Borrador de primer cuento autobiográfico: Alemania verde y Francia nuclear

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El joven Matías, físico nuclear, se dedicaba a la investigación sobre fisión nuclear y estructura de materiales usando los haces de neutrones de los reactores nucleares. Visitaba laboratorios para participar en equipos de investigación en esos campos. En una de esas oportunidades, pasó algunos meses en el Centro Nuclear de Jülich, Alemania, cerca de la frontera belga.

Cuando salía de los laboratorios, se dedicaba a su afición por el periodismo socio cultural, para tratar de comprender las tendencias de pensamiento de las juventudes de todas las naciones. Así es como decidió tirar dedo para regresar a París, buscando vehículos con jóvenes como pasajeros.

Luego de una hora de espera al ingreso de la auto ruta, una combi wolks wagen con media docena de jóvenes paró y muy amablemente fue invitado a subir.

Los jóvenes veinteañeros estaban muy contentos por su primer viaje a París. Poco a poco, Matías fue entrando en confianza y empezó a lanzar sus preguntas.

  • Cuáles son las prioridades para la juventud alemana – preguntó dirigiéndose a Wolfgang, el más locuaz del grupo.
  • Pazifismus, Liebe und Natur –respondieron todos en coro.

Hildegarde, su vecina de asiento, añadió: “conocimiento sobre todo ello”.

Conoces París, Hildegarde? –preguntó Matías para iniciar una charla.

  • Será mi primera vez. Y tú, ¿vives en París?
  • Si, temporalmente, mi sitio es Lima, Perú, ¿y el tuyo?
  • Vivo en Darmstadt.
  • ¡Darmstadt! Iré a esa ciudad, ahí se encuentra un gran instituto nuclear, exclamó Matías.

El microbús iba veloz, algunos cantaban Love, love, all you need is love. Iban a Paris, en busca de Michelle.

El más rudo era Rolf, el conductor del microbús, quien parecía vigilar a todos a través del espejo retrovisor preguntó

  • ¿A qué te dedicas, Modesto?.
  • A la física nuclear, Ich bin Kernphysiker –dijo Matías.

El auto frenó intempestivamente, se estacionó en un llano al lado de la carretera. Los jóvenes miraron todos a Matías. Rolf bajó del auto y abrió la de los pasajeros.

  • Odiamos a los físicos nucleares, están destruyendo la naturaleza, mutando a las animales, contaminando la Tierra –dijo Wolfgang con voz militarizada. Los demás se quedaron callados. Hildegarde hizo amago de querer decir algo, pero la mirada fulminante de Wolfgang la volvió a sentar.
  • Matías comprendió el mensaje.
  • Kein Problem. Vielen Dank. Auf Wiedersehen. –fue lo que atinó a decir Matías, antes de bajar.

Matías avanzó caminando hacia el puesto fronterizo franco belga. Menos mal que no estaba tan lejos.

  • Vos papiers s’il vous plaît, monsieur … –demandó el policía francés fronterizo, un tanto extrañado por el caminante.
  • Voila Monsieur –dijo Matías con tono de caminante exausto.

El policía se dirige a una computadora, teclea los datos de Matías, luego de lo cual se dirige a un lujoso auto que acaba de llegar al puesto fronterizo.

  • ¿Desearía usted llevar a un físico nuclear a París? –le pregunta a la dama al volante.
  • Avec plaisir. – fue la rápida y breve respuesta de la conductora.

Sorprendido, Matías solo atinó a subir y agradecer la gentileza de la dama francesa.

  • Usted es físico nuclear…
  • Así es, ¿y usted?
  • Psiquiatra, mi nombre es Sabine Fournol.
  • El mío es Matías Montaño.

Había partido de París a Bruselas por el matrimonio de un colega, cuya fiesta fue “una cosa de locos”. Eran ya las 10 de la noche. Matías le contó que venía de Lima y que estaba como investigador en la Comisión de Energía Atómica de Saclay, en el valle científico del sur de París.

Luego de 15 minutos de ruta:

  • Estoy cansada, luego del ir y regresar de Bruselas –dijo repentinamente Sabine, haciendo una propuesta que dejó sorprendido a Matías: O bien nos estacionamos y duermo un poco o usted toma el volante hasta París mientras yo descanso.
  • Lo segundo –dijo Matías luego de un momento de vacilación.

Al volante, Matías arrancó el motor del auto. Sintió que un volante extremadamente sensible a los que antes había conocido. Cuanto rozó el acelerador, el auto salió disparado. Tuvo que controlar con mucha precisión la presión que aplicaba su pie.

