Reactor con sala experimental vacía
Aunque el presidente del IPEN había cambiado, en realidad casi todos los demás seguían siendo los mismos. La entrevista con el Dr. Víctor Latorre fue breve. Me recibió con la urgencia de quien tenía demasiados problemas acumulados y poco tiempo para resolverlos. No hubo muchas formalidades. Después de unos minutos de conversación me dijo, casi como si fuera lo más natural del mundo, que me encargaría de planificar el uso de los haces de neutrones del reactor de Huarangal.
Salí de su oficina con la sensación de haber aceptado una tarea enorme.
La primera vez que entré a la sala experimental del reactor de Huarangal experimenté una mezcla de sorpresa y desconcierto. El espacio era amplio, imponente, preparado para recibir instrumentos sofisticados que permitieran aprovechar los haces de neutrones que salían del reactor. Sin embargo, allí no había nada.
Ni un solo instrumento.
El vacío era casi físico. Era impresionante que se hubiera construido un reactor de esa magnitud sin haber previsto seriamente la instrumentación científica necesaria para utilizar sus haces de neutrones. En la práctica, solo existía un diseño preliminar para neutrografía. Todo lo demás estaba por hacerse. En cualquier reactor de esa magnitud, la sala que rodea al bloque del reactor está atiborrada de instrumentación para el uso de los haces de neutrones en el estudio estructuras cristalinas y magnéticas de nuevos materiales.
Lo que sí había era un laboratorio para análisis por activación neutrónica y una planta de producción de neutrones. Para ambas aplicaciones el reactor tenía posiciones de irradiación nada sofisticadas. Se colocaba una sustancia en una posición y se convertía en radiactiva.
La ausencia de instrumentación para el uso de los haces de neutrones revelaba algo más profundo que una simple omisión técnica. Mostraba que la construcción del reactor no había seguido un verdadero criterio científico. Los recursos se habían distribuido de una manera que privilegiaba la obra visible, la infraestructura, pero no el desarrollo de la investigación que debía darle sentido.
La jefatura del reactor RP-10 estaba a cargo del oficial del Ejército Miguel Vega. Era uno de los pocos militares que todavía permanecían en el IPEN. Vega era, en cierto modo, el último sobreviviente de la generación que se había formado en Bariloche. Había terminado su carrera de ingeniero nuclear con grandes esfuerzos y una perseverancia que incluso los civiles respetábamos.
Ante la falta de especialistas que pudieran explotar los haces de neutrones, se decidió convocar a egresados de ciencias. La propuesta era simple y, al mismo tiempo, arriesgada: construir desde cero la instrumentación para el uso más diversificado de neutrones.
Una decena de jóvenes aceptó el desafío.
Los jóvenes científicos se volcaron entonces a estudiar los libros y reportes técnicos. Eran documentos sobre difracción de neutrones, detectores, técnicas de medición, aplicaciones experimentales. Todo lo que encontrábamos sobre el uso de neutrones se convertía en material de estudio.
La manera más accesible de empezar parecía ser la neutrografía, una técnica que permite obtener imágenes utilizando neutrones. Existía ya un diseño básico y algunos implementos que habían sido elaborados por ingenieros argentinos, pero para completar la instalación todavía faltaban recursos.
Mientras tanto, cada uno empezó a abrir su propio camino experimental.
Sergio Benites se concentró en el diseño de un difractómetro de neutrones, un instrumento fundamental para estudiar la estructura cristalina de los materiales.
Fernando Espinoza comenzó a simular un medidor de densidad de suelos, pensando en aplicaciones agrícolas y geotécnicas.
Yuri Ravello se dedicó a desarrollar la facilidad de neutrografía.
Pablo Flores y Manuel Brocca empezaron a estudiar las huellas de fisión para la datación de muestras geológicas.
Patrizia Pereyra se interesó en los detectores plásticos de partículas alfa.
El entusiasmo era enorme. Sentíamos que el IPEN podía entrar en una nueva etapa, una etapa verdaderamente científica.
Pero la realidad institucional tenía otros planes.
Tal como había advertido Morton Kaplan, los problemas no tardaron en aparecer.
