Epidemias y sociedad. Por Benjamín Marticorena.

En el mundo antiguo.

Las epidemias se han presentado con frecuencia en la historia de las sociedades desde que el número de personas excedió un umbral dependiente de factores tan diversos y complejos como el entorno ambiental, la organización social (institucionalidad, normas, conocimiento empírico y científico), los hábitos de higiene y la eficacia del liderazgo de las élites. Debido a que estos factores están sometidos a condiciones límite durante las guerras y los fenómenos naturales extremos (terremotos, inundaciones, actividad volcánica, cambio climático), las epidemias más graves han sucedido cuando estos otros hechos tenían lugar.  Calificadas de severas o de leves, según su letalidad y el grado de desagregación social que engendran, numerosas epidemias están reportadas en la literatura y en las publicaciones científicas.

Hace 24 siglos, durante la catastrófica guerra civil entre los griegos, se presentó en Atenas una epidemia de peste bubónica, descrita por Tucídides. El historiador refiere la destrucción material (cosechas abandonadas, recesión del comercio, imposibilidad de defenderse a plena capacidad frente a la ofensiva militar de los contrarios), pero también y sobre todo a la reversión del orden moral en las personas y a los severos desarreglos institucionales y sociales que iban con ella; en particular, a la emergencia de la demagogia como una práctica equívoca de liberación de tensiones, encarnada en líderes ocasionales, a los que la población estuvo predispuesta a prestar atención.

La peste se había originado en Etiopía y seguido por Egipto, Libia y el imperio persa, llegando a El Pireo, el puerto de Atenas, con las ratas en las bodegas de los barcos mercantes. Además de describir los síntomas de la enfermedad en los infectados, Tucídides ofrece este relato sobre el deterioro social sobreviniente: “… la epidemia fue para la ciudad el comienzo del mayor desprecio por las  leyes. … (Nadie) tenía decisión para pasar trabajos por lo que se consideraba una empresa noble, pensando que no se sabía si perecería antes de lograrlo; sino que se tuvo por noble y útil … lo que se consideraba provechoso para su consecución de cualquier modo que fuera. Ningún respeto a los dioses ni ley humana les detenía… Esta era la catástrofe que sobrevino a los atenienses que estaban por ella en situación apurada, pues la población perecía dentro de la ciudad y afuera la campiña era devastada (por la guerra).”

Con la perspectiva de la distancia de los hechos, los historiadores posteriores han reconocido que esa guerra y la epidemia con la que se inició fueron los momentos culminantes de la espléndida civilización helénica; el inicio de su inexorable declinación.

En 1348, una epidemia de peste asoló Italia y toda Europa. En la introducción a El Decamerón, escrita poco después de esa desgracia, Giovanni Boccaccio escribe sobre… “Aquella pestífera mortandad funesta y digna de llanto…. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana -como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias, la prohibición de entrar en ella a los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad- al principio de la primavera empezó horriblemente y de asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos… Y (semejante a cómo Tucídides describe el impacto psicológico y moral de la epidemia en Atenas, 17 siglos antes) en tal aflicción estaba deshecha y caída la autoridad de las leyes… (considerando) lícito todo el mundo hacer lo que quisiere… Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que los parientes raras veces se visitasen. Con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres que un hermano abandonaba al otro, y muchas veces la mujer a su marido y, lo que era mayor cosa, que los padres y las madres a sus hijos evitaban visitar y atender… Eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos”.  Con esta obra y las de Dante y Petrarca nacieron el humanismo y el Renacimiento florentino, un impetuoso movimiento de liberación de los espíritus para dejar atrás la noche de la edad media.

