprender que la ciencia, en un país convulso, no era un territorio neutral. Estudiar física podía parecer un acto aislado, pero ocurría dentro de un entramado político inevitable.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Elena, apretando mi mano.
—No lo sé —respondí con franqueza.
La frase me pesó. Hasta entonces había creído que el estudio era un camino lineal: esfuerzo, conocimiento, contribución al país. Ahora ese camino aparecía cruzado por fuerzas que no respondían a ecuaciones.
Los días en Huánuco estuvieron hechos de contrastes. Caminábamos por plazas luminosas, visitábamos a su familia, escuchábamos historias tranquilas. Pero dentro de mí persistía una tensión constante. No tenía información clara sobre lo que ocurría en la UNI. Los rumores eran más rápidos que los hechos.
El viaje no había terminado.
Solo había cambiado de naturaleza.
Y entendí que ya no bastaba con ser buen estudiante. El país había entrado en la ecuación.
- Las manos cruzadas
Elena sabía de mi interés por los vestigios antiguos. Una mañana, después del desayuno con su familia, dijo con naturalidad:
—Vamos a Kotosh. Seguro te va a interesar.
Acepté con entusiasmo. Algo había leído antes de viajar, pero quería verlo con mis propios ojos.
El camino fue largo. Caminamos bajo el sol creciente, dejando atrás las calles tranquilas de Huánuco. El aire era seco; el paso, exigente. Elena avanzaba con determinación, como si regresara a un lugar íntimo.
Al llegar, adoptó un tono distinto, casi ceremonial.
—Kotosh tiene cerca de cuatro mil años —dijo—. Lo más importante son los relieves de las manos cruzadas. Estos templos fueron construidos uno sobre otro. Cada generación cubría la anterior, pero no la destruía.
Observé los muros de piedra. No imponían por tamaño, sino por persistencia. Eran capas de tiempo superpuestas, memoria sedimentada.
Nos acercamos al templo de las Manos Cruzadas. Allí estaban: dos brazos tallados en arcilla, entrelazados sobre el pecho. Un gesto simple, pero cargado de significado.
—Nadie sabe con certeza qué representan —añadió—. Algunos dicen que simbolizan unión. Otros, protección.
Tomé su mano. Caminamos entre las estructuras en silencio. Pensé en las civilizaciones que habían levantado aquello sin escritura, sin acero, sin universidades. Y, sin embargo, habían dejado una marca que atravesaba milenios.
Fue entonces cuando apretó mi mano con fuerza.
—Me da mucha pena decirte algo —murmuró.
Supe que lo que venía no sería leve.
—No voy a regresar a Lima.
El sol seguía brillando, pero algo se apagó en mí.
—¿Por qué? —pregunté con esfuerzo—. ¿Y la universidad?
—Mi padre no quiere. Dice que la situación está peligrosa. Que la universidad se ha vuelto demasiado política. Que puede haber enfrentamientos.
Guardó silencio antes de continuar.
—Aquí tengo a mi familia. Ellos tienen otros planes para mí.
Miré nuevamente las manos cruzadas en el muro antiguo. Unión tallada en barro. Permanencia.
—¿Y tú qué quieres? —pregunté.
Evitó mi mirada por un instante.
—Querer no siempre basta.
La frase fue más dura que cualquier reproche.
Comprendí que no se trataba solo del golpe militar ni de la toma de la UNI. Era también el peso de las decisiones familiares, del destino asignado, de las expectativas sobre una hija en una ciudad de provincia.
Sentí, con claridad dolorosa, la desigualdad que atravesaba nuestras trayectorias. Yo podía insistir en estudiar física. A ella se le exigía obedecer.
Emprendimos el regreso en silencio. El polvo del camino parecía adherirse a los pensamientos. Al subir a un viejo autobús que pasó lentamente, seguimos tomados de la mano.
Pero ya no era el mismo gesto.
Como en Kotosh, las capas del tiempo comenzaban a superponerse: lo vivido, lo que pudo ser, lo que ya no sería. Intuí que nuestras manos, unidas hasta ese instante, estaban destinadas a cruzarse en direcciones distintas.
Mientras el bus descendía hacia la ciudad, pensé que las civilizaciones construyen templos para vencer al olvido.
Nosotros no teníamos templos.
Solo memoria.
Y la certeza de que algo había terminado, aunque nadie lo hubiera declarado oficialmente.
Puente roto
La noche de mi partida hacia Lima parecía decidida a no conceder tregua. Como si lo vivido en Huánuco no bastara, el camino me aguardaba con una última prueba.
Cerca del pueblito de San Rafael, el ómnibus frenó bruscamente. Un estruendo había precedido al silencio: un huayco descendía por la quebrada, arrastrando piedras, barro y troncos. La carretera quedó cortada de golpe.
El bus se estacionó pegado al cerro, a unos treinta metros del torrente. El agua seguía bajando con furia, golpeando rocas, levantando un ruido que no dejaba espacio para la tranquilidad.
El murmullo dentro del vehículo creció.
Al cabo de unos minutos, el chofer se levantó y habló con voz grave:
—Vamos a tener que pasar la noche aquí. Hasta que arreglen el paso.
—¿Cuándo será eso? —pregunté.