  • Es un auto asistida con presión hidráulica –advirtió la médica. Se va acostumbrar sin problemas. ¿Qué tipo de auto tiene usted?
  • Es un simca pequeño. Con el que llegado hasta Glasgow –respondió Matias.
  • El disfraz que usé para la fiesta lo tengo en la maletera –dijo Sabine para informar que se ha dado cuenta de la curiosa mirada de Matías sobre su blue jean. Luego de unos segundos de silencio, con tono somnoliento añadió: ¿viene usted de Alemania?
  • Así, estuve en Jülich, en un laboratorio nuclear.
  • Interesante y peligroso. Los alemanes le tienen terror al tema –dijo como quien informa y advierte -Y los verdes hacen una fuerte campaña contra el tema nuclear. Han convencido a muchos jóvenes. Nosotros apostamos a la energía nuclear. Luego de unos segundos añadió con voz atenuada: “y a nuestros físicos nucleares”
  • Me he dado cuenta de ello –dijo Matías, mirándola de reojo que la copilota estaba empezando a dormir.

En el trayecto, Matías apenas digería las sorpresas que ese día de mayo. Luego de haber sido expulsado de una combi ahora está al volante de un automóvil de una calidad que jamás pensó que llegaría a conducir, apreciando la interminable planicie exuberante de árboles, que lo hacía recordar la palabra Natur de la combi alemana.

“Qué contraste entre las opiniones de franceses y alemanes ante el tema nuclear”, pensó cuando leyó un grafiti con el lema “Nous n’avons pas de pétrole, mais nous avons des idées”

La copiloto dormía relajadamente.

¿Psiquiatra?, los pensamientos de Matías se confundieron con la oscuridad.

Bien pasada la media noche, Matías llega frente a su inmueble y se estaciona en uno de los espacios públicos de estacionamiento que encontró libre. Sabine abrió los ojos con una expresión todavía de fatiga, pero estiró los músculos para despertarse mejor.

  • Estamos frente a mi sitio –atinó a decir, Matías- no quise despertarla antes.
  • ¿Dónde estamos? –preguntó Sabine alzando los brazos y girando la cabeza.
  • En Bourg La Reine –respondió Matías casi esperando una desaprobación – ¿dónde vives usted?
  • En el quinzième, un poco lejos de aquí.
  • Puedes quedarte en mi sitio –se atrevió a proponer Matías.
  • ¿Realmente, no te molestaría? ¿Vives solo?
  • Solo y solitario.
  • Acepto entonces, gracias, eres muy amable -dijo Sabine.

Extrajo de la maletera su pequeña maleta, preparada para ir la fiesta de matrimonio de Brusellas. Se dirigieron a un conjunto habitacional que pertenecía a la Comisión de Energía Atómica. Estaba situado en una colina, de la que divisaba el valle de Le Haye.

  • Vivo en el segundo piso –dijo Matías, mostrando la puerta del edificio- Déjame llevar tu maleta.
  • No te preocupes, es bastante liviana – dijo Sabine tomando la maleta a la altura de sus ojos.

Al abrir la puerta del departamento, Sabine inspeccionó la pequeña salita repleta de libros entre los que resaltaban los de física en inglés y de historia latinoamericana en francés.

Sabine colocó su maleta al lado del sofá marrón de dos plazas, frente a la ventana de la que se miraba las luces de Bourg la Reine.

  • Te propongo que descanses en mi modesto dormitorio; yo me quedaré en este sofá, en el que hago mis siestas después de leer algún libro los fines de semana.
  • No te quiero incomodar, estoy acostumbrada a los campings de verano –respondió Sabine – Y tú estás más cansado que yo luego de conducir a media noche.
  • Bueno, tú también has conducido varias horas. Si no te molesta, podemos compartir la cama –se atrevió a proponer, Matías.
  • A mí no me molesta, respondió con toda soltura. Sabine.
  • Ven entonces –dijo Matías, tomando esta vez la maleta- espero no seas tan severa en juzgar el desorden.

Matías se recordó que estaba con una psiquiatra. Pensó que cada frase, cada gesto o expresión corporal lo descubría completamente ante una mirada profesional.

Siéntete en casa, Sabine –balbuceó- aunque, te agradecería me permitas el lado derecho.

  • Gracias, Matías, ahora regreso –replicó Sabine, dirigiéndose al baño con su maleta.

Regresó en pijama celeste claro.

  • Preveía quedarme a dormir en Brusellas, pero como la fiesta no me resultó atractiva, y me sentía cansada, me salí temprano.

¿Te gustan las fiestas?

  • La verdad no –respondió acostándose del lado de la pared.

La noche era tibia. El verano empezaba y no era necesario calefacción.

Buenas noches, Sabine –fue lo que se le ocurrió decir a Matías – que te repongas.

  • Buenas noches, Matías, duerme y no pienses tanto en el núcleo atómico –respondió Sabine.

¡El núcleo atómico!. Regresaron a su mente los ruidos en la sala experimental del reactor DIDO del Centro de Investigación Nuclear de Jülich, las conversaciones con el físico Dieter Richter, quién le explicó la metodología que se sigue para deducir cómo están organizados los átomos en un cristal. Su trabajo con la computadora para escribir el programa con ecuaciones de dispersión de neutrones por la muestra. Su decisión de regresar a París tirando dedo “entrevistar a jóvenes que no resultaron tan amigables”. También vino a su recuerdo la breve conversación con Hidelgarde. Cuando empezó a pensar en ella, cayó en el remolino que terminó en un profundo sueño.

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