Cerca de la mitad del s.XVII la peste regreso a Europa con los barcos mercantes turcos, expandiéndose a todo el continente y matando a un tercio del total de su población. A Londres – que por entonces tenía 400 mil habitantes – llegó en enero de 1665. El escritor Daniel Defoe limitándose “a referir lo que presenció”, relata en su Diario del Año de la Peste, el día a día de esa tragedia que en unos meses hizo perecer a 100,000 personas, mayoritariamente población de los distritos populares de la ciudad, mientras que el rey y su corte se trasladaron a Oxford y se salvaron. “Esto provocó rencillas y discordias, difamaciones y reproches” y, en general, aprovechamiento vil de unos por otros y completa desconsideración del semejante y, como en todos los desastres de estas magnitudes, una exposición desnuda de la verdadera naturaleza de las personas no sujetas al control (y a la represión) de las leyes y las instituciones.  El historiador inglés H. Turnbull refiere que Isaac Newton, que entonces tenía 23 años y que, como muchas familias pudientes de Londres, tenía un predio cómodo en el campo, se trasladó allí cuando la peste amenazaba. Desde junio de 1665 hasta avanzado 1666: “…en su quieta casa de campo trabajó en los principios de la gravitación y en los procedimientos matemáticos para la manipulación adecuada de las intensas dificultades matemáticas que esos principios involucraban; trabajó también en el cálculo fluxional que (con breves diferencias de nomenclatura) contenía todos los conceptos fundamentales del cálculo infinitesimal que hoy empleamos universalmente.”[1].

En referencia a esta peste, es más que sugerente que su ocurrencia coincida con el despegue acelerado de la ciencia moderna, luego de los sustantivos avances de los fundadores italianos y franceses del método científico. La experiencia de la epidemia expandió el camino de la ciencia y, de la mano con ella, la emergencia de la revolución industrial en Inglaterra.

Las epidemias en el Perú

Siguiendo las crónicas de la Conquista y de otros historiadores del Perú, Carlos Bustíos[2] (a quien seguimos en la mayor parte de esta sección) ha escrito que en el siglo XVI la población indígena reaccionó con horror ante las desconocidas plagas que trajeron los españoles, cometiendo suicidios, infanticidios y negativa a tener más hijos.  Cieza de León y Juan de Betanzos refieren que la epidemia de viruela que provocó la muerte de Huayna Cápac[3] mató a más de 200 mil personas. En ese siglo hubo, entre muchas otras, 17 grandes epidemias de viruela, sarampión, influenza, tifus exantemático y paperas, que diezmaron a la población indígena. La mayor parte de la población andina pereció a causa de ellas.  Más tarde, en 1614, hubo una de difteria en el Cuzco y Potosí y en 1719 una de tifus en Arequipa y el Cusco, con 200,000 muertes. El año siguiente (1720) apareció la Fiebre Amarilla con la llegada de barcos guardacostas a los puertos del Pacífico sudamericano.

Durante la colonización de la selva, entre 1709 y 1737, se sucedieron epidemias de viruela y sarampión que, llevadas por los evangelizadores a esas regiones, dieron lugar a numerosas rebeliones de ashánincas y otros pueblos nativos. Y poco después, en 1742, una larga rebelión liderada por Juan Santos Atahualpa, un cuzqueño afincado esas comunidades de la selva alta del centro del Perú.

Entre 1802 y 1805 tuvo lugar la última epidemia grave de viruela de los tiempos coloniales, comparable en malignidad a las más graves de los siglos anteriores. Los que morían eran principalmente indígenas (Mendiburu. Diccionario Histórico Biográfico del Perú, 1931). La epidemia llegó con los barcos de tráfico de esclavos africanos. En esa ocasión el influyente Hipólito Unanue propuso la vacunación contra la viruela, tratamiento recién descubierto pero con mediana eficacia en sus primeras aplicaciones. Se trataba de una inyección de fluido vacuno infectado con una cepa de la viruela letal para las vacas pero no para las personas, procedimiento descubierto en Inglaterra por el inglés Edward Jenner. Su aplicación en el Perú de esos años, atenuó el desarrollo del germen, pero no lo suprimió. Una expedición de vacunación jenneriana enviada a las colonias en América por España tuvo más éxito. Cuando en enero del 1807 la misión dejó el país, había vacunado a 200,000 personas.

