En la Universidad Nacional de Ingeniería existe una antigua tensión entre la formación orientada a resolver problemas concretos y la investigación científica cuyo propósito inmediato no es necesariamente una aplicación tecnológica.
En los años setenta esa tensión se expresaba en una controversia bastante clara. Una minoría de docentes sostenía que los futuros ingenieros necesitaban una sólida formación en ciencias básicas, particularmente en física. Frente a ellos, un sector mayoritario consideraba que una formación científica demasiado profunda no era indispensable para el ejercicio profesional de la ingeniería. En ese ambiente, la investigación fundamental no constituía una prioridad institucional.
La Facultad de Ciencias fue, naturalmente, uno de los espacios donde comenzó a cultivarse con mayor intensidad la investigación científica. Las facultades de ingeniería, por su parte, tuvieron un papel decisivo en la formación profesional y en el desarrollo de la infraestructura física que el país necesitaba. Las máximas autoridades universitarias procedían, además, principalmente de las ingenierías.
Décadas después, la Ley Universitaria introdujo una modificación institucional importante: la creación del Vicerrectorado de Investigación. Y ocurrió algo revelador. Como la Facultad de Ciencias había acumulado experiencia y tradición investigadora, en los procesos electorales universitarios empezó a considerarse casi natural buscar entre sus docentes candidatos para conducir dicho vicerrectorado.
En este contexto aparece lo que podríamos llamar el fenómeno Barton.
Barton Zwiebach ingresó a la UNI para estudiar ingeniería, pero terminó orientando su vida hacia la física. Según ha relatado, uno de los cursos que más le interesaron durante su etapa universitaria fue Teoría de Campos, precisamente un curso de física. Tuve el gusto de dictar ese curso al grupo al que pertenecía Barton, antes de viajar a Francia. Yo era entonces un profesor muy joven y, aunque no conservo un recuerdo individual de Barton como alumno, Carlos Arámbulo, compañero suyo de estudios y amigo mío desde aquellos años, recuerda ese episodio.
El destino de Zwiebach resulta particularmente significativo para esta discusión. Llegó a convertirse en investigador y profesor del Massachusetts Institute of Technology (MIT) y se especializó en uno de los terrenos más abstractos de la física contemporánea: la teoría de supercuerdas.
Cuando Barton regresa a la UNI, su presencia se transforma en un acontecimiento. Profesores y estudiantes quieren escucharlo. Los auditorios se llenan. Las autoridades lo reciben. Y, como ocurre inevitablemente en la vida universitaria, tampoco faltan quienes desean aparecer en las fotografías oficiales junto al ilustre exalumno.
Aquí aparece una paradoja que merece ser examinada.
La institución que durante mucho tiempo mantuvo reservas frente a la investigación científica más alejada de las aplicaciones inmediatas celebra hoy como uno de sus grandes símbolos a un investigador dedicado a uno de los campos más teóricos imaginables.
La teoría de cuerdas no promete construir mañana un puente, mejorar inmediatamente un proceso industrial o resolver el tránsito de Lima. Intenta algo mucho más fundamental: comprender las leyes últimas de la naturaleza y encontrar una formulación compatible de la gravedad con la mecánica cuántica.
Por ello, la admiración por Barton plantea una pregunta incómoda:
¿La UNI admira solamente al científico que triunfó fuera de sus fronteras o está dispuesta a crear las condiciones para que dentro de la propia UNI surjan investigadores que trabajen en problemas igualmente fundamentales?
¿Se animará el próximo rector a impulsar investigación en gravitación, teoría cuántica de campos, física matemática o teoría de cuerdas?
¿O la teoría de cuerdas seguirá siendo algo que entusiasma cuando Barton Zwiebach visita la universidad, pero que no merece recursos, plazas, estudiantes de posgrado ni grupos permanentes de investigación?
La pregunta también corresponde a los estudiantes.
¿Existe entre ellos un interés real por comprender estas teorías o el entusiasmo por Barton proviene principalmente del prestigio extraordinario alcanzado por un egresado de la UNI en el MIT?
Mi propia trayectoria científica estuvo marcada por una contradicción semejante.
Mi tesis de maestría fue eminentemente teórica. Intenté continuar, desde las herramientas que entonces conocíamos, uno de los grandes problemas que Einstein dejó sin resolver: la unificación del campo gravitacional y el electromagnético.
Posteriormente decidí acercarme a un campo que parecía tener aplicaciones más próximas para el Perú: la física nuclear. Nuestro país se preparaba para contar con un reactor nuclear y el funcionamiento de un reactor se basa precisamente en la fisión. Escogí entonces la fisión nuclear como tema de investigación y terminé dedicándole buena parte de mi vida científica.
Muchos años después, en el Meeting of Physics 2026, presenté uno de mis trabajos recientes sobre fisión nuclear. Al terminar recibí una pregunta que me sorprendió, aunque, pensándolo bien, no debería haberme sorprendido:
¿Qué aplicación tiene su trabajo?
La pregunta resume una manera de entender la ciencia que sigue profundamente instalada entre nosotros.
Preguntar por las aplicaciones es legítimo. Buena parte de la investigación científica y tecnológica debe responder a necesidades de la sociedad. Pero convertir la aplicación inmediata en el criterio para decidir si una investigación merece realizarse es algo completamente diferente.
Si Faraday hubiera tenido que justificar de antemano la rentabilidad industrial de sus experimentos sobre electricidad, quizá habría tenido dificultades para conseguir financiamiento. Lo mismo podría decirse de muchos descubrimientos de la física cuántica, la relatividad o la estructura del átomo que décadas después transformaron la tecnología y la sociedad.
La investigación básica comienza precisamente allí donde todavía no sabemos cuál será la aplicación.
Por eso el fenómeno Barton resulta tan interesante para la UNI.
Miles de estudiantes pueden escuchar fascinados durante horas una exposición sobre dimensiones adicionales, gravedad cuántica o cuerdas que vibran en espacios que nadie puede observar directamente. Es decir, esos mismos jóvenes que supuestamente exigirían solamente conocimientos prácticos muestran curiosidad por algunas de las preguntas más abstractas que puede formular el ser humano.
Quizá la contradicción no esté en los estudiantes.
Quizá el problema sea que durante décadas les hemos enseñado que investigar significa necesariamente producir algo utilizable en el corto plazo.
Se atribuye a Charles Chaplin y Albert Einstein una conocida anécdota. Al contemplar la extraordinaria popularidad de Chaplin, Einstein habría señalado que todos lo admiraban porque cualquiera podía entenderlo. Chaplin habría respondido que la fama de Einstein era todavía más extraordinaria: todos lo admiraban aunque casi nadie lo entendiera.
Sea auténtica o apócrifa, la historia sirve para plantear otra pregunta sobre nuestras universidades.
¿Queremos solamente aplaudir aquello que no entendemos porque viene acompañado de prestigio internacional?
¿O queremos construir una universidad donde existan jóvenes capaces de intentar entenderlo?
La visita de Barton Zwiebach no debería terminar cuando se apagan las luces del auditorio y se publican las fotografías.
Podría ser el punto de partida de algo más ambicioso.
La UNI podría crear un pequeño pero sólido núcleo de investigación en física fundamental: teoría cuántica de campos, gravitación, cosmología, física matemática y teoría de cuerdas. No se requieren inicialmente grandes laboratorios. Se requieren investigadores, estudiantes de posgrado, seminarios permanentes, visitantes internacionales, acceso a literatura científica y conexiones con los mejores grupos del mundo.
La universidad que produjo un estudiante capaz de llegar hasta la frontera de la física teórica debería preguntarse si puede producir otros.
Ese sería el verdadero homenaje a Barton Zwiebach.
No fotografiarse con él.
Crear las condiciones para que aparezca el próximo Barton dentro de la UNI.

En el Perú tenemos talentos de la talla de ingeniero Barton que necesitamos repatriarlos con buenos salarios y formar discípulos en la UNI que continuen con la teoría de cuerdas y sus aplicaciones. Desde el Brasil, el Dr. Alfredo José Altamirano Enciso, exsanmarquino y ligado a la Universidade Estadual de Santa Cruz de Ilhéus, Bahia.