Me miró con franqueza áspera.
—Solo Dios sabe.
Algunos suspiraron. Otros se acomodaron resignados. Se oyeron comentarios apagados:
—Siempre pasa lo mismo…
—Habrá que dormir nomás…
Yo no podía quedarme.
Tomé mi bolsa y avancé hacia la puerta. El chofer se interpuso.
—¿A dónde va, joven?
—Al otro lado.
—¿Está loco? El huayco todavía baja. Lo va a arrastrar.
—He caminado cerros peores —respondí—. Sé lo que hago.
—Ningún apuro vale una vida.
—Para mí sí hay apuro.
No discutió más, pero bajó detrás de mí.
El barro era espeso. La quebrada rugía con fuerza intermitente. No intenté cruzar por el punto más bajo. Subí por el cerro, buscando el origen del deslizamiento, donde el flujo era más débil.
Cada paso exigía atención total. El suelo cedía. Las piedras rodaban. El agua, abajo, seguía golpeando.
—Uno a la vez —me repetía.
Al alcanzar la parte más alta, el torrente se estrechaba. Esperé el momento en que el flujo disminuyó y crucé rápido, sin mirar atrás. El barro me atrapaba los zapatos, pero no me detuve.
Cuando puse el pie firme en la otra margen, respiré hondo.
El bus quedó atrás, inmóvil, con sus luces apagadas.
Caminé hasta San Rafael. El pueblo estaba casi en silencio. Allí el problema era inverso: los vehículos que venían hacia Huánuco tampoco podían avanzar.
Vi un automóvil elegante detenido al borde de la carretera. El conductor observaba la oscuridad con expresión calculadora.
—¿Va a esperar? —le pregunté.
—Depende —respondió—. ¿Cómo está el paso?
—El puente está dañado. Puede tardar días.
El hombre frunció el ceño.
—Mejor regreso a Lima.
—¿Podría llevarme?
Me examinó un instante.
—Suba. Pero usted guía. Parece conocer estos cerros.
—He vivido en ellos —respondí.
El trayecto de retorno fue largo y silencioso. A veces el auto avanzaba despacio por tramos húmedos; otras, aceleraba en rectas despejadas. No conversamos mucho. El conductor parecía concentrado en la ruta, y yo en mis propios pensamientos.
Al llegar a Lima era madrugada.
Toqué la puerta de la casa de mi tía Estela, en Chacra Ríos. Me abrió sobresaltada.
—¿Qué te ha pasado?
Miré mis zapatos cubiertos de barro. Solo entonces sentí el cansancio completo del cuerpo.
—El camino se cerró —dije—. Pero ya estoy aquí.
Me dejé caer en el sofá sin terminar el relato. El sueño me venció de inmediato.
Mientras me dormía, pensé que cruzar aquel huayco no había sido solo un acto imprudente. Era una decisión.
El país podía cerrarse. Las rutas podían romperse. Las personas podían alejarse.
Pero yo había elegido avanzar.
El gas en el pabellón
La taza de avena con Milo y el sánguche de palta que preparó la tía Estela me supieron a manjar. Había en ese desayuno algo más que alimento: era refugio.
Mientras comíamos, le conté el viaje, el huayco, el cruce.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó con preocupación—. La UNI está tomada por la policía.
—Voy a ir. No veo razón para que sigan ahí.
—Han arrestado a estudiantes de la residencia.
—Lo sé, tía. Iré con cuidado.
Tomé un viejo bus rumbo al norte. El humo del escape se colaba por las ventanas. Los pasajeros parecían absortos en sus propios asuntos. Algunos leían la sección deportiva de Última Hora. Fotos de futbolistas, resultados del domingo. El país podía estar convulsionado; el fútbol seguía.
En la plaza Dos de Mayo vi tanquetas y guardias de asalto. La escena no era violenta, pero sí vigilante. Una calma tensa.
Por la avenida Caquetá, las amas de casa hacían compras como cualquier mañana. Al fondo, dos tanques custodiaban el cuartel del Rímac. El bus giró, ajeno a la historia.
Bajé en Túpac Amaru y caminé las últimas cuadras hasta la UNI.
Frente a la puerta había algunos policías, inmóviles. No bloqueaban el paso, solo observaban.
—¿Se puede entrar? —pregunté al personal de seguridad.
—Claro, Modesto. Te fuiste y la policía aprovechó —bromeó Juan, el recepcionista con quien jugábamos fulbito los domingos.
Intenté sonreír.
Subí las gradas del pabellón central. Me sorprendió que los vigilantes estuvieran fuera del edificio.
—Voy al tercer piso, a Ciencias. ¿Puedo pasar?
El responsable dudó un segundo.
—Puede. Pero todavía hay gases lacrimógenos. No hay nadie arriba.
Empujó la gran puerta enrejada.
Entré.
El olor era acre, persistente. No se veía humo, pero el aire estaba contaminado. Di unos pasos. Sentí un ardor inmediato en la cara, en los ojos. El frío de los Andes me había dejado pequeñas grietas en la piel; ahora el gas se filtraba por ellas como fuego líquido.
Intenté avanzar unos metros más, pero la respiración se volvió difícil. Los ojos lagrimeaban sin control.
Tuve que salir.
