La élite en el Perú: lo que dice la gente y lo que no queremos escuchar

Basado en las intervenciones de los seguidores del programa “Encuentro con la Ciencia”, 24 de abril de 2026

En el Perú se habla mucho de la élite, pero pocas veces se escucha a la gente cuando intenta definirla. El reciente programa de “Encuentro con la Ciencia” del 24 de abril de 2026 dejó algo claro: el país no tiene una idea compartida de lo que significa ser élite, pero sí tiene una intuición muy clara de lo que no debería ser.

Para muchos participantes, la élite debería estar asociada al conocimiento, al mérito, a la educación. Sin embargo, la realidad percibida es otra: el dinero, y no el talento, es el principal factor de poder. Esta percepción no es trivial. Revela una fractura profunda entre el ideal republicano —basado en el mérito— y la experiencia cotidiana de una sociedad donde la riqueza parece imponerse sobre cualquier otra forma de reconocimiento.

Más aún, hay un cuestionamiento directo a la educación misma. ¿De qué sirve tener estudios en universidades prestigiosas si quienes egresan de ellas no muestran compromiso con el país? Esta pregunta, implícita en varias intervenciones, es devastadora. Sugiere que el sistema educativo no está formando élites en el sentido más alto del término —es decir, referentes éticos e intelectuales— sino, en muchos casos, simples administradores de privilegios.

Pero el problema no se detiene allí. La conversación del público también pone en evidencia una sociedad fragmentada. El Perú aparece como un país donde el origen geográfico y cultural sigue marcando distancias: el andino, el limeño y el amazónico no solo viven realidades distintas, sino que muchas veces se miran con desconfianza. En ese contexto, el ascenso económico es percibido, incluso, como una forma de “blanqueamiento”, lo que revela la persistencia de jerarquías sociales profundamente arraigadas.

Al mismo tiempo, surge una idea incómoda: las élites no solo existen, sino que influyen, muchas veces sin mostrarse. Algunos participantes sugieren que el poder real no está en los políticos visibles, sino en quienes los respaldan desde las sombras. Esta percepción, más allá de su exactitud, refleja un problema de fondo: la falta de confianza en las instituciones.

Y sin embargo, hay algo esperanzador en todo esto. Las intervenciones no son superficiales. Hay referencias a la historia, a la literatura, a procesos sociales complejos. Hay preguntas, dudas, intentos de comprender. Es decir, hay pensamiento. Y eso es fundamental.

Porque un país no cambia solo con diagnósticos técnicos ni con discursos políticos. Cambia cuando su gente comienza a cuestionar las bases mismas de su organización social: quién tiene el poder, por qué lo tiene y para qué lo usa.

Lo que se escuchó en ese programa no fue solo una suma de comentarios. Fue una radiografía del Perú actual: un país que desconfía de sus élites, que cuestiona su educación y que aún busca reconciliar su diversidad con un proyecto común.

Ignorar estas voces sería un error. Escucharlas, en cambio, podría ser el primer paso para construir una verdadera élite: no la del dinero, sino la del conocimiento, la ética y el compromiso con el país.

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