Martin Heidegger advirtió que “lo esencial permanece invisible para los hombres”. En el Perú, esa ceguera no sigue hundiendo, respecto a otros países.
El grado de preparación de un país para competir en los mercados globales se refleja, en buena medida, en el porcentaje de jóvenes que acceden a la educación superior y, dentro de ellos, en la distribución por especialidades. Es ahí donde se define si un país apuesta por el conocimiento o se resigna a depender de otros.
En Corea del Sur, casi el 70 % de los jóvenes de 25 a 34 años es egresado de un centro de educación superior. En apenas medio siglo pasó de la pobreza a convertirse en una potencia tecnológica. La educación y la ciencia son los motores de su desarrollo.
En Francia, alrededor del 56 % de los jóvenes en el mismo rango de edad tiene estudios universitarios. El sistema público, gratuito y meritocrático, junto con un sólido programa de becas, asegura que el origen social no sea un obstáculo para acceder a la educación.
En Estados Unidos, cerca del 50 % de los adultos ha cursado estudios superiores. Aunque la educación es costosa y el acceso depende en gran medida de la condición económica, la diversidad de universidades y la competencia entre ellas sostienen un alto nivel de innovación.
En Chile, aproximadamente el 41 % de los adultos jóvenes (25-34 años) ha alcanzado educación superior. Persiste la desigualdad por nivel socioeconómico, pero la brecha urbano-rural se ha reducido gracias a la expansión de universidades regionales y a la conectividad digital.
El caso del Perú es muy distinto. Solo el 36 % de los adultos de 25-64 años ha pasado por un centro de educación superior. En las ciudades, un 25 % de los jóvenes logra estudios universitarios, mientras que en las zonas rurales apenas un 8 % lo consigue. Las universidades públicas funcionan con presupuestos insuficientes y la oferta privada, aunque abundante, rara vez está orientada a la investigación o la innovación.
A ello se suma un problema estructural: la distribución por especialidades. La formación universitaria en el Perú no responde a un proyecto de desarrollo nacional. Solo el 39 % de las becas del PRONABEC se destina a carreras de ciencia y tecnología, y alrededor del 70 % de los becarios estudia en universidades privadas, muchas de ellas con baja producción científica.
Mientras los países desarrollados planifican su futuro con base en la educación y la ciencia, el Perú continúa atrapado en la lógica del corto plazo. Sin ciencia ni educación de calidad, no hay futuro.