—A otros también les pasó —me dijeron afuera—. Se fueron hacia la residencia.
Agradecí y caminé hasta allí.
La residencia estaba cerrada. Algunos estudiantes de Minas se despedían.
—Nos regresamos a Cusco —me dijeron—. Aquí no hay nada que hacer.
La frase me golpeó más que el gas.
Nada que hacer.
Un año antes, en enero, yo había comenzado Mecánica I con entusiasmo, adelantando cursos. El campus vibraba con problemas por resolver, ecuaciones por dominar, proyectos por imaginar.
Ahora la universidad parecía suspendida. Cercada. Vacía.
Me quedé mirando el edificio.
El gas lacrimógeno no solo había impregnado las paredes. Había penetrado en algo más profundo: la continuidad del estudio.
Por primera vez desde que ingresé a la UNI, el futuro académico no parecía una línea clara. El año 1969 comenzaba con incertidumbre.
Y comprendí que el desafío ya no sería solo intelectual.
Sería sostener la vocación en medio de la niebla.
- Preguntar o partir
En aquellos meses de incertidumbre, una de las personas más cercanas a mí fue Víctor Coronel. Había ingresado a la UNI en 1966 con el primer puesto del examen de admisión y, desde 1968, coincidíamos en la residencia universitaria. Íbamos al comedor a la misma hora; las conversaciones surgían sin esfuerzo.
Una noche decidimos viajar a Chimbote. Tomamos el bus de la agencia Chinchaysuyo a las diez. La carretera oscura y el ruido monótono del motor crearon el clima propicio para hablar sin distracciones.
Fue él quien rompió el silencio.
—Me voy a ir a Estados Unidos.
No lo dijo con dramatismo, sino con resolución.
—Quiero terminar allá el bachillerato. Aquí nadie sabe cuándo se normalizarán las clases.
Miraba hacia adelante, no hacia mí.
—Estoy preparándome para el SAT y el TOEFL. El examen de conocimientos no me preocupa. Lo que hemos aprendido en la UNI es sólido. El inglés lo estudiaré en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano.
Luego se volvió.
—¿Y tú? ¿Qué piensas hacer?
Pensé unos segundos.
—Confío en que esto se estabilice. Seguiré todo lo que la UNI ofrezca. Y quizá, más adelante, estudie ciencias sociales en La Molina.
—¿Ciencias sociales? —repitió, sorprendido—. ¿Después de física?
—Lo que está pasando en el Perú no se explica solo con ecuaciones —respondí—. Pero no hay becas para estudiar sociología. Y sin recursos, es complicado.
Víctor asintió, pero su preocupación iba por otro lado.
—Aquí no me siento cómodo —confesó—. En física hay poca comunicación. Muchos no entienden, pero nadie se atreve a decirlo. Falta coraje para preguntar.
Bajó la voz.
—Y algunos profesores tampoco ayudan. Es pura teoría. Sin ejemplos.
Me sorprendió escucharlo. Él, el primer puesto del 66, hablando de incomprensiones.
Miré por la ventana. La carretera era una franja negra apenas interrumpida por luces dispersas.
—No todos los silencios nacen de la ignorancia —dije—. A veces nacen del miedo.
Se quedó callado.
Entonces le conté algo que había marcado mi vida.
—Cuando tenía once años, en Salpo, quise hacerle una pregunta al profesor. No pude. Me quedé callado. Al volver a casa, el abuelo José lo notó.
Le relaté la escena con detalle: la mirada del abuelo, su diagnóstico inesperado.
—“Estás empachado”, me dijo. “Cargado y compungido”.
Víctor sonrió levemente.
—Le conté que no había hecho la pregunta que quería hacer. Y él me dijo algo que nunca olvidé: “Nunca dejes de hacer las preguntas que te nacen. Si no las haces, cargarás con ellas toda la vida”.
Guardé silencio un momento antes de continuar.
—Desde entonces entendí que preguntar no es debilidad. Es higiene mental. Si no preguntas, te bloqueas.
El bus avanzaba ya por Puente Piedra. El sueño empezaba a vencernos.
—Tal vez eso es lo que falta —murmuró Víctor—. Que alguien diga “no entiendo”.
—O que alguien enseñe a preguntar —respondí.
No hablamos más.
Mientras el motor marcaba el ritmo constante de la noche, comprendí que nuestras decisiones eran distintas. Él se preparaba para partir. Yo, sin saberlo del todo, me estaba preparando para quedarme.
Y quedarme, en aquel momento, también era una forma de preguntar.
El transformador
Nos despertó, al amanecer, el olor penetrante de la harina de pescado. Era Chimbote. Antes de abrir los ojos ya se sabía dónde se estaba.
El bus llegó al terminal de la agencia Chinchaysuyo cuando todavía ardían las luminarias. Tomamos un taxi hacia la casa de mis padres, en la loma del barrio Bolívar. Desde allí se abría la bahía, las islas recortadas contra el cielo claro, y el golpe rítmico de las olas que llegaba como un pulso constante.
Hacia el norte, antes de que se levantara el imponente Cerro de la Juventud, se veían las columnas de humo de la Planta Siderúrgica. Ascendían con regularidad, como si marcaran la respiración industrial de la ciudad.
