Odio y resentimiento en los procesos electorales


Durante todo proceso electoral, en cualquier parte del mundo, los calificativos y etiquetas abundan. Es parte del juego político. Pero hay una acusación que se repite con frecuencia en América Latina: los grupos que claman por más justicia social y menos desigualdad son señalados como sembradores de odio y resentimiento. Se dice que dividen a la sociedad, que enfrentan a pobres contra ricos, campo contra ciudad, explotados contra explotadores.

Pero si damos un paso atrás y asumimos —solo por un momento— que ese resentimiento existe, la pregunta que surge es: ¿por qué hay sectores que sienten odio o resentimiento? ¿Nace por naturaleza? ¿O es consecuencia de décadas, incluso siglos, de exclusión, pobreza, abuso o indiferencia?

La historia nos enseña que el resentimiento no se combate reprimiéndolo ni estigmatizándolo, sino comprendiendo sus causas y transformando la realidad que lo origina. Castigar al mensajero no ha resuelto jamás el problema del mensaje.

Tomemos algunos ejemplos históricos.

Alemania después de la Primera Guerra Mundial

El Tratado de Versalles (1919) impuso duras condiciones económicas a Alemania. El pueblo, humillado y empobrecido, cayó en una espiral de resentimiento que fue hábilmente capitalizada por el nazismo. En este caso, la represión y el castigo injusto a una nación entera encendió el odio y desató consecuencias trágicas para la humanidad. El odio no fue combatido; fue sembrado.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en cambio, el Plan Marshall promovió la reconstrucción de Europa, incluyendo Alemania Occidental. En vez de castigar al vencido, se reconstruyó su economía y se apostó por la democracia. El resultado: Alemania se convirtió en uno de los países más estables y desarrollados del mundo. La paz se construyó sobre la base de la inclusión, no de la represión.

Sudáfrica y el apartheid

Durante décadas, la mayoría negra de Sudáfrica fue sistemáticamente excluida del poder y los recursos por una minoría blanca. El fin del apartheid no dio paso a una venganza sangrienta. Gracias a figuras como Nelson Mandela y Desmond Tutu, se optó por un camino de reconciliación: la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, donde las víctimas contaron sus historias y los perpetradores reconocieron sus crímenes. No fue perfecto, pero fue un intento de sanar las heridas, no de negarlas.

Lecciones para América Latina

En nuestra región, la desigualdad sigue siendo una herida abierta. En muchos países, amplios sectores viven en condiciones indignas mientras una minoría concentra el poder económico y político. Cuando esos sectores marginados alzan la voz, no es raro que se les acuse de resentidos o de «enemigos del progreso».

Pero el verdadero enemigo del progreso no es quien protesta, sino la estructura que perpetúa la injusticia. Si una nación quiere avanzar, no puede criminalizar la exigencia de justicia. Debe escuchar, reformar, redistribuir oportunidades.

Propuestas concretas

  • Reformas fiscales progresivas: que quienes tienen más, contribuyan más al desarrollo del país, como ocurre en los países escandinavos, donde la equidad fiscal ha sido clave para sociedades más cohesionadas.
  • Educación pública de calidad: para que todos, sin importar su origen, tengan acceso real al conocimiento y al progreso. Se logra con un solo examen de ingreso a la universidad basado en capacidades y talento en vez de conocimientos de academia.
  • Ciencia y tecnología: para que las nuevas generaciones tengan oportunidad de empleo digno.
  • Foros de diálogo nacional: donde se escuchen todas las voces, especialmente las que han sido históricamente silenciadas.
  • Memoria histórica: reconocer los errores del pasado y enseñar las causas de la desigualdad para evitar repetirla.

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