Capítulo 1: Infancia: entre desierto y montaña

El desierto, el hierro y el oro

Mis primeros recuerdos no son de montañas, sino de un desierto atravesado por una carretera en construcción. Huambacho, al sur de Chimbote, principios de los años cincuenta. La Panamericana se abría paso entre arena y polvo, y mi padre, Álvaro, trabajaba allí como carpintero.

Vivíamos en una habitación de estera, frágil como una caja de fósforos en medio de máquinas descomunales. Tractores, palas mecánicas y volquetes dominaban el paisaje. Una vez, uno de esos volquetes retrocedió sin advertir nuestra presencia y estuvo a punto de arrasar la vivienda. Recuerdo el ruido, el sobresalto, la sensación de que el mundo podía aplastarnos en cualquier momento.

Por las tardes pasaba un tren cargado de cañas de azúcar, medio quemadas. A veces lanzaban algunas al costado del camino y los niños corríamos a recogerlas como si fueran tesoros. El tren era movimiento; nosotros, provisionalidad.

Luego vino la invasión de una colina arenosa en Chimbote. Me veo con un palo en la mano, “participando” en la toma de lo que sería el barrio Bolívar, más tarde llamado Progreso. Las esteras se levantaban como banderas de una conquista humilde. La casa que construimos tenía vista al mar. No era una casa sólida, pero era nuestra.

Recuerdo el primer día en la escuela El Santa. Mi madre me llevó de la mano. El patio me pareció enorme. Aprendí a leer, pero también a mirar. En los paseos escolares caminábamos hacia la playa frente al Hotel de Turistas, en la plaza 28 de Julio. La arena era limpia, el mar transparente. Observaba los carreteros y los muy muyes con la misma curiosidad con que más tarde observaría máquinas y núcleos atómicos. Todo me interrogaba.

Pero lo que más me impresionaba en Chimbote era la planta siderúrgica de SOGESA, hoy SiderPerú. Aquello no era una fábrica: era un universo tecnológico. Mi padre ingresó allí después de varios trabajos temporales. Cuando podía acompañarlo, quedaba hipnotizado por los electroimanes que levantaban montañas de chatarra con una fuerza invisible. Yo recogía pequeños imanes y los llevaba a casa. En la arena del barrio dibujaba figuras con las limaduras de hierro. Sin saberlo, jugaba con campos magnéticos.

Mi padre, además, construía guitarras en su taller. Observándolo, intenté imitarlo. Con alcohol y tubos calientes trataba de dar forma a la madera. No siempre resultaba, pero entendí que transformar la materia exigía paciencia y método.

Un día, durante el almuerzo, mi madre dejó los cubiertos y me habló con su dulzura habitual.

—Hijito, tu abuelito José nos espera en Salpo. Vamos a verlo por las vacaciones.

Sentí una mezcla de entusiasmo y curiosidad. Salpo era el lugar donde había nacido, pero que no recordaba.

El viaje comenzó de madrugada. Tomamos “La Chimbotera”, el ómnibus celeste que iba hacia Trujillo. Quedé impresionado al ver el río Santa, el más caudaloso de la costa —como repetía mi maestra Josefina Alvarado—, que descendía desde los nevados de la Cordillera Blanca. El agua parecía traer historias de alturas que yo aún no conocía.

Luego vinieron los desiertos interminables. Me parecían un castigo. La alegría regresó brevemente en los valles de Chao y Virú. En Virú nos detuvo un control policial. Sentí miedo, pero mi madre me tomó en brazos. Su gesto bastó para disiparlo. Subieron vendedoras de frutas; nadie les compró. Me dio pena verlas bajar con la misma carga.

Trujillo me pareció enorme, más grande que Chimbote, aunque no vi el mar. Desayunamos rápido en el Mercado Central y caminamos hasta la Portada de la Sierra. Allí nos esperaba la “góndola” de Milciades Meléndez, el vehículo más lento que haya conocido. Los asientos eran tablas largas para toda una fila. Sentí que nos adentrábamos en otro mundo.

Pasamos por campos de caña de azúcar. Luego empezó la subida. El río Moche corría ruidoso al fondo del valle. El polvo entraba por todas partes. En Samne vi las vagonetas suspendidas de un teleférico.

—Traen mineral de Shorey —me explicó mi madre.

—¿Para qué sirve el mineral?

—Se convierte en oro y vale mucho dinero.

—¿Y de quién es?

—De la Northern… de los norteamericanos.

La palabra oro quedó flotando en mi mente. Oro que salía de la montaña y no se quedaba allí.