Los militantes del APRA, un viejo partido político con larga experiencia en las intrigas del poder, comenzaron a introducir el conflicto dentro de la institución. El Dr. Víctor Latorre había sido nombrado por el ministro de Energía y Minas, Abel Salinas, y los militantes apristas del IPEN estaban convencidos de que la institución debía funcionar bajo la influencia directa del partido.
Poco a poco el presidente del IPEN se convirtió en un rehén de esa presión política.
En lugar de dirigir la institución, Latorre pasaba buena parte de su tiempo respondiendo a interpelaciones de los militantes apristas que exigían “parte del poder”. Su mayor debilidad era su aislamiento. Tomaba decisiones solo, sin construir un equipo que lo respaldara.
Al principio, los trabajadores del IPEN lo apoyaban. Pero los apristas fueron minando ese respaldo con habilidad. Utilizaron un instrumento infalible: su cercanía con el ministro. Cuando se tiene el poder político, muchas cosas se vuelven fáciles.
Mientras tanto, la inflación del gobierno de Alan García destruía el valor de los salarios. Los trabajadores exigían aumentos urgentes. Pedían al presidente del IPEN que los gestionara, pero las decisiones dependían del gobierno central y nunca llegaban.
El resultado era un ambiente caótico: un instituto científico donde los militantes del partido exigían cargos mientras los trabajadores protestaban por sus sueldos.
A eso se sumaba otro problema. Dentro del IPEN seguían existiendo grupos de poder ligados a los militares que, desde oficinas administrativas, acumulaban privilegios mayores que los de los ingenieros y científicos que realizaban el trabajo técnico.
Todo se volvía difícil alrededor del presidente.
La situación se agravó aún más cuando el ministro Abel Salinas fue reemplazado por el abogado José Carrasco Távara. En ese momento, Víctor Latorre viajó a Viena para participar en la Asamblea General de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica.
Ni siquiera había terminado de despegar su avión cuando el gobierno aprista nombró en el IPEN a un director ejecutivo abogado cuyo principal mérito era su militancia en el partido.
El nuevo funcionario llegó y, casi de inmediato, empezó a colocar miembros del partido en puestos clave. Gracias a su cercanía con el ministro, consiguió además un aumento de sueldos espectacular para los trabajadores, lo que hizo que muchos lo vieran como el directivo más eficaz que había tenido el instituto.
Cuando Latorre regresó, el escenario había cambiado completamente.
Rodeado ahora de personas que le eran hostiles, no revocó los nombramientos realizados durante su ausencia. Tampoco renunció.
Quedó entonces atrapado en una lucha silenciosa y casi desesperada por terminar la construcción del Centro Nuclear, la misión para la cual había sido designado.
Mientras tanto, nosotros seguíamos intentando hacer algo mucho más simple y, al mismo tiempo, más difícil: hacer ciencia.
Inestabilidad nuclear
Llegó finalmente el día de la inauguración del RP-10: 19 de diciembre de 1988.
Huarangal amaneció como si fuera un día de fiesta nacional. Desde temprano comenzaron a llegar los invitados. Autos oficiales, delegaciones extranjeras, técnicos, funcionarios y militares llenaban los alrededores del reactor. Todos habían sacado del ropero sus mejores trajes. Era la gran ceremonia que debía simbolizar el ingreso del Perú a una nueva etapa científica.
Se había levantado un gigantesco estrado frente al edificio del reactor. En él tomaron asiento las autoridades principales: representantes de los dos gobiernos, diplomáticos, científicos invitados de varios países latinoamericanos y altos funcionarios del Estado.
En el aire flotaba una mezcla de orgullo, expectativa y algo más difícil de nombrar: la necesidad de mostrar que todo marchaba bien.
Los discursos comenzaron como se esperaba. Se habló de ciencia, de tecnología, del futuro del país. Se evocó la promesa de la energía nuclear como motor del desarrollo. El lenguaje era solemne y optimista.
Cuando llegó el turno del presidente Alan García, el ambiente se electrizó. Como siempre, habló con fuerza y entusiasmo. Hizo referencias a Einstein y a las fórmulas de la física que habían cambiado el mundo. Pero en medio del discurso cometió un error al mencionar la más elemental de ellas, la que expresa la equivalencia entre la energía y la masa.