Ciencia microbiológica y respuesta social en el Perú

En las últimas dos décadas del siglo XIX, el francés Louis Pasteur, con métodos desarrollados por el alemán Robert Koch descubrió los microbios responsables de diversas enfermedades y sus principales mecanismos de transmisión.  Siguiendo las evidencias de la vacunación jenneriana concibió la idea de prevenir las enfermedades infeccionas mediante vacunas preparadas con cepas atenuadas de los gérmenes de esas enfermedades, estudiando las condiciones requeridas para disminuir su virulencia. Esas investigaciones, especialmente la de rabia humana, abrieron el camino para el desarrollo de las vacunas, impulsando el progreso de la inmunología y de los medios de prevención de las enfermedades.

En 1889, Ricardo Flores, un joven médico peruano formado en París donde tenía lugar ese momento estelar de la historia de la medicina, dictó en la Escuela de Medicina de la Universidad de San Marcos un curso sobre microbiología y microscopía óptica[4]. Los más destacados microbiólogos peruanos formados en el movimiento generado en esos años y hasta 1930 fueron[5]  Alberto Barton, Oscar Hercelles y Manuel Tamayo, habiéndose destacado también en esas investigaciones y en otras, Julio Gastiaburú, Edmundo Escomel, Carlos Monge Medrano, Raúl Rebagliati, Telémaco Battistini, Pedro Weiss y Alberto Hurtado.  Marcos Cueto publicó en 1997 el libro El Regreso de las Epidemias: Salud y Sociedad en el Perú del siglo XX (IEP 1997), con un recuento crítico de las epidemias de peste bubónica, fiebre amarilla, tifus, viruela, malaria y cólera en el siglo XX peruano.

Una esperada oportunidad de cambio

No obstante los trabajos pioneros de estos microbiólogos, inaugurando una magnífica tradición científica para el país entre 1890 y 1930, el Perú no logró consolidarla, por causas políticas y sociales que describen minuciosamente los historiadores Marcos Cueto y Carlos Bustíos en sus libros ya mencionados. Ningún gobierno peruano, comenzando por el de Leguía, ha tenido la visión estratégica que tuvieron los de Brasil, Argentina o Chile en su momento, para dar continuidad al importante avance logrado por esos investigadores. En la década de 1920, la reorganización de la política sanitaria, poniendo énfasis en el trabajo rutinario en el campo de la salud pública, atrofió la investigación básica y quebró el indispensable lazo entre esta y sus aplicaciones en la sociedad. Ningún gobierno en los últimos cien años ha enmendado ese grave error, ni facilitado deliberadamente el relanzamiento de la ciencia médica peruana. Lo mejor de la que se produce en las últimas décadas es por el apoyo de instituciones de otros países.

Las pestes permiten una renovación en los espíritus. Puede que estemos ante la oportunidad de desembarazarnos de nuestra propia edad media y construir una sociedad mejor que ésta.  Marcos Cueto escribe que “Las epidemias son crisis dramáticas que crean pavor y desolación pero también brindan oportunidades de cambio y de superación en los individuos y en las sociedades”[6].

Benjamín Marticorena, 23 de marzo del 2020

[1] Herbert Western Turnbull, The Great Mathematicians, p.136; en The World of Mathematics, Volumen 1. Editorial James Newman, 1988.

[2] Cuatrocientos años de la Salud Pública en el Perú (1533 a 1933). Mariano Carlos Bustíos Romaní. CONCYTEC – UNMSM (Fondo editorial), 2004.

[3] Que ocurrió hacia 1524, durante una campaña que el Inca hizo en territorios de la actual Colombia, en una región cercana a la que poco antes habían visitado los españoles.

[4] Flores fue también el investigador que realizó los estudios hematológicos de Daniel Carrión luego que éste se infectara con la bacteria de la verruga peruana, bacteria que unos años más tarde sería identificada plenamente por Alberto Barton, entonces un joven estudiante sanmarquino.

[5] Marcos Cueto  Excelencia Científica en la Periferia Cap. IV; Pp 119 y sgts. GRADE-CONCYTEC, 1989

[6] Marcos Cueto.  El regreso de las epidemias, Salud y sociedad en el Perú del siglo XX. IEP, 1997.

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