—Mira —dijo mi madre señalando una punta del cerro—. Ahí está Salpo.

El camino bordeaba precipicios. En Agallpampa bajamos un momento. Allí comenzó el malestar. Dolor de cabeza. Cansancio. Luego una bajada profunda hasta Chanchacap, y otra subida interminable. El motor rugía. El frío se intensificaba.

Chanchacap parecía un paraíso de árboles a cada lado del río. Después de Chanchacap, en góndola subió por una empinada cuesta. Pasamos por Milluachaqui, un pueblo minero casi abandonado.

—Cuando se acabó el mineral, la Northern se fue —dijo mi madre—. Desarmaron todo.

Entramos a Salpo por la Casa de la Lata, entre excavaciones enormes.

—Aquí hubo mucho oro.

—¿No hay otra cosa por estos lugares? —murmuré, mareado.

Al fin llegamos. Mi madre abrazó a sus padres, José y Lastenia. El abuelo José me alzó en brazos.

—Hay que darle agua de coca, no sea que le dé soroche.

Pero ya era tarde.

Recuerdo el vómito, el dolor punzante, la oscuridad. Dos días después estábamos de regreso en Chimbote. He borrado el viaje de retorno. Solo recuerdo el grifo al borde de la Panamericana y la caminata hacia nuestra casa de estera.

Mi padre se sorprendió.

—¿Tan pronto?

—Modesto no resistió. Casi se muere —dijo mi madre—.

—La próxima vez lo prepararemos bien —respondió mi padre.

No lo sabía entonces, pero entre el desierto de Huambacho, el hierro de SOGESA y el oro que partía de la sierra, se dibujaban las primeras líneas de mi historia. Crecí entre máquinas que transformaban la materia y montañas que entregaban su riqueza a otros. Entre el mar y la altura. Entre el hierro y el oro.

Y aunque el soroche me obligó a retroceder aquella vez, la montaña ya había empezado a llamarme.

El verano de 1958 empezó con una decisión que no fue mía.

—Nos vamos a Salpo —dijo mi madre, como si anunciara algo natural—. El abuelo José quiere enseñarte lo que aprendió de su abuelo.

Sentí un golpe seco en el estómago. La sola palabra Salpo traía de vuelta el frío, el soroche, la cabeza que parecía estallar.

—¿Salpo? —pregunté, casi como quien pide una rectificación.

—Salpo, sí —respondió acariciándome la cabeza—. Tu abuelita Lastenia y tu taita José nos esperan. Y yo extraño mis cerros… y mi ganado.

Miré a mi padre.

—¿Y tú no tienes nada en Salpo?

—Mi taller —respondió—. En Mansiche. Pero aparte de eso, no tenía nada propio.

Esa frase quedó resonando. Nada propio. Quizá por eso nos habíamos quedado en Chimbote, entre arena y hierro.

—Pero antes de tu viaje, acompáñame a un trabajo que tengo que hacer —me dijo—.

Mi padre me cargó sobre sus hombros y cruzamos la ciudad hasta la Caleta, el barrio de chalets donde vivían los ingenieros de SOGESA. Bajamos por la avenida Manuel Ruiz, la calle Bolognesi ya asfaltada, el contraste entre el orden de los chalets y nuestras casas de estera del Barrio de Acero.

Llegamos a la casa de don Michel. La puerta tallada brillaba. Dentro no había polvo. Una mujer limpiaba con un plumero. Me pareció un mundo distinto.

—Alvarito, eres puntual —dijo el dueño, con un acento extraño—. ¿Un café o una copa de vino?

Mi padre pidió café. Hablaron del ropero de tres cuerpos, de bisagras sin aceite, del color que necesitaba charol. Yo miraba el jardín a través del vidrio. Dos niñas jugaban.

—¿Quieres jugar con ellas? —me preguntó don Michel.

No tuve tiempo de responder. Ya estaba frente a Laurence y Chantal. Laurence hablaba mejor español que su padre. Me propuso jugar osselets. Yo, que prefería trompos y fulbito, acepté. Reímos. Descubrí que las diferencias de idioma podían convertirse en juego.

Pero el viaje verdadero empezaba en la sierra.

Balcón de oro

Llegar a Salpo en 1958 fue otra vez traumático. La primera comida, shambar de trigo medio molido con papas, me pareció una prueba de resistencia. Me obligaron a comer. Luego me acostumbré. Con el tiempo aprendí a distinguir el shambar entero, el que traía algo de carne o piel de chancho, como un premio excepcional.

