Lo que está sufriendo el Perú no pasa desapercibido para los medios internacionales. En su artículo del The New York Times, el investigador Will Freeman advierte que “en el Perú no hay ningún autócrata electo ni ningún hombre fuerte populista”. Pero añade: “Muchas de las libertades básicas que asociamos con las democracias funcionales se están desvaneciendo: la libertad de trabajar sin ser extorsionado, de denunciar el crimen o la corrupción oficial sin represalias, o incluso de caminar por la calle sin miedo a la delincuencia”.
Según Freeman, “durante los últimos años, los poderes paralelos del Perú han fragmentado al país en un mosaico de feudos, en los que los líderes indígenas, los ecologistas, los periodistas y los sindicalistas que intentan resistir son cada vez más acosados y asesinados, sin escrúpulos y con casi la misma impunidad que en una dictadura”.
En paralelo, el diario Le Monde observa otro síntoma del deterioro institucional: “La juventud peruana sueña con emigrar”. El país pierde su talento más valioso porque la desconfianza en el Estado y la falta de oportunidades expulsan a sus mejores cerebros. Así, mientras los tirañitos de la democracia la devoran y se reparten el poder interno, el Perú sufre una fuga silenciosa de inteligencia y esperanza.
El origen de esta tragedia es el abandono de la educación por parte del Estado. La educación se ha convertido en un negocio. Una enseñanza deficiente produce generaciones sin posibilidades de empleo digno, y ello provoca desempleo, frustración y todos los males sociales que vivimos a diario.
Como consecuencia de ello han surgido «pirañitas» de la democracia, que la están devorando. ¿Cómo evitar que la desaparezcan?: estudiando la trayectoria de cada candidato que se presente en las elecciones de 2026: qué ha hecho en su vida, cómo ha administrado las instituciones o empresas bajo su responsabilidad, y qué resultados dejó. Solo así sabremos qué le esperaría al Perú bajo su eventual presidencia.