Nadie lo corrigió.
Ese día, todos habían decidido hacer una tregua.
Las intrigas, los enfrentamientos y las maniobras que habían precedido a la inauguración quedaron momentáneamente suspendidos bajo la música, los aplausos y las fotografías oficiales.
Pero un detalle silencioso llamó la atención de varios.
En la placa recordatoria de la inauguración no aparecía el nombre del presidente del IPEN.
Era una ausencia pequeña, casi imperceptible para el público. Pero para quienes conocían lo que ocurría dentro de la institución, aquella omisión decía mucho.
La fiesta terminó.
Y con ella terminó también la tregua.
Pocos días después, los ataques contra don Víctor arreciaron con más fuerza que antes. Los apristas dentro de la institución actuaban con una seguridad absoluta. Se sentían los dueños de todo lo que pertenecía al Estado.
Era sólo cuestión de tiempo.
Como era previsible, el Gobierno aceptó la renuncia del Dr. Víctor Latorre.
Una presidencia breve
Su reemplazante fue el físico Jorge Bravo, doctor en física por una universidad de los Estados Unidos. Bravo era una persona tranquila, accesible, respetada en el medio científico. Profesor de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y directivo del Instituto Geofísico del Perú. Al igual que Latorre, había sido fundador de la Sociedad Peruana de Física.
Sobre el papel, todo indicaba que el IPEN podía volver a una etapa normal de trabajo científico.
Pero el país vivía otro tipo de realidad.
Y el IPEN no era una excepción.
Quienes realmente tenían el poder, como en buena parte del Estado peruano de aquellos años, eran los compañeros. Se reunían constantemente para decidir el rumbo de la institución. En los pasillos y oficinas se hablaba más de política que de física.
Querían gobernar el IPEN como se gobernaban muchas empresas públicas: mediante acuerdos partidarios.
El director ejecutivo, Waldo Vinces, llegaba al despacho del Dr. Bravo con papeles ya preparados. Eran decisiones tomadas previamente en reuniones con los militantes apristas. El presidente sólo debía firmarlas.
Con Bravo, los apristas habían alcanzado algo que antes no habían logrado plenamente: el control total del IPEN.
En ese clima comenzó a organizarse el esquema de concursos y nombramientos. Se anunciaba que se abrirían plazas para fortalecer el desarrollo nuclear del país.
Para muchos contratados aquello significaba una oportunidad única.
En una época de desempleo creciente, obtener un nombramiento en el Estado era casi un salvavidas. Las expectativas eran enormes. Las conversaciones en los pasillos giraban alrededor de una sola pregunta: quién sería nombrado y quién quedaría fuera.
Las reuniones de los apristas se multiplicaban. Allí se discutía cómo distribuir las plazas y a quién favorecer.
Yo me encontraba entonces en condición de contratado.
Llegó finalmente el día de los anuncios.
El ingeniero Gilberto Salas, jefe del reactor de Huarangal, nos convocó a su oficina. Entramos uno por uno. El ambiente estaba cargado de tensión.
La noticia fue revelándose lentamente.
Todos iban a ser nombrados.
Incluso los practicantes universitarios que aún estaban en formación.
Todos.
Menos Modesto Montoya.
Salas levantó la voz, adoptando una rígida pose militar que parecía prestada, y lanzó la frase como una orden:
—Así están las cosas. Y aquel que no esté contento… que se vaya.
Creía que aquella amenaza tenía peso.
Para mí, en cambio, confirmaba algo que ya sabía.
A los apristas no les agradaba en absoluto que yo escribiera en el diario La República sobre lo que ocurría dentro del IPEN. Yo sentía que estaba cumpliendo un deber: hacer público aquello que me parecía anormal en el manejo de la ciencia y la tecnología en el país.
Pero eso provocaba irritación.
Lo que para mí era transparencia, para ellos era una amenaza.
Lo que resultaba más difícil de aceptar era otra cosa: que el IPEN, una institución científica, estuviera siendo gobernado en la práctica por un abogado rodeado de militantes políticos, muchos de ellos sin ninguna competencia en el campo nuclear, imponiendo decisiones al propio presidente de la institución.
Tiempo después, el Dr. Latorre me diría algo que aumentó mi desconcierto.
—Yo podía haberte nombrado directamente —me dijo—. No era necesario ningún concurso. Eras especialista nuclear.
Luego añadió, con evidente tristeza:
—Pero ninguno de mis asesores me informó de esa posibilidad.
Mientras tanto, el Dr. Bravo intentaba dirigir el IPEN en medio de un escenario cada vez más complicado. A la presión política interna se sumaba otra fuerza que avanzaba silenciosamente: la Marina.
Desde años atrás existía el interés de los marinos por dirigir el IPEN. En una conversación que tuvimos con Wilfredo Huayta cuando era ministro de Energía y Minas, él mismo nos comentó que la Marina proponía como presidente del IPEN al contraalmirante Cristóbal Miletich.
Durante buena parte del período de Latorre, los compañeros del IPEN se habían dedicado a construir una narrativa conveniente: que Huarangal corría el riesgo de convertirse en un fortín terrorista.
Era una acusación grave.
Pero el fantasma del terrorismo servía como herramienta política. Permitía justificar el cambio de dirección y reforzar la idea de que la institución debía estar bajo otro tipo de control.
Las reuniones continuaban casi a diario.
Se habían convertido en una especie de gobierno en la sombra dentro del IPEN.
Y, como suele ocurrir en la política peruana, nadie sabía realmente para quién estaba trabajando.
Los marinos, que desde hacía años aspiraban a dirigir el IPEN, terminaron utilizando los mismos documentos elaborados por los apristas para construir un expediente que demostrara que la institución corría peligro en manos de los civiles.
La historia comenzaba a girar hacia un nuevo capítulo.
Y el reactor de Huarangal, construido para producir conocimiento, se había convertido en el escenario de una batalla por el poder.
El turno de los marinos
El caos que se vivía en el IPEN ya era evidente para todos. Con el terreno preparado por meses de intrigas y denuncias promovidas por los apristas, la decisión política resultó sencilla. Alan García terminó entregando la presidencia del IPEN al contraalmirante Cristóbal Miletich.
Para la Marina, aquello no fue una sorpresa, sino la culminación de una larga preparación.
Los marinos llevaban años formándose en temas nucleares. Incluso antes que los oficiales del Ejército, varios de ellos habían sido enviados al extranjero para realizar estudios de posgrado en ingeniería nuclear. Aquella formación había estado vinculada con los proyectos de compra de un reactor nuclear que el país evaluaba desde décadas atrás. Desde que los militares habían participado en la conducción del IPEN, la Marina también había recibido su parte en becas, cursos de especialización y misiones técnicas.
Ahora llegaba su turno.
La llegada de los marinos fue, en cierto modo, una maldición para los apristas. A diferencia de los grupos políticos que se movían en el IPEN, la Marina actuaba como un cuerpo cohesionado. La disciplina militar, cultivada durante años de carrera común, creaba un sentido de unidad difícil de quebrar.
Miletich no era un improvisado. Se había preparado durante años para ocupar ese cargo. Tras completar estudios de maestría en control de operaciones, había viajado a Argentina e Inglaterra para formarse en ingeniería nuclear. Conocía personalmente a todos los oficiales de la Marina que tenían preparación en ese campo. Cuando asumió la presidencia del IPEN, ese grupo se convirtió automáticamente en su círculo de confianza.
Dentro de la institución, los marinos contaban además con un hombre clave: el comandante Fernando Torres.
Torres conocía el IPEN como pocos. Era un oficial meticuloso, de una dedicación absoluta al trabajo. Al mismo tiempo, tenía una habilidad especial para escuchar. Se mantenía informado de todo lo que ocurría en la institución gracias a las innumerables reuniones de camaradería que organizaba o a las que asistía.
En esas reuniones, el comandante desplegaba una cordialidad que desarmaba a muchos. Era generoso, atento, siempre dispuesto a conversar. Organizaba celebraciones, torneos deportivos y encuentros informales donde los trabajadores del IPEN hablaban con libertad sobre la vida institucional. En medio de esas conversaciones, Torres recogía información valiosa.