Daniel salió primero. Nos abrazamos sin palabras.
—Daniel, te presento a Víctor, compañero de la UNI.
Poco después aparecieron papá Álvaro y mamá Clarita. Las presentaciones fueron rápidas; la alegría, inmediata. Mi madre ya estaba en la cocina preparando chicharrón con camotes. El olor terminó de sellar el regreso.
Más tarde, acompañados por mi padre, fuimos a la Planta Siderúrgica. Allí había hecho mis prácticas pre-técnicas en 1965, cuando estudiaba para técnico electricista en el Instituto Industrial.
Al cruzar la puerta del taller eléctrico sentí algo difícil de describir: no era nostalgia, sino continuidad.
Los técnicos seguían allí. Algunos me reconocieron al instante.
—¡Montoya! —exclamó “Choclo”, siempre el más bromista—. ¿Te acuerdas del transformador que hiciste?
—Cómo olvidarlo —respondí—. Lo armé completo: corté los latones, fabriqué el núcleo, enrollé las bobinas, las barnicé, las metí al horno…
Choclo sonrió y señaló un rincón del taller.
—Lo guardamos.
Allí estaba.
Un objeto compacto, discreto, pero cargado de memoria. Lo observé en silencio. Aquel transformador no era solo un artefacto que convertía 220 voltios en 6, 12 o 24. Era la prueba de que el conocimiento podía pasar por las manos.
Sentí un nudo en la garganta.
—Así que tú ya hacías laboratorio antes de la universidad —dijo Víctor, mirándome con una expresión nueva.
—Era práctica técnica —aclaré—. Otra forma de aprender.
El ingeniero jefe, egresado de la UNI, felicitó a Víctor por su primer puesto en el examen de admisión. Los técnicos lo miraban con respeto. Para ellos, la universidad era una cima distante.
Yo, en cambio, veía la línea continua: del taller a la física, del núcleo de hierro a las ecuaciones.
Choclo nos mostró motores abiertos, tableros desmontados, cables gruesos que exigían fuerza y precisión. El ruido metálico, el olor a aceite y barniz caliente, la conversación directa de los obreros componían una escena que no tenía nada de abstracto.
Allí comprendí algo con claridad: mi formación no había empezado en las aulas de la UNI. Había empezado allí, entre herramientas y hornos, entre hombres que sabían resolver problemas sin discursos.
Cerca de la una sonó la señal que marcaba el fin del turno iniciado a las cinco de la mañana. Salimos junto al personal y tomamos el tren hacia la estación central de Chimbote. Los rostros iban cansados; las conversaciones, breves.
En el Mercado Modelo comimos un cebiche fresco, servido sin ceremonia. El pescado era firme, el limón preciso. Mientras comíamos, yo pensaba en lo que significaba todo aquello: técnica, industria, universidad, país.
Al salir del restaurante nos encontramos con una escena conocida y, sin embargo, siempre perturbadora.
Chimbote mostraba sus dos rostros: el humo industrial que prometía progreso y, a pocas cuadras, la pobreza que no parecía disminuir al mismo ritmo.
Víctor lo notó también.
—Aquí la modernidad convive con la precariedad —dijo en voz baja.
Asentí.
La siderurgia producía acero. Pero el país todavía no había aprendido a transformarse a sí mismo.
Esa tarde comprendí que estudiar física no era alejarse de ese mundo. Era, tal vez, intentar darle otra estructura.
El loco Moncada
Allí estaba el Loco Moncada.
Se balanceaba en una hamaca atada entre dos postes, junto a la estación del tren. A su lado, sobre un banco desvencijado, descansaba un teléfono antiguo, enorme, como sacado de otro tiempo. Lo sostenía por momentos y discutía con interlocutores invisibles.
—Es pescador —le expliqué a Víctor—. Pero hace teatro callejero. Habla de política, de religión, de injusticias. Los periodistas lo visitan. Dicen que influye más que algunos dirigentes.
Víctor lo observaba con atención.
—¿Es de aquí?
—No. Llegó con la gran inmigración atraída por la pesca. Chimbote está lleno de gente de todas partes. Muchos vienen por el dinero fácil del mar.
—¿Y viven bien?
—Algunos ganan mucho —respondí—. Pero el dinero no siempre se convierte en vida.
Nos acercamos.
Moncada simulaba una conversación áspera con Richard Nixon. Lo increpaba por la política norteamericana hacia el Perú. Gesticulaba con intensidad, pero no parecía delirante: parecía actuar.
La gente se detenía. Algunos reían. Otros escuchaban con atención grave.
—Buenas tardes, don Nemesio —lo saludé.
Se detuvo en seco, me miró con picardía.
—El preguntón —dijo riendo—. El único gato curioso que sigue vivo.
—¿Cómo van las cosas, don Nemesio?
Dejó de balancearse. Su mirada se volvió seria.
—Pronto se sabrá todo.
—¿Todo qué?
—Todo lo que he visto en este puerto de la perdición. Ha venido un escritor a que se lo cuente.
—¿Mario Vargas Llosa? —pregunté.
Soltó una carcajada.
—¡Qué va! José María Arguedas. Mi socio.
La palabra socio no sonó exagerada. Tenía peso.
