En los últimos años se ha vuelto frecuente invocar modelos como la triple, cuádruple o quinta hélice —Estado, academia, empresa, sociedad civil y otras dimensiones estratégicas— como si bastara añadir una hélice más para que el desarrollo productivo despegue. El enfoque es interesante y, en abstracto, correcto. El problema es que, en países como el Perú, las hélices suelen ser más decorativas que funcionales.
La razón es simple: mientras el Estado siga tratando a la universidad pública como la quinta rueda del coche, ningún modelo helicoidal, por sofisticado que sea, pasará de ser un diagrama bonito para presentaciones. Se invoca a la academia cuando conviene justificar proyectos, pero se la excluye sistemáticamente de la planificación de largo plazo, de las decisiones estratégicas y del diseño real de políticas productivas.
La mejor inversión estratégica que puede hacer el país no es la compra de maquinaria ni la búsqueda persistente de alianzas con un empresariado que, en su mayoría, ha operado históricamente bajo una lógica extractivista de corto plazo. La inversión decisiva es otra: formar jóvenes creativos, críticos y emprendedores.
El capital financiero puede conseguirse cuando existen ideas sólidas, capacidades técnicas y proyectos bien formulados. El financiamiento —nacional o internacional— sigue al talento. Lo que no se puede importar con facilidad es el capital humano ni la cultura de innovación. Pretender reemplazar esa carencia con equipamiento costoso suele producir un resultado conocido: laboratorios subutilizados, proyectos sin continuidad, falta de insumos, ausencia de equipos humanos consolidados y, finalmente, capital ocioso. En ese escenario, el único ganador suele ser el proveedor de tecnología.
Se insiste con frecuencia en que hay que “convencer” a los empresarios para que apuesten por la innovación de largo plazo. La experiencia peruana muestra que ese esfuerzo tiene un retorno muy limitado. No se trata de demonizar al empresariado: es perfectamente racional que una empresa busque rentabilidad inmediata. El problema aparece cuando el Estado y las universidades públicas renuncian a su función histórica y adoptan esa misma lógica de corto plazo.
El rol del Estado y de las universidades públicas no es imitar al mercado, sino corregir sus miopías. Les corresponde pensar en horizontes largos, formar talento, sostener capacidades científicas y tecnológicas y crear las condiciones para que emerjan nuevas generaciones de innovadores. Cuando existe una masa crítica de jóvenes bien formados, capaces de dialogar con el mundo, escribir proyectos, atraer fondos y crear soluciones propias, el ecosistema productivo empieza a transformarse.
Sin una política decidida de formación de talento, cualquier modelo de hélices —sea triple, cuádruple o quíntuple— seguirá girando con elegancia… pero en el aire.
