Abandono de la educación estatal y sus consecuencias

Durante una reciente transmisión en línea, se expresó una preocupación compartida por ciudadanos comprometidos con el destino del país: ¿por qué el Estado peruano ha debilitado sistemáticamente a sus universidades e institutos públicos, mientras canaliza recursos a instituciones privadas mediante mecanismos como becas y obras por impuestos?

Linda Edelma lo dijo claramente: “En vez de destinar partidas presupuestarias a las universidades estatales, se desvió el presupuesto a las privadas.” Esta percepción, sostenida por miles de jóvenes y docentes, no es solo una crítica coyuntural; es un diagnóstico profundo del rumbo que ha tomado el sistema educativo nacional.

Desde la virtualidad, Squawks advirtió: “Casi ya no leemos”. Y es cierto. La tecnología, lejos de democratizar el conocimiento como se prometía, ha hecho que el hábito de la lectura se desvanezca entre pantallas y distracciones. La cultura científica se empobrece si no hay diálogo con los libros, con los clásicos, con la historia.

El profesor Hernán Benites intervino con firmeza: “Nos falta educación política y valores”. Y añadió una verdad incómoda: muchos de los problemas sociales actuales no nacen en la economía, sino en la pérdida de principios. La universidad, en su esencia más profunda, no solo debe formar ingenieros, médicos o científicos, sino ciudadanos íntegros.

Gabriel Fuentes propuso una solución necesaria y postergada: la meritocracia real, aquella que premie el esfuerzo y el conocimiento, no las conexiones o la obediencia servil.

En medio de este debate, se evocaron nombres como Pedro Paulet, pionero de la ciencia aeroespacial. Esta mención recuerda que el Perú ha tenido y tiene mentes brillantes que podrían liderar procesos de transformación, si tan solo contaran con el respaldo de un Estado que crea en la ciencia y en la educación pública.

Lo que necesitamos no son discursos vacíos, sino políticas coherentes. Que el presupuesto regrese a las universidades públicas. Que los institutos tecnológicos no sean los últimos de la fila. Que la lectura vuelva a ser un hábito nacional. Que la ciencia inspire. Y que la educación vuelva a ser, como en Corea del Sur, el eje de toda construcción nacional.

Porque como lo repite nuestra historia una y otra vez: sin educación pública de calidad, no hay república posible.