Los microscópicos enemigos invisibles de mi infancia

Cuando empezaban las lluvias, en diciembre 1958, el abuelo José nos reunió en los restos de la ciudadela Cuidista, desde donde se avistaba los dominios de Chanchan y el valle cuesta arriba.

Ya no quedaba casi nada en los terrados, los pastos secos eran ralos.

Señalando hacia la mitad del trayecto de Chanchán a Cuidista, nos dijo que había que bajar al potrero, donde había frutas, frejoles, yuca y otros productos para comer.

Nos explicó que había que llevar a los animales al valle, para que puedan sobrevivir y regresar cuando las lluvias amengüen y se tenga algunos brotes de pasto en Cuidista.

Después de planificar y organizar el descenso, me miró preocupado.

Tú te quedarás en Salpo, dijo. Abajo es peligroso. Hay un enemigo invisible, que come la carne de la cara, los brazos, de los que no conocen cómo evitarlo. Estarás conmigo solo tres años y volverás a la costa con tus padres después que te haya enseñado lo poco que conozco de estas tierras. No puedes regresar desfigurado.

¿De qué se trata, abuelito? – pregunté ansioso.

La uta, es un microbio peligroso e invisible.

Cuando vayas a la costa seguro que habrán otros peligros, pero de esos tu te enterarás. No los conozco.

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