Educación rudimentaria y prensa amarilla.

Opinión

Escribe: Benjamín Marticorena

La ley de educación pública obligatoria se incorporó en la Constitución de 1823 pero no tuvo vigencia efectiva sino a partir de 1876, cuando el gobierno de Manuel Pardo dio el Reglamento General de Instrucción Pública (primaria) estableciendo su obligatoriedad y gratuidad. En esencia, el propósito era alfabetizador: enseñar a leer y a escribir, y dar elementos de historia, geografía y literatura peruanas y matemáticas de uso práctico. La educación secundaria pública vino a declararse obligatoria y gratuita muchos años después, durante el gobierno de Manuel Odría, en la década de 1950.

En los Estados Unidos y en Francia, normas similares de educación se habían dado al finalizar el siglo XVIII, con sus revoluciones anticolonial y antimonárquica, respectivamente. Hija de la Democracia, la Educación Pública Universal y Gