De regreso al IPN y otra vez Orsay
Estando aún en la GSI, ya tenía sobre la mesa una invitación formal del CNRS para pasar un año como investigador invitado en el Institut de Physique Nucléaire d’Orsay.
Sin embargo, en marzo de 1986 regresé a Lima con la intención de reincorporarme al Instituto Peruano de Energía Nuclear. A pesar de todo lo ocurrido, todavía creía posible reconstruir puentes.
El general Juan Barreda, quien me había expulsado, ya no estaba. En su lugar había asumido el ingeniero minero Guillermo Flores, cercano al Partido Aprista Peruano, que gobernaba el país desde julio de 1985.
Pensé que el escenario había cambiado.
Me equivoqué.
—Doctor Montoya —me dijo un funcionario con franqueza incómoda—, existe resistencia interna a su regreso.
El ingeniero Gonzalo García, entonces decano del Colegio de Ingenieros del Perú, convocó a una reunión con el nuevo presidente del IPEN y conmigo.
—No es un problema técnico —explicó Flores—. Montoya tiene influencia que puede perturbar la gestión.
Siguió un silencio.
En esos años, muchas instituciones del Estado habían organizado asociaciones de trabajadores apristas que buscaban cogobernar junto con las autoridades formales. La ciencia no escapaba a esa lógica. No se trataba de saber, sino de lealtades.
Ante el cierre de las puertas de los laboratorios nucleares en el Perú, acepté la invitación del CNRS. Fui a la Embajada de Francia para solicitar la visa. El embajador me recibió con cordialidad.
—Doctor Montoya —dijo, hojeando la carta oficial—, al tratarse de una invitación del CNRS, no solo se le otorgará la visa. El Estado francés cubrirá también los pasajes.
—Gracias. En el Perú no siempre es así con los científicos.
Sonrió con discreción.
—Francia decidió apostar por la ciencia hace mucho tiempo.
Salí con una sensación punzante y conocida: mientras el Estado peruano dudaba o bloqueaba, otros países respaldaban y estimulaban.
Orsay y Lima seguían conectadas, pero ya no por la política, sino por la ciencia.
Con Véronique mantuvimos siempre el contacto. En mi retorno a Orsay, tomamos un departamento en Le Guichet, cerca del río Yvette. La vida recomenzaba en un paisaje familiar.
En el Institut de Physique Nucléaire me integré al equipo de Bernard Borderie, dedicado al estudio de colisiones nucleares violentas en el Grand Accélérateur National d’Ions Lourds.
Sin embargo, el tema que dominaba Orsay en 1986 era el entrelazamiento cuántico. En nuestra primera reunión, Borderie me habló de la figura que concentraba la atención de la comunidad científica.
—La gran noticia está lejos de nuestras colisiones —dijo—. Ahora todos hablan de Alain Aspect.
—¿Por los experimentos que ponen a prueba las desigualdades de Bell?
Asintió.
Alain Aspect había demostrado experimentalmente el entrelazamiento cuántico de fotones emitidos por un mismo átomo: correlaciones que se mantienen incluso cuando las partículas están separadas por grandes distancias.
Aquello cuestionaba la objeción de Albert Einstein sobre la “acción fantasmal a distancia” y confirmaba las predicciones de Niels Bohr y Werner Heisenberg.
Me quedé pensativo.
—Einstein quería un universo local y completo —dije—. Pero la naturaleza parece más sutil… y más audaz.
—Y lo inquietante —respondió Bernard— es que no es una especulación filosófica. Es un resultado experimental.
Si el universo nació concentrado en un solo punto, ¿por qué no pensar que lo que alguna vez fue uno conserve alguna forma de correlación invisible, ajena a nuestras intuiciones clásicas del espacio y el tiempo?
—Tal vez —dije finalmente— nunca dejamos de estar conectados del todo.
Bernard levantó la taza como en un brindis silencioso.
—Eso ya no es solo física nuclear. Es una idea peligrosa… y hermosa.
