El reciente discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich ha reavivado un debate que no es nuevo. Las preguntas que reflotan son: ¿estamos ante un cambio de época? ¿Se está redefiniendo el modelo que organizó el mundo desde el fin de la Guerra Fría? ¿Cómo se relacionan hoy libertad económica, libertad política, comercio y seguridad nacional?
Durante décadas se sostuvo que la apertura económica conduciría casi naturalmente a la apertura política. El libre comercio era visto no solo como un mecanismo de eficiencia, sino como una herramienta de pacificación global.
Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el mundo experimentó un giro conceptual. Ese mismo año en la reunión ministerial de Doha se presentó el comercio fue presentado como instrumento para la estabilidad global. Sin embargo, el uso expansivo del artículo XXI del sistema multilateral durante el primer gobierno de Donald Trump empezó a convertirse en herramienta estratégica.
En este nuevo escenario, el verdadero campo de competencia no es solo el mercado, sino el conocimiento. El poder ya no se mide únicamente por el tamaño del territorio, la abundancia de recursos naturales o la capacidad militar. Se mide por la capacidad de generar ciencia, tecnología e innovación. Por el número de investigadores activos. Por la calidad de sus universidades. Por la densidad de talento en matemáticas, física, ingeniería, biotecnología, inteligencia artificial y energía. Quien domina la frontera del conocimiento domina las cadenas de valor, las tecnologías críticas y, en consecuencia, su propia soberanía.
La lección histórica es clara: los países que invierten sostenidamente en ciencia y tecnología, y que además atraen talento del mundo, son los que logran consolidar liderazgo. Estados Unidos no se convirtió en potencia científica solo por presupuesto; lo hizo porque fue capaz de atraer a los mejores investigadores de Europa, Asia y América Latina. Corea del Sur transformó una economía devastada por la guerra en una potencia tecnológica en apenas unas décadas gracias a una apuesta estratégica por educación avanzada y doctorados en ciencia e ingeniería. Japón comprendió después de la Segunda Guerra Mundial que comercio, tecnología y formación de talento eran la base de su estabilidad. Hoy la competencia global es, ante todo, una competencia por cerebros.
No basta con abrir mercados. No basta con firmar tratados comerciales. Si un país no desarrolla capacidades propias en ciencia y tecnología, queda condenado a ocupar los eslabones de menor valor agregado. Puede exportar materias primas, pero importará conocimiento, patentes y tecnología. Y en esa dependencia se juega su autonomía futura.
Aquí el contraste con el Perú resulta doloroso. Mientras el mundo discute soberanía tecnológica y seguridad estratégica, el país vive atrapado en un caos político permanente. La ciencia y la tecnología son sistemáticamente ninguneadas por la clase política. No forman parte del debate central. No son prioridad presupuestal. No son entendidas como infraestructura estratégica. El resultado es devastador: estamos hipotecando el futuro.
Menos mal que el Perú posee abundantes materias primas que permiten sostener una economía básica. Pero esa supervivencia no es desarrollo. Es una forma de subsistencia que convive con pobreza estructural y desigualdad persistente. Y esa desigualdad ha generado un fenómeno que corroe la vida cotidiana: la delincuencia. Sin embargo, la inseguridad ciudadana parece importar poco a muchos políticos, porque no amenaza directamente al poder, como sí lo hicieron en su momento los grupos terroristas. La delincuencia fragmenta barrios, desangra economías familiares y genera miedo, pero no pone en riesgo inmediato la estructura política. Y por eso no recibe la respuesta estratégica que merece.
Mientras tanto, el mundo avanza hacia una economía donde el talento es el recurso más valioso. Los países que saldrán airosos de esta nueva etapa serán aquellos que inviertan más en ciencia y tecnología, que formen talento desde la escuela hasta el doctorado, que ofrezcan condiciones para retener a sus investigadores y que, además, sean capaces de atraer científicos del exterior, incluyendo a su propia diáspora. La competencia ya no es solo entre economías; es entre ecosistemas de innovación.
El siglo XXI no premiará a quienes solo comercien materias primas. Premiará a quienes inventen, diseñen, programen, descubran y patenten. La verdadera seguridad nacional no se construye únicamente con armas o discursos, sino con laboratorios, universidades sólidas y políticas de largo plazo. Sin talento científico no hay innovación; sin innovación no hay soberanía tecnológica; sin soberanía tecnológica no hay desarrollo sostenible.
Si existe un cambio de época, es este: el centro del poder global se ha desplazado definitivamente hacia el conocimiento. Y si el Perú no comprende pronto esta realidad, no será víctima de un enemigo externo, sino de su propia indiferencia hacia la ciencia y la tecnología.
