Víctor Latorre, nos dejó un desafío a los científicos peruanos

La muerte del doctor Víctor Latorre, ocurrida el 18 de marzo de 2026, no solo enluta a la comunidad científica peruana. También nos obliga a mirar, sin complacencias, lo que el país fue capaz de construir… y luego dejó deteriorar.

Conocí a Latorre en 1967, cuando ingresé a la Facultad de Ciencias de la UNI. Desde aquella primera clase quedó claro que estábamos frente a un maestro excepcional. No enseñaba física como un conjunto de fórmulas, sino como una aventura intelectual. Sus clases despertaban curiosidad, exigían rigor y, sobre todo, sembraban en los estudiantes el deseo de comprender la naturaleza en profundidad. No queríamos que terminaran. Y cuando hablaba en público, ocurría lo mismo: el auditorio pedía más.

Ese tipo de docencia, que forma científicos y no repetidores, hoy es escasa.

En 1966, bajo el nombre de V. A. Latorre, publicó el primer artículo de un docente de la UNI en una revista indexada en Scopus. No es un dato menor: marca el inicio de una cultura de investigación que hoy, décadas después, aún lucha por consolidarse en nuestras universidades.

Pero su aporte más importante fue entender algo que el Perú sigue sin asumir plenamente: la ciencia no se desarrolla en aislamiento. Latorre promovió activamente la colaboración internacional y apostó por la formación en el extranjero de jóvenes talentosos. Como director de mi tesis, gestionó mi acceso a la computadora IBM 1130 de San Marcos —un recurso escaso en ese tiempo— y facilitó mi ingreso al Instituto de Física Nuclear de Orsay. Como yo, muchos otros científicos peruanos pudieron formarse fuera gracias a su impulso, siempre bajo un principio claro: la meritocracia.

Hoy, en cambio, la fuga de talento no es una estrategia de formación, sino una consecuencia del abandono.

Mi propio retorno al Perú fue posible gracias a él. Tras ser expulsado del IPEN por sumarme a los reclamos de los científicos frente al maltrato de autoridades militares, permanecí en el extranjero solicitando sin éxito regresar. En 1988, mientras trabajaba en el Lawrence Berkeley National Laboratory, su designación como presidente del IPEN cambió esa situación. Me invitó a volver. Ese gesto no solo fue personal: fue una señal de que la institución podía volver a abrirse a la ciencia.

Como presidente del IPEN, Latorre tuvo una misión concreta: poner en marcha el Centro Nuclear de Huarangal y el reactor RP-10. Lo logró. Pero también dejó en evidencia un problema estructural que persiste hasta hoy: en el Perú se construyen grandes infraestructuras científicas sin asegurar las condiciones para su uso efectivo. El reactor estaba allí, pero sin la instrumentación adecuada para aprovechar sus haces de neutrones. La obra estaba hecha; la política científica, no.

Su modestia contrastaba con prácticas que hoy parecen habituales. Fue el único titular de una institución que, al inaugurar una obra de esa magnitud, no colocó su nombre en la placa. No necesitaba figurar. Su interés era que la ciencia avance.

Después, en la Universidad Ricardo Palma, continuó promoviendo la cooperación internacional a través del programa Multiciencias, con apoyo del ICTP. Nunca dejó de trabajar por la formación científica del país.

La figura de Víctor Latorre obliga a una comparación incómoda. Representa una generación que creía en la ciencia como motor de desarrollo, que apostaba por el talento y que entendía la importancia de la conexión internacional. Frente a ello, el Perú actual muestra una institucionalidad débil, una inversión marginal en ciencia y tecnología, y una preocupante incapacidad para retener y potenciar a sus mejores investigadores.

No se trata de nostalgia. Se trata de responsabilidad.

El país que Latorre ayudó a construir en el ámbito científico no es el que hoy estamos consolidando. Y mientras no entendamos esa brecha, seguiremos repitiendo el mismo error: invertir en edificios, pero no en conocimiento; formar talento, pero no darle condiciones para quedarse.

Víctor Latorre fue, en el sentido más profundo, un constructor de ciencia. Su legado no está solo en lo que hizo, sino en lo que nos exige hacer.

Y esa es, quizás, la parte más incómoda de su memoria.

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