Pensaba en todos los detalles.
Cada fin de año enviaba una tarjeta navideña a los trabajadores del IPEN, gesto que reforzaba su imagen de caballerosidad. Pero detrás de esa cortesía había también un observador atento. Torres conocía bien las intrigas que habían tejido los apristas dentro de la institución.
Los marinos, al fin y al cabo, eran profesionales de la confrontación. Habían sido formados para analizar fortalezas y debilidades. Y en el IPEN conocían ya muy bien a cada uno de los actores.
Eso les permitió actuar con rapidez.
Las primeras decisiones se tomaron en el terreno más sensible: la política de personal.
Dentro del IPEN existía un puesto especialmente codiciado: la jefatura de la Delegación Peruana en Buenos Aires. Era un cargo con sueldo internacional y una serie de privilegios heredados de los años en que los oficiales del Ejército habían controlado la institución. Para muchos funcionarios del IPEN, aquel puesto representaba una recompensa excepcional.
Miletich sabía que el líder aprista de mayor peso dentro del IPEN era el abogado Waldo Vinces, jefe del grupo conocido como el “pañuelo blanco”.
Así que tomó una decisión calculada.
Le otorgó precisamente ese puesto.
A Edwin Landa, ingeniero electrónico frustrado por sentir que nunca alcanzaba el reconocimiento que creía merecer, lo envió al Centro Nuclear de Huarangal. Allí quedaba lejos de la burocracia limeña, donde se encontraba el verdadero poder político del APRA.
Para Landa, el traslado fue casi un exilio.
Con el tiempo descargaría su frustración en un artículo publicado en las páginas de la Asociación de Profesionales Nucleares del IPEN, un texto que se haría famoso dentro de la institución: “Las Piedras Marinas”.
En él criticaba duramente la presencia de los marinos.
Mientras tanto, en Huarangal ocurría otro cambio importante.
Gilberto Salas, director del Centro Nuclear, fue reemplazado oficialmente por el comandante A. P. José Pereyra. El relevo se realizó en una reunión formal frente a los trabajadores del centro. Para Salas, aquel momento fue un trago amargo.
La estrategia de Miletich era clara.
Apartar a los apristas que habían enrarecido el ambiente institucional y, al mismo tiempo, entregar a los profesionales nucleares capacitados puestos de decisión intermedia, reservando para los oficiales de la Marina los cargos estratégicos.
Muchos de los especialistas nucleares del IPEN habían sido formados durante años en áreas muy específicas, siguiendo una planificación cuidadosa. Con el nuevo orden, el panorama parecía, al menos en apariencia, moderadamente prometedor.
Pero aún quedaba un obstáculo.
El grupo de militares del Ejército que durante años había ejercido un control casi absoluto del IPEN no aceptaba fácilmente el fin de su ciclo. La transición no fue inmediata. Sin embargo, con el tiempo la situación se fue resolviendo, sobre todo cuando algunos de esos oficiales optaron por renunciar.
En medio de esta reorganización, la Oficina de Recursos Humanos pasó a manos de Edgar Medina, profesor de electrónica graduado en la Universidad Nacional de Educación de La Cantuta, y de Hernán Amico, ingeniero electrónico de la UNI.
Con ello, el área de personal quedaba bajo la responsabilidad de profesionales nucleares.
Medina tenía una idea clara: la oficina de personal debía tener un peso decisivo dentro del IPEN. Bajo su iniciativa, el personal administrativo fue trasladado desde las barracas prefabricadas que ocupaban hasta un edificio de construcción sólida que antes había estado destinado a la electrónica.
Con ese cambio, las unidades administrativas ganaron una presencia mucho mayor dentro de la estructura institucional.
El concurso de plazas, que había quedado pendiente desde la gestión de Latorre, fue finalmente convocado por Miletich. Pero el nuevo concurso era muy distinto al anterior.
La estructura estaba inflada con plazas administrativas.
Miletich también impulsó otra idea: otorgar mayor autonomía al Centro Nuclear de Huarangal respecto de la sede central de San Borja. Para ello se creó una doble administración: una para Lima y otra para Huarangal.
En la nueva estructura incluso apareció una plaza para un mozo destinado a atender la dirección del Centro Nuclear.
Con ese esquema, el IPEN comenzaba a cargar con un aparato burocrático considerable.
El concurso incluyó un examen psicotécnico escrito realizado en un colegio cercano, una entrevista personal ante una comisión evaluadora y la revisión del currículo vitae.
En ese concurso obtuve la mayor calificación, con el nivel P12. El siguiente profesional en la escala ocupó el nivel P9.
Para mí significaba algo importante: se abría nuevamente la posibilidad de trabajar en lo que más me interesaba.
Equipar la sala experimental del reactor de Huarangal.
El trabajo que me esperaba se convirtió en una experiencia reveladora. Allí comprendí que hacer ciencia en el Perú era muy distinto a hacerlo en países con una sólida tradición científica.
Miletich imaginaba al IPEN como una empresa. Para ello creó una estructura gerencial que reorganizaba completamente la institución.
Aparecieron la Gerencia de Investigación y Desarrollo, la Gerencia de Ingeniería, la Gerencia de Radioisótopos, la Gerencia de Reactores, la Gerencia de Seguridad Radiológica y la Gerencia de Proyectos y Contratos.
Esta última reunía a una quincena de profesionales encargados de comercializar los productos del IPEN.
Pero el esquema no funcionó como se esperaba.
En realidad, los únicos productos con un mercado estable eran los radioisótopos destinados a hospitales y centros médicos. Poco a poco, la producción nacional comenzaba a reemplazar a los radioisótopos importados. También se ofrecían servicios de radioprotección y mantenimiento de equipos electromecánicos.
El objetivo de Miletich era ambicioso: lograr que el IPEN se autosostuviera económicamente.
Pero la realidad era otra.
Un instituto nuclear no es una empresa rentable en el corto plazo. Los frutos de la investigación científica y tecnológica suelen aparecer sólo en el mediano y largo plazo, y muchas veces se traducen en algo intangible: el desarrollo del conocimiento y la capacidad científica de todo un país.
Eso no se reflejaba inmediatamente en ingresos económicos.
Mientras tanto, el aparato administrativo crecía.
Y la realidad comenzaba a poner en aprietos a una estructura burocrática demasiado grande para la limitada actividad comercial que podía sostener.
Física en el reactor
En el grupo de Física Nuclear y Estado Sólido, conocido como FINES, la situación era paradójica. Teníamos un reactor nuclear moderno, pero prácticamente ningún instrumento científico para realizar investigación con los haces de neutrones.
Sin equipamiento, la única salida era imaginarlo.
Nos dedicamos entonces a diseñar proyectos. Pasábamos horas discutiendo esquemas, dibujando planos, revisando artículos científicos y estudiando cómo funcionaban instalaciones similares en otros países. Preparábamos propuestas que pudieran convencer al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, el CONCYTEC, de que el reactor de Huarangal podía convertirse en un verdadero centro de investigación.
Los primeros proyectos apuntaban a construir una facilidad de neutrografía y un laboratorio de huellas nucleares. Al mismo tiempo, comenzamos a estudiar el diseño de un difractómetro de neutrones y la posibilidad de realizar experimentos de medición de densidad de suelos mediante técnicas nucleares.
El presidente del CONCYTEC era entonces el doctor Carlos del Río, un científico formado en la Universidad de Stanford y con gran influencia en el gobierno aprista. Del Río había logrado obtener recursos importantes para financiar proyectos de investigación en el país.
Gracias a ese apoyo, obtuvimos el financiamiento necesario para adquirir los componentes indispensables del sistema de neutrografía.
Para nosotros aquello era urgente.
Sentíamos que debíamos recuperar el tiempo perdido.
Los jóvenes del FINES se entregaron al trabajo con entusiasmo. Los físicos Sergio Benites, Yuri Ravello, Manuel Brocca, Fernando Espinoza y Patrizia Pereyra, junto con el químico Pablo Flores, dedicaron largas jornadas a montar equipos, ajustar componentes y resolver problemas técnicos.
Poco a poco, el esfuerzo comenzó a dar resultados.