Víctor murmuró a mi lado:
—No parece loco.
Miró de nuevo la hamaca, el teléfono, la escena.
—Está más lúcido que muchos que se creen cuerdos.
Moncada volvió a su diálogo imaginario. El teléfono regresó a su oído. Su voz subió de tono.
Mientras nos alejábamos, pensé que en ciudades como Chimbote la frontera entre locura y verdad es imprecisa. A veces el que parece desvariar es el único que habla sin permiso.
Caminamos hacia el malecón.
La playa ya no era la de mi infancia. El mar estaba opaco. La arena gris. Las fábricas pesqueras descargaban residuos sin pudor. El olor penetraba incluso en la brisa.
En la plaza 28 de Julio, frente al Hotel de Turistas, grupos de pescadores jugaban timba con fajos de billetes. El dinero cambiaba de manos con velocidad febril.
Víctor lo observaba todo.
—Modernidad y desorden —dijo—. Industria sin cultura.
Luego me miró.
—¿Cómo habría sido tu vida si te quedabas aquí?
Sonreí.
—Tenía trabajo asegurado como técnico electricista. O habría abierto un taller, como mi padre con la carpintería.
Miré el mar.
—Pero no sé si habría soportado no hacerme preguntas.
Un grupo de niños jugaba fútbol en la arena contaminada. Algunos construían pirámides con la arena oscura. Las arañitas de mar buscaban refugio en la orilla, como si el agua ya no fuera completamente suya.
—Todas las corrientes —dijo Víctor— están corriendo la misma suerte. Ríos, lagos, mar. La angurria no tiene límite.
Señaló una chalana oxidada, abandonada en la orilla.
Guardé silencio.
Recordé los días en que me lanzaba bajo las olas, limpio el cuerpo y la conciencia. Recordé tardes enteras en la playa con mis amigos del barrio, sin sospechar que el progreso podía tener un costo invisible.
—Todavía quedan lugares intactos —dije finalmente—. Pero no sé por cuánto tiempo.
Mientras regresábamos, comprendí algo que entonces apenas podía formular: el país no solo necesitaba acero ni pesca. Necesitaba pensamiento.
Y quizá por eso yo no podía quedarme.
Chimbote me había dado origen.
La UNI me estaba dando dirección.
El humedal
Regresamos al barrio Bolívar y seguimos hacia el Vivero Forestal, ese espacio natural que en los años sesenta había sido para mí un territorio casi mítico. Entre el barrio y la Planta Siderúrgica sobrevivía entonces un pequeño paraíso: humedales, juncos altos, sombra fresca, agua quieta.
Una carretera hacia la fábrica lo partía en dos. Más allá, un canal revestido de baldosas cruzaba el paisaje como una cicatriz artificial.
—Aquí pasé muchas tardes —le dije a Víctor—. Nadábamos en ese canal. Los juncos eran tan altos que parecían murallas verdes. Tuvimos que abrir un pasaje secreto para entrar. Solo nosotros sabíamos por dónde.
Víctor intentaba imaginarlo.
—Ahora se ve más abierto —observó.
Tenía razón.
Los juncos ya no superaban los dos metros. El agua estaba más turbia. Había huellas de ocupación reciente: estacas, plásticos, terreno removido.
—La gente está invadiendo —murmuré—. El humedal está retrocediendo.
Caminé unos pasos en silencio. Sentí que el lugar no solo había cambiado físicamente; había perdido su misterio.
—Es una catástrofe silenciosa —añadí—. Nadie la anuncia. Simplemente ocurre.
En aquel humedal aprendí a nadar mejor que en el mar. Allí el agua era calma, predecible. Allí las risas no competían con el ruido industrial.
Ahora, el pasado parecía superpuesto al presente como una transparencia mal alineada. Veía al niño que fui corriendo entre juncos y, al mismo tiempo, al joven que observaba cómo el progreso avanzaba sin mirar atrás.
Emprendimos el regreso. A nuestro lado corrían los cables de alta tensión, llevando energía directa a la siderúrgica.
—Toda esa corriente va a la fábrica —comentó Víctor.
—Es la arteria de Chimbote —respondí—. Sin esa energía, la ciudad se detiene.
Miré los cables y pensé en el contraste: electricidad abundante para producir acero; fragilidad absoluta para conservar agua y juncos.
En la subida me crucé con amigos de la infancia.
—¡Modesto! —gritó uno—. Ya te olvidaste del barrio.
—Uno nunca se olvida de donde aprendió a caminar —respondí.
Al llegar, mi madre nos recibió con una sonrisa que anunciaba celebración.
—Hoy hay guiso de cuy —dijo.
—Eso en Lima no existe —le comenté a Víctor.
La mesa se llenó de conversación. Mis padres recordaban episodios de mi infancia como si acabaran de ocurrir.
—En este barrio —dijo mi madre— las otras madres tenían que gritarles a sus hijos que dejaran la pelota y entraran a hacer tareas. Yo tenía que hacer lo contrario.
Rieron.
—Siempre estaba leyendo —continuó— o metido en el taller de Álvaro.
Mi padre asintió.
—Aprendió a mezclar cemento antes que a manejar fórmulas —dijo.
—Y a cortar madera antes que a derivar funciones —añadí.
