Los caminos de mi niñez

En mi niñez, recorrí incontables kilómetros de caminos en los Andes del Perú, específicamente en los alrededores del pueblo de Salpo. Aquellos senderos se desplegaban como cintas infinitas de tierra y piedra que se entrelazaban con el horizonte. Cada jornada comenzaba al amanecer, cuando el cielo aún mantenía el abrazo fresco de la noche andina y los primeros rayos de sol se asomaban tímidamente.

El trinar de las aves se convertía en mi constante compañía, melodías naturales que resonaban entre las montañas y llenaban el aire de un espíritu libre y salvaje. En esos caminos, mi joven curiosidad se encontraba con arrieros y pastores, figuras curtidas por el sol y el viento, cada uno llevando consigo historias tejidas en sus ropas desgastadas y en sus ojos profundos. A menudo, sus sonrisas eran puertas a mundos desconocidos que me invitaban a explorar más allá.

No conocía el cansancio. Para mí, cada paso era un descubrimiento, cada kilómetro desvelaba nuevos misterios de la naturaleza. Desde las alturas de aquellos caminos, la vista era un lienzo viviente donde la costa y su vasto mar se encontraban con la imponente Cordillera Blanca. El contraste entre el azul profundo del océano y el blanco puro de las nieves eternas era un espectáculo que llenaba el corazón de asombro y pequeñez ante la majestuosidad del paisaje.

Recuerdo los días en que mi abuelo, con un gesto de su mano arrugada, señalaba hacia un punto distante en el mapa invisible del horizonte. «Allí será nuestra meta hoy», anunciaba con una voz que resonaba con la sabiduría de los años. Y así, cada día era una nueva aventura, una nueva lección de perseverancia y maravilla.

Esos caminos, trazados por el paso constante de pies y pezuñas, formaron mi carácter y mi voluntad de avanzar sin descanso. Aprendí que cada jornada, por larga y ardua que fuera, traía consigo la promesa de algo grande y hermoso.

Hoy, cuando vuelvo a visitar esos senderos, veo a mis paisanos cuidarlos con esmero y cariño. La devoción con la que preservan cada piedra, cada curva del camino, es un testimonio de su amor por la tierra y por las historias que estos caminos siguen contando. Me emociono profundamente al ver cómo la nueva generación abraza su herencia, asegurando que los ecos de nuestras pisadas perduren para los que vendrán después, listos para descubrir los mismos horizontes bajo el eterno cielo azul de los Andes.

Deja un comentario