Logramos poner en funcionamiento la instalación de neutrografía y el laboratorio de huellas nucleares.
Era un paso importante.
Con el diseño del difractómetro de neutrones ya avanzado, presentamos un nuevo proyecto al CONCYTEC. Nuevamente obtuvimos un apoyo financiero significativo. Aquello nos llenó de optimismo. Sentíamos que, finalmente, la física experimental comenzaba a abrirse paso en Huarangal.
Pero entonces ocurrieron algunos hechos que cambiarían el destino del FINES.
El primero fue inesperado.
Debido al financiamiento que habíamos obtenido, el doctor Del Río visitó Huarangal para participar en la inauguración de los nuevos instrumentos y laboratorios. Durante esa visita, muchos en el grupo FINES se enteraron de algo que resultaba difícil de aceptar.
Mientras nosotros hacíamos enormes esfuerzos para conseguir materiales, piezas e instrumentos con los cuales construir laboratorios de investigación, los directivos del Centro Nuclear solicitaban recursos para suplementos salariales.
La situación cruzó el límite de lo razonable cuando una parte del dinero destinado al difractómetro fue desviada hacia un proyecto con una empresa comercializadora de minerales, MIMPECO, bajo la hipótesis de que esa actividad sería rentable.
La otra parte del dinero se utilizó para aumentar los sueldos de los trabajadores.
El golpe fue duro.
Mientras nosotros elaborábamos programas detallados para levantar laboratorios de física en Huarangal, otros profesionales —de la misma generación que los jóvenes del FINES— comenzaban a buscar becas para salir del país.
La ciencia peruana, una vez más, parecía empujar a sus propios investigadores hacia el extranjero.
Aquello fue debilitando lentamente el espíritu de cuerpo que habíamos construido dentro del FINES. Las conversaciones comenzaron a cambiar de tono. Ya no se hablaba solamente de experimentos y proyectos.
Muchos empezaron a preguntarse cómo irse.
Tecnología como slogan político
En medio de ese ambiente de frustración y desaliento comenzó la campaña electoral de 1990.
El país entero estaba en crisis. La hiperinflación, la violencia y el desgaste del gobierno aprista habían dejado al Perú en una situación caótica. Mario Vargas Llosa, escritor de fama mundial, aparecía como el favorito para ganar las elecciones.
El APRA no tenía prácticamente ninguna posibilidad de continuar en el poder. La forma en que el gobierno había administrado la economía y el comportamiento de muchos de sus militantes dentro de las instituciones del Estado habían erosionado profundamente su credibilidad.
Por otro lado, la Izquierda Unida, desgastada por interminables disputas internas, había perdido gran parte de su representatividad.
Vargas Llosa se presentó respaldado por los sectores más conservadores del país, los mismos que en el pasado no habían logrado consolidar proyectos de gobierno duraderos.
Los electores buscaban desesperadamente una alternativa.
Fue en ese escenario cuando apareció un candidato inesperado: Alberto Fujimori, un ingeniero agrónomo y ex presidente de la Asamblea Nacional de Rectores.
Su lema era simple: Tecnología, Honradez y Trabajo.
Con una campaña modesta, casi franciscana, Fujimori recorrió el país. Mientras tanto, Vargas Llosa realizaba una campaña espectacular, respaldada por grandes recursos económicos.
Contra todos los pronósticos, el resultado fue sorprendente.
Fujimori venció al escritor.
La noticia sacudió al país.
Y también al IPEN.
Miletich observaba el nuevo escenario con preocupación. Alguien le había hecho creer que dentro de la institución se estaba organizando un movimiento para desplazarlo de la presidencia.
Pero la realidad era mucho menos dramática.
Aparte de los apristas, no existía en el IPEN ningún grupo realmente organizado. Ni el Sindicato de Trabajadores ni la Asociación de Profesionales Nucleares poseían una cohesión suficiente para actuar como fuerza política dentro de la institución.
Sin embargo, en el clima incierto que vivía el país, los rumores crecían con facilidad.
Mientras tanto, en Huarangal, el reactor seguía allí.
Silencioso.
Esperando que la física, algún día, pudiera imponerse sobre la política.