Las risas suavizaron la frase, pero había en ella algo cierto.
Mientras cenábamos, comprendí que mi historia no había comenzado en la universidad ni en los laboratorios. Había empezado allí: en el humedal, en el taller, en la casa levantada sobre arenal.
Afuera, el atardecer descendía lentamente sobre la bahía.
Pensé que el humedal podía desaparecer, que la ciudad podía cambiar, que la universidad podía ser intervenida.
Pero había algo que no se perdía tan fácilmente: el impulso de aprender.
Y ese impulso había nacido mucho antes de que yo supiera ponerle nombre.
La Ley y la partida
A las diez de la noche tomamos el bus de regreso a Lima. Desde la ventanilla, Chimbote se fue apagando en luces dispersas. El humo de las fábricas, las casas a medio construir, la bahía apenas visible en la oscuridad.
Víctor miraba sin hablar.
—La mitad de las casas está en obra —dijo al fin.
—Es la plata de la pesca —respondí—. Muchos llegan por el dinero rápido. Otros, como nosotros, nos vamos empujados por otra cosa.
—¿Por curiosidad? —preguntó.
—Por aprender.
Guardó silencio unos segundos.
—Lima se está llenando de fanatismos.
—También de oportunidades —respondí—. Para los provincianos, Lima es prueba y promesa al mismo tiempo.
El motor vibró con fuerza y el bus tomó la carretera. Sentí que no era solo un trayecto físico. Volvíamos a un país que estaba cambiando de reglas.
Llegamos de madrugada al terminal de la agencia Chinchaysuyo. Antes de salir, compré un periódico. El titular ocupaba toda la portada: Ley Universitaria 17437.
Leímos de pie.
El mensaje era claro: reorganización, control, eliminación de la representación estudiantil en los órganos de gobierno, autonomía recortada. El Estado tomaba distancia de las universidades… o las tomaba por dentro.
Víctor dobló el periódico lentamente.
—Esto va en serio.
Fuimos hacia la urbanización Ingeniería y desayunamos en el restaurante del parque Valdizán, cerca de la UNI. El olor a pan caliente contrastaba con la tensión del ambiente.
En una mesa cercana, un grupo de estudiantes discutía con vehemencia.
—Se inicia una etapa de lucha por la democracia universitaria —declaraba Juan Moreno, dirigente estudiantil, con voz firme—. No podemos permitir que nos arrebaten la autonomía.
Algunos asentían; otros dudaban.
Sentí que el aula se había desplazado al café. La universidad ya no era solo un espacio académico: era un campo en disputa.
Los días siguientes confirmaron la inestabilidad. Clases suspendidas, rumores contradictorios, comunicados ambiguos. El futuro académico dejó de ser lineal.
Uno a uno, varios compañeros comenzaron a planificar su salida del país. El exilio académico dejó de ser idea abstracta y se convirtió en opción concreta.
Víctor no tardó.
Aceleró trámites, exámenes, contactos.
Una tarde nos despedimos sin solemnidad.
—¿Y el bachillerato? —pregunté.
—Lo terminaré allá —respondió—. En un año, quizá menos. Aquí nadie sabe qué pasará.
—No lo veo tan grave —dije, más para convencerme que a él.
Sonrió.
—No quiero quedarme esperando a que se aclaren las cosas.
Lo vi alejarse con una maleta ligera. No llevaba mucho equipaje. Pero llevaba una decisión.
Mientras su figura se perdía entre la gente, comprendí que el país estaba perdiendo algo silenciosamente: talento joven que no confiaba en la estabilidad de sus propias instituciones.
Yo me quedé.
No por falta de opciones, sino por una convicción todavía intuitiva: si todos partían, ¿quién reconstruiría?
La universidad entraba en una etapa incierta.
Y yo, sin saberlo aún, también.
La matemática como patria
Entre los estudiantes más brillantes de matemáticas estaba Marcelo Morales. Compartíamos varios cursos, y más de una vez me invitó a su casa en el barrio Salamanca, en Ate.
Su hogar era una prolongación natural del negocio familiar de libros. Las paredes estaban cubiertas de estantes; los volúmenes se apilaban en mesas y rincones. Había libros abiertos con papeles intercalados, como si la casa entera estuviera en permanente conversación.
Una tarde, mientras hojeaba un tratado grueso de análisis —con notas marginales en tinta azul—, Marcelo habló sin rodeos.
—Estoy pensando en irme.
No parecía duda. Parecía un cálculo.
—¿A dónde? —pregunté.
—A Francia.
La palabra quedó suspendida.
—¿Tan decidido estás?
—Casi todo lo que estudio es francés —respondió—. Bourbaki, Dieudonné, Cartan… La matemática moderna respira allá. Aquí siento que ya no tengo con quién dialogar.
No lo dijo con arrogancia, sino con serenidad.
—¿Y la situación del país influye? —pregunté.
—Influye en todo —admitió—. Pero no es lo principal. Lo principal es que quiero estar donde la matemática se está haciendo ahora.
Cerró el libro con cuidado.
—Aquí puedo repetir. Allá puedo crecer.
Intenté ofrecer una réplica que sonara razonable.
—Uno siempre se siente mejor en casa.
Marcelo me miró con una leve sonrisa.
—Depende de qué entiendas por casa. Para mí, la matemática es una forma de habitar el mundo.
La frase me acompañó todo el camino de regreso.
No era un rechazo al Perú. Era otra forma de pertenencia. Algunos se iban por miedo a la inestabilidad. Otros, como Víctor, por pragmatismo. Marcelo se iba por coherencia intelectual.
Su patria no era geográfica.
Era abstracta.
Yo no sentía esa urgencia. No todavía.
Tal vez porque, además del impulso por aprender, llevaba dentro otra herencia. El abuelo José no solo me enseñó a preguntar; me enseñó a mirar el mundo desde un suelo antiguo, el de los Andes, el de una memoria que precede a las universidades y a las fronteras modernas.
No eran raíces burocráticas ni banderas.
Eran raíces culturales.
Desde allí comprendía que el conocimiento es universal, pero la responsabilidad no lo es.
Algunos parten para buscar el centro del saber.
Otros se quedan para intentar construirlo.
Y en ese momento, sin formularlo del todo, yo sabía a cuál grupo pertenecía.
Tomar partido
La inestabilidad académica en la UNI coincidía con los ecos cada vez más próximos de la Guerra Fría. Ese enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética no era una noticia lejana: se filtraba en los discursos, en los panfletos, en las conversaciones de pasillo.
Las asambleas se multiplicaban. Eran largas, densas, casi rituales. Marxistas, maoístas, trotskistas, socialistas democráticos, cristianos progresistas: cada grupo ocupaba un rincón ideológico bien delimitado.
Más que debates, eran confrontaciones.
—La lucha es mundial —proclamaba José Moreno desde una tarima improvisada—. Aquí no podemos ser neutrales.
—El imperialismo nos tiene cercados —respondía otro, agitando un folleto—. La universidad está infiltrada.
Las palabras “imperialismo”, “revolución”, “bloque socialista”, “burguesía”, “pueblo” circulaban con una intensidad que a veces reemplazaba el análisis.
Con el paso de las semanas se instaló una sospecha generalizada. La CIA era invocada en cada discusión, como si fuera una presencia omnipresente y silenciosa.
—Están identificando a los alumnos más destacados —me dijo José en voz baja una tarde—. Para llevárselos a Estados Unidos.
—Muchos se van porque no ven futuro aquí —respondí—. O porque quieren estudiar en otro contexto. No todo es conspiración.
Me miró con detenimiento.
—¿Y tú? ¿Te sientes bien en el Perú?
No necesité pensar la respuesta.
—Sí.
La palabra me sorprendió por su firmeza.
—He recibido de la UNI más de lo que esperaba. Los profesores me han apoyado. Tengo amigos. Estoy cerca de mi familia, de Salpo. No veo por qué tendría que huir.
Guardé silencio unos segundos antes de continuar.
—El país tiene problemas profundos, es verdad. Pero no creo que se resuelvan gritando consignas o tomando partido en una guerra que no es nuestra.
José frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué propones?
—Estudiar en serio nuestros problemas —respondí—. El principal no es ideológico, es estructural: la dependencia tecnológica.
Algunos que estaban cerca se acercaron a escuchar.
—Compramos tecnología pagando con toneladas de materias primas —continué—. Exportamos minerales, pescado, productos primarios, y luego importamos maquinaria, equipos, conocimiento incorporado. Ese desequilibrio nos condena.
No era un discurso encendido. Era una constatación.
—Sin ciencia y tecnología propias —añadí— no hay soberanía real. Ni capitalista ni socialista.
José no respondió de inmediato.
Las asambleas continuaron. Los discursos siguieron elevándose en tono. El mundo parecía exigir definiciones rápidas: Este u Oeste, revolución o reacción, alineamiento o traición.
Yo no me sentía parte de ese eje.
Mi decisión no era ideológica, sino estratégica.
No quería tomar partido en la Guerra Fría.
Quería que el Perú dejara de ser un espectador tecnológico de la historia.
Y eso, intuía, requería algo más difícil que una consigna: requería estudio riguroso, paciencia y construcción.
La guerra por el talento
Mientras hablábamos, comprendí que la Guerra Fría no solo se libraba con misiles y tratados. También se disputaba en las aulas. En nuestros pasillos. En nuestras decisiones personales.
Las superpotencias no solo competían por territorios: competían por mentes.
José me miraba con una mezcla de desconfianza y curiosidad. Aproveché el silencio.
—La Unión Soviética también está atrayendo estudiantes de América Latina —le dije—. No es solo Estados Unidos. Ambos bloques quieren formar cuadros en los países del llamado Tercer Mundo.
—¿Para qué? —preguntó.
—Para ampliar su influencia. Para ganar aliados. Para tener gente formada en sus sistemas.
José frunció el ceño.
—Pero los gringos se quedan con los mejores.
—En muchos casos, sí —respondí—. Estados Unidos ofrece condiciones para que el talento no regrese. Laboratorios, financiamiento, estabilidad. La Unión Soviética suele formar y devolver. Cada uno juega su estrategia.
No era una defensa. Era un análisis.
—¿Y las materias primas? —insistió—. El petróleo, el cobre, el hierro… Eso es saqueo.
Respiré antes de responder.
—Eso ocurre porque somos proveedores de recursos sin valor agregado. El problema no es solo quién compra. Es que no transformamos lo que tenemos.
José me observó con mayor severidad.
—¿Y cuál es tu posición, compañero?
No me gustaba que me llamara así, pero entendía el tono de la época.
—Soy peruano —dije—. Vengo de un pueblo minero donde la Northern se llevó minerales y dejó pobreza. Nunca vi a un soviético por ahí. Pero sí vi a mineros morir jóvenes, escupiendo sangre.
La frase salió sin retórica.
—Desciendo de una familia indígena ligada a la tierra —continué—. Desde niño pastoreé ovejas, trabajé chacras. Mi abuelo me enseñó a observar los efectos de la minería mal hecha. No hablo desde los libros.
José guardó silencio un instante.
—Entonces, ¿por qué no te quedaste allá?
—Porque mi padre no tenía tierras —respondí—. Bajó a Chimbote en busca de trabajo. Consiguió empleo en la siderúrgica. Yo crecí entre herramientas y humo industrial. Esa también es parte de mi historia.
José no cedía.
—Sigues sin decirme tu posición frente a la coyuntura.
Lo miré con calma.
—Seguir estudiando.
La respuesta lo descolocó.
—¿Eso es todo?
—No. Estudiar para depender menos. Como persona y como país. Si el talento peruano se forma y no vuelve, seguiremos exportando cerebros como exportamos minerales.
Alrededor nuestro, otros discutían con consignas más encendidas. Algunos hablaban de revolución continental. Otros de alineamiento estratégico.
Yo veía algo distinto.
La verdadera batalla no era solo ideológica. Era estructural.
Las potencias estaban construyendo su supremacía científica mientras nosotros discutíamos etiquetas.
Con el tiempo comprendí que aquella universidad convulsionada era también una escuela de política. Se aprendía a hablar, a persuadir, a movilizar emociones.
Pero yo intuía que el desafío mayor no estaba en ganar una asamblea.
Estaba en construir conocimiento propio.
Porque en la guerra fría global, el que domina la tecnología no necesita gritar.
El fondo del problema
El clima del debate cambió parcialmente el 20 de julio de 1969, cuando se supo que la nave Apollo 11 había llegado a la Luna. La noticia recorrió el mundo con una velocidad que ninguna asamblea universitaria podía igualar.
Horas después, Neil Armstrong pronunció su frase ya célebre:
“Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”.
En la UNI, sin embargo, la reacción no fue uniforme. Algunos celebraban el logro científico. Otros lo miraban con sospecha.
—Es propaganda imperialista —decían unos.
—Eso es imposible —afirmaban otros—. Es un montaje.
Mis amigos, sabiendo mi cercanía con la física, me abordaban en los pasillos.
—¿Es verdad que un hombre ha llegado a la Luna?
Mi respuesta era siempre la misma:
—Con ciencia e ingeniería se puede hacer eso… y mucho más.
No lo decía con entusiasmo ingenuo, sino con convicción técnica. Sabía que detrás de ese paso lunar había miles de ingenieros, físicos, matemáticos, técnicos, sistemas de control, materiales nuevos, computadoras. Había décadas de inversión sostenida en conocimiento.
Mientras discutíamos sobre imperialismo o socialismo, una potencia había puesto un ser humano a 384 mil kilómetros de la Tierra y lo había traído de regreso.
Ese hecho no era ideológico.
Era tecnológico.
Con el paso de los días, la UNI fue recuperando cierta estabilidad. Las clases volvían, aunque interrumpidas por paros y protestas. La nueva Ley Universitaria instauró el sistema departamental y todos los profesores de física quedaron agrupados en el recién creado Departamento de Física.
Empecé a frecuentar el sótano del pabellón central, donde los docentes se reunían. Al principio iba a resolver dudas académicas. Pronto, aquellas visitas se convirtieron en conversaciones más amplias.
Allí se discutía sobre Vietnam, sobre Moscú, sobre Washington.
Yo escuchaba, pero una pregunta empezaba a imponerse en mi interior:
¿No estaríamos perdiendo de vista el fondo del problema?
Mientras analizábamos el enfrentamiento entre bloques, ninguno hablaba con la misma intensidad sobre nuestra propia incapacidad tecnológica. Nadie preguntaba por qué no éramos nosotros quienes diseñábamos satélites, construíamos computadores o desarrollábamos nuevos materiales.
La Luna no había sido conquistada por un discurso.
Había sido conquistada por ecuaciones bien resueltas.
Comprendí entonces que el eje del debate estaba desplazado. No era solo cuestión de alinearse con uno u otro bloque. El verdadero dilema era otro:
¿Íbamos a seguir siendo exportadores de materias primas e importadores de tecnología?
La Guerra Fría podía terminar algún día.
La dependencia tecnológica, si no la enfrentábamos, podía durar generaciones.
Esa idea empezó a acompañarme con persistencia. Ya no era solo una intuición política. Era una convicción intelectual.
Entre consignas y marchas, yo sentía que mi camino no estaba en la tarima, sino en el laboratorio.
Porque el país no necesitaba más eco.
Necesitaba más ciencia.