La Escuela 255 fue mi nuevo mundo. Con mis compañeros íbamos a una mina cercana a cargar pequeños sacos de mineral. Entre dos o tres los subíamos al camión y recibíamos veinte centavos. Con eso comprábamos una cachanga con miel. El mineral se convertía en pan dulce.

También fabricábamos nuestras propias tizas. Entrábamos a una mina de tierra blanca con lámparas de carburo. Los socavones oscuros me aterraban. El suelo era húmedo y resbaladizo. Pero al salir y moldear aquellas bolitas grises que al secarse se volvían blancas, sentía una alegría inexplicable. Transformar la tierra en herramienta.

Buscaba arcilla para hacer altos relieves que nos dejaba como tarea el maestro Estuardo Meléndez. Cuidaba la parcela de jardín que me asignaron en la plaza central. Cada jueves, el profesor nos llevaba al campo para enseñarnos a leer la naturaleza: qué plantas evitar, qué señales del cielo observar.

Las noches eran extraordinarias. Miraba el cielo junto al taita José. Las estrellas fugaces surcaban la oscuridad. Él miraba hacia Quiruvilca, al este, intentando predecir el clima.

—Si no llueve en diciembre, la siembra peligra —decía.

Salpo sobrevivía esperando la lluvia como se espera la continuación de la vida.

El taita José no solo era agricultor; era un defensor de sus tierras. Caminaba desde las cinco de la mañana hasta Otuzco para seguir los juicios contra los remanentes de hacendados que pretendían despojarnos.

Yo lo esperaba en el balcón, sentado siempre a su izquierda, en el tronco de eucalipto.

—Los jueces piden plata —me dijo una vez, mascando coca—, pero la verdad gana.

Golpeaba su checo de cal con decisión. En sus palabras había firmeza y ansiedad.

El taita José fue mi primer maestro de ciencia. No usaba ese nombre, pero eso era lo que enseñaba. Me hablaba de encontrar los patrones de funcionamiento de la naturaleza y explicar los fenómenos que llamaban la atención. Observábamos el comportamiento del Sol, la Luna, los planetas y las estrellas. Me explicaba los ciclos agrícolas, la vida de los animales, la importancia de las lluvias. Hablábamos de los halos solares, del arco iris, de los eclipses, de las estrellas fugaces.

Su método era simple y poderoso: preguntar.

Me hacía preguntas sobre algún fenómeno recurrente. Yo debía intentar explicarlo. Si mi respuesta era débil, volvía a preguntar. No me daba la solución; me obligaba a buscarla. Así creó en mí una curiosidad persistente por la naturaleza.

Me llevaba al barbecho, a la siembra, a quitar mala hierba. A veces me encargaba de Guardián, su perro fiel. Nunca olvidaré el día que intentó salvarlo de un envenenamiento. Lloró como no he visto llorar a nadie. Allí aprendí que la fortaleza no excluye la ternura.

La economía agrícola era frágil. Un enero sin lluvia podía arruinar todo. En el balcón, mirando al este, el abuelo murmuraba:

—Espero que no sea demasiado tarde.

En 1960 murió con fiebre, su escopeta al lado, como si aún defendiera lo suyo. Yo terminaba la primaria. Sentí que me dejaba algo más que recuerdos: una manera de mirar el mundo.

Para seguir la secundaria necesitaba un certificado. La abuelita Lastenia decidió que iríamos a Otuzco a pie.

Salimos de noche. Me dio un mate con sopa caliente de papa seca y un huevo. Miré desde el balcón la cadena de cerros que debíamos cruzar. La bajada hacia el río Chanchacap parecía interminable. Luego la subida, el descenso al Moche, el ascenso final a Otuzco.

—¿Por qué no tomamos el ómnibus? —pregunté.

—Da demasiadas vueltas. Llegaríamos tarde.

El viaje fue extenuante. Bajamos a Milluachaqui para luego subir una cuesta que llevaba a una planicie. Me subieron a un caballo blanco cuando el cansancio me vencía. Cruzamos el puente precario del río Moche que fue el momento de mayor tensión. El caballo se negaba a avanzar en medio del puente. El miedo era colectivo.

En la Dirección de Educación, un hombre serio me ordenó:

—Saque las manos de los bolsillos. No entra usted a un corral.

Aprendí allí otra lección: en los lugares oficiales, las manos deben estar libres.

Salimos con el certificado de primaria de la Escuela 255. Lo sostuve como si fuera un trofeo. Esa noche celebramos con jamón a la brasa y un mate de shambar bien servido. Me acosté sobre el pellejo de vaca en la sala blanca, mirando las vigas de eucalipto del techo. Sentía dolor en los músculos, pero también una certeza: pronto regresaría a Chimbote.