Pensé que el entrelazamiento no era solo una propiedad de los fotones. También parecía manifestarse en las personas y en los lugares. Orsay, Lima, Darmstadt: puntos separados en el espacio, pero unidos por una misma corriente de búsqueda.
Alain Aspect había iniciado su tesis en 1975 en Orsay, el mismo año en que yo comenzaba mi doctorado. La concluyó en 1983, dos años después de la mía. La magnitud de su descubrimiento fue descomunal comparada con mi trabajo sobre fisión fría.
Así es la ciencia, pensé.
Todos avanzamos.
Pero no todos abrimos grietas en los cimientos del mundo.
Colisiones, música y una nueva generación
El grupo de Bernard Borderie investigaba colisiones entre núcleos con energías del orden de 27 MeV por unidad de masa, un régimen en el que la materia nuclear se comporta de manera extrema. En el Grand Accélérateur National d’Ions Lourds, los iones pesados eran acelerados hasta velocidades suficientes para forzar al núcleo a explorar regiones límite de su propia estabilidad.
La detección de los productos de estas colisiones permitía analizar la dinámica interna del núcleo en situaciones críticas. A diferencia de los experimentos de fusión nuclear que había conocido en la GSI, orientados a producir elementos superpesados, en el GANIL predominaban procesos de multifragmentación casi explosivos. El núcleo no se fundía: se desgarraba en múltiples fragmentos intermedios, como si su cohesión cediera de pronto bajo la presión interna.
Cuando el invierno de 1987 tocaba a su fin, los experimentos sobre colisiones violentas concluían con éxito, y la física nuclear vivía días de intensidad febril. Yo, paralelamente, continuaba concentrado en mis investigaciones sobre fisión nuclear. Mi trabajo sobre los efectos par–impar en la fisión a bajas energías lo presenté en un International Workshop realizado en Aussois, del 16 al 20 de marzo de 1987.
Recuerdo ese encuentro con nitidez, no solo por la ciencia, sino porque allí percibí un cambio silencioso —casi imperceptible— en la manera de ser científico en Europa.
Una tarde, después de las conferencias, bajamos al restaurante. El ambiente era distendido. Un colega alemán dejó la carpeta a un lado y dijo, sonriendo:
—Por hoy, basta de ecuaciones. Mañana volverán a perseguirnos.
—Antes —respondió otro, veterano— seguíamos discutiendo hasta medianoche.
—Antes —replicó una joven investigadora— también nos tomábamos todo demasiado en serio.
En otros tiempos, al caer la noche, los científicos prolongaban las discusiones con la misma intensidad que en las salas de conferencias. Se defendían hipótesis como posiciones en una trinchera intelectual. En Aussois, en cambio, ocurría algo distinto. Un grupo de jóvenes españolas, veinteañeras, bailaba despreocupadamente al ritmo de “Voyage, voyage”. La música hablaba de horizontes abiertos, de desplazamientos, de libertad.
Me acerqué a la mesa y comenté en voz baja:
—Parece que la física ya no necesita gritar para existir.
Uno de los organizadores asintió:
—Las nuevas generaciones son distintas. Hacen ciencia… y viven.
Aquella frase me quedó resonando. La ciencia europea seguía siendo rigurosa, exigente, competitiva. Pero ahora dejaba espacio para el movimiento, para la música, para la ligereza.
Noté también otro detalle: España comenzaba a hacerse visible en las conferencias científicas, no como presencia aislada, sino como delegación numerosa y activa. Era una señal discreta de transformación en el mapa científico europeo.
Mientras observaba la escena, pensé que la física nuclear estaba cambiando de rostro. La generación formada en la posguerra, marcada por la austeridad, la competencia ideológica y el peso histórico de la bomba, convivía ahora con otra más desinhibida, menos solemne, quizá más segura de sí misma.
El invierno de 1987 se retiraba lentamente de los Alpes y de la región parisina. Tras el workshop de Aussois regresé a Orsay con la sensación de haber sido testigo de algo más que discusiones sobre energías de decenas de MeV por nucleón o fragmentaciones múltiples.
Algo más profundo se movía.
Una nueva generación emergía con otra forma de habitar la ciencia: menos rígida, más humana.
Y yo me encontraba, una vez más, en medio de una transición. Entre núcleos que se desintegraban violentamente y una comunidad científica que aprendía a respirar de otro modo.
El valle del Yvette y la decisión
En Orsay, con Véronique tuvimos tiempo para vivir como pareja. Siempre encontrábamos maneras de entrar en contacto con la naturaleza y con la historia.
—¿Vamos a caminar por el valle del Yvette? —sugería—. Hay parques que dan calma al espíritu.
—Buena idea. Vamos.
Un día caminamos junto al río Yvette, entre árboles aún desnudos por el invierno que se despedía. Hablamos de ciencia, de trayectorias humanas sometidas a fuerzas externas y de equilibrios frágiles que, a veces, logran sostenerse.
Allí, en esas laderas tranquilas, comprendí por qué algunas uniones perduran.
Algunas tardes salíamos a respirar entre las flores y las hierbas que cubrían las laderas del valle, en el campus universitario. Caminando por Orsay, hablábamos de física, pero también de los lazos invisibles que unen a investigadores de disciplinas distintas, más allá de los laboratorios.
—La interacción entre nosotros es humana —le dije una vez, deteniéndonos a mirar el río—, y obedece a razones del corazón que la razón no entiende.
Ella sonrió, como si reconociera la idea sin necesidad de citarla.
Véronique enseñaba matemáticas en un colegio privado. A menudo me hablaba de su preocupación por el desinterés que algunos alumnos mostraban hacia el aprendizaje.
—Lo difícil en estos tiempos es comprender a los escolares —me confió—. Hay alumnos que no toman en serio la vida, ni siquiera su propia educación.
—Los jóvenes no siempre son conscientes de lo que significa la educación para su futuro —respondí—. A veces ni siquiera se preocupan por él.
—Me apena saberlo. Muchos maestros pierden la esperanza y realizan su labor sin verdadero compromiso. “Si no se preocupan por aprender, ¿por qué deberíamos estresarnos por ellos?”, se dicen.
Guardamos silencio unos segundos. El agua del Yvette avanzaba con una calma obstinada.
Sus palabras me devolvían inevitablemente al Perú. Pensaba en un país cuyas políticas públicas poco hacían por la educación y donde docentes jóvenes emigraban ante la imposibilidad de vivir con dignidad. Mientras Europa debatía la termodinámica nuclear y el entrelazamiento cuántico, mi país seguía sin comprender que sin ciencia no hay futuro y que, sin respeto para quienes enseñan, no hay esperanza.
Una tarde de abril decidimos pasear por el Parc botanique de Launay, a orillas del Yvette. Tomados de la mano, recorríamos senderos donde la primavera comenzaba a imponerse. El agua avanzaba en silencio, como si también escuchara.
—Se acerca la fecha de mi regreso a Lima —le dije—. Debo retomar mis funciones en la UNI. Estoy con licencia hasta fines de este mes.
Hice una pausa y añadí, casi en susurro:
—¿Te atreves a ir conmigo?
Véronique no soltó mi mano. La apretó con más fuerza.
—Ahora me toca a mí pedir licencia en Francia —respondió— para seguir a un científico que no deja de pensar en su país, que escribe artículos en La República y promueve la ciencia en los Andes.
—Lo haremos juntos, entonces. Dentro de poco.
—El desafío vale un Perú —dijo, abrazándome con una ternura que solo podía llamarse científica.
Así fue mi estadía en los campos de la Universidad de Orsay, junto a Bernard Borderie, Bernard Fabbro y François Naulin, colegas que me mostraron, sin discursos grandilocuentes, el significado profundo de la solidaridad científica internacional.
Fortalecido por nuevos conocimientos y por una certeza íntima, me aprestaba a regresar a la patria.
No volvía solo.
Volvía acompañado de la convicción de que la ciencia también puede ser un acto de amor y de fidelidad a un país que, aun sin saberlo, sigue esperando.
Ciencia como acto de resistencia
Cuando regresé a Lima, el país ya no era el mismo.
O quizá quien había cambiado era yo.
Durante el año que estuve fuera, el Perú había sufrido un colapso que no se medía solo en cifras económicas, sino en el ánimo de su gente. La inflación devoraba los salarios antes de que llegaran al bolsillo. En las universidades estatales no existían presupuestos que permitieran siquiera imaginar una investigación sostenida. Los jóvenes graduados que podían se iban. Los que se quedaban aprendían pronto el arte de la resignación.
En el Instituto Peruano de Energía Nuclear, la situación no era distinta. Yo seguía vetado. No podía regresar a sus laboratorios. Era una exclusión silenciosa, sin resolución escrita ni explicación formal, pero efectiva. En los pasillos académicos se hablaba en voz baja, con una mezcla de cansancio y derrota. Evitaba esas conversaciones: eran pantanosas, contagiosas.
Decidí entonces intensificar —casi con terquedad— la promoción de la ciencia en el Perú. No como política pública estructurada, sino como acto de resistencia.
Viajé a Salpo para averiguar qué había ocurrido allí durante la observación del cometa Halley. Sabía que un grupo de físicos de la Universidad de Trujillo había subido al cerro Ragash, el punto más alto de la región. En Trujillo me reuní con el profesor Rogelio Llatas.
—Pensamos construir un observatorio astronómico en el Ragash —me dijo—. Presentaremos un proyecto al CONCYTEC. Pero necesitamos que alguien done un terreno a la universidad. No se puede construir en propiedad privada.
—¿Alguien ha manifestado esa voluntad?
—No, todavía no.
—Entonces, al menos promovamos observaciones con pequeños telescopios —insistí—. No esperemos el gran proyecto.
—Eso haremos. Hay profesores jóvenes, entusiastas.
Salí con una sensación ambigua: esperanza sostenida por hilos delgados.
Con esa información escribí el artículo “El Observatorio de Salpo”, publicado en el diario La República. Allí había entablado amistad con Alfonso Latorre, director de la página de Opinión. Nos reuníamos en un café cercano y conversábamos largamente.
Una tarde le dije:
—La distancia entre las potencias industriales y nuestros países se agranda al mismo ritmo que la miseria material de nuestros pueblos. Donde antes los pescadores artesanales recogían peces suficientes para vivir, ahora llegan barcos fábrica que lo absorben todo en horas.
Me miró en silencio.
—Escribe eso. Hay que decirlo.
Así nació el artículo “Política científica: construyendo nuestro destino”. En él reclamaba algo elemental y ausente: la colaboración entre las instituciones científicas del país. Laboratorios dispersos, equipos subutilizados, investigadores aislados, cada uno defendiendo su pequeña parcela de supervivencia.
Continué mis visitas.
En la Universidad Peruana Cayetano Heredia, el profesor José Bauer me habló de trabajos en lixiviación bacteriana para recuperar metales de minas abandonadas.
—Avanzamos —me dijo—, pero cuando intentamos aplicar el método a casos reales todo se traba. Las empresas quieren resultados inmediatos, no procesos.
La ciencia no tenía tiempo en un país que vivía al día.
En el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas conocí los avances en radioterapia. César Picón, físico formado en la UNI, me explicó:
—Tenemos bombas de cobalto y un acelerador lineal. Podemos atacar el tumor.
—¿Y la prevención? Sin información pública siempre llegamos tarde.
—Estamos empezando campañas de educación —respondió.
También visité el Instituto de Enfermedades Tropicales. El doctor Jorge Arévalo me habló de técnicas genéticas para identificar bacterias patógenas mediante moléculas complementarias de ADN.
Había inteligencia.
Había esfuerzo.
Había vocación.
Lo que no había era un país que sostuviera sistemáticamente ese esfuerzo.
Mi regreso me permitió ver con mayor claridad la realidad científica y tecnológica nacional. Evitaba a los colegas que se habían rendido y enseñaban en dos o tres universidades para sobrevivir. No los juzgaba; comprendía sus razones.
Pero yo no podía hacer lo mismo.
Había elegido otro camino.
Reencuentro en Miraflores
Con Véronique habíamos acordado que vendría para reencontrarnos. Para recibirla compré un departamento en Miraflores, a una cuadra del siempre concurrido parque Kennedy. No fue una decisión práctica: fue un gesto de espera.
Hubo noches en que dudé. Me parecía casi irreal que una joven profesora, con un trabajo estable en el Ministerio de Educación de Francia, decidiera venir a una Lima sitiada por las bombas de Sendero Luminoso, donde la escasez estrechaba cada día más la posibilidad de vivir sin sobresaltos.
Pero ocurrió.
La esperé en la salida de vuelos del aeropuerto Jorge Chávez con el corazón inquieto. El tiempo parecía haberse detenido: cada minuto se alargaba hasta volverse insoportable. Cuando por fin la vi aparecer entre los pasajeros, supe de inmediato que nuestras vidas compartían algo esencial, algo que no admite negociación. Nos abrazamos sin medir la duración; el mundo alrededor dejó de existir.
—Mis padres no estaban de acuerdo con este viaje —me dijo después—. Lo veían demasiado arriesgado. Pero respetaron mi decisión y me acompañaron hasta el aeropuerto.
—Yo temía que desistieras —le confesé.
Negó suavemente con la cabeza.
—Ni siquiera lo pensé.
Esa noche, una matemática parisina y un físico andino permanecieron largo rato mirando el mar desde el malecón de Miraflores. Las olas, al romper abajo, parecían traducir el ritmo de sus corazones y los sueños que comenzaban a tomar forma: un futuro compartido, todavía impreciso, pero ya inevitable.
Al día siguiente cruzamos Lima rumbo a la universidad. Véronique se entrevistó con el decano de la Facultad de Ciencias de la UNI
, Jaime Ávalos, físico formado en Grenoble. Llevaba consigo una maestría obtenida en la Universidad París VII, pero no la exhibía como credencial, sino como herramienta.
Cuando salió de la entrevista me buscó con la mirada y, antes de que pudiera preguntarle nada, compartió su alegría:
—Empiezo en un mes y medio, en el segundo semestre.
Lo celebramos en la cafetería de la facultad con un par de tazas de café que no se parecían en nada a las de París, pero que tenían el sabor inconfundible de un comienzo.
Durante ese mes recorrimos Lima con curiosidad serena. A Véronique le atraían especialmente los sitios arqueológicos. En Puruchuco y Pachacámac caminaba despacio, observando los muros antiguos como si aún aguardaran ser interrogados. Decía poco, pero sus silencios eran atentos, densos de significado.
En agosto empezó a enseñar en la Facultad de Ciencias de la UNI. Pronto se integró con naturalidad al cuerpo docente. Los estudiantes la escuchaban con respeto; los colegas, con interés. Había en ella una claridad didáctica que trascendía el idioma y el acento.
Y pese a los riesgos de vivir en una ciudad asediada por la violencia, reafirmó sin dramatismo su decisión de quedarse. De mantener unida a la pareja que había nacido, casi por azar, en una noche cultural andina en París y que ahora echaba raíces en una tierra distinta, áspera y entrañable.
Una tarde, caminando por el malecón de Miraflores, me dijo:
—Cuando era niña, me fascinaba la idea de conocer China. No por lo exótico, sino por lo distinto.
Se quedó mirando el mar unos segundos.
—Ahora estoy en el Perú con la sensación de que, de algún modo, estoy viviendo esos sueños infantiles.
—¿Cuenta mi existencia en eso? —pregunté.
Me miró con una sonrisa abierta.
—Eres el principal culpable —dijo, riendo.
Y comprendí que el verdadero viaje no había sido solo geográfico.
Habíamos decidido, juntos, construir una vida en medio de la incertidumbre. Y esa decisión, más que cualquier ecuación, definía el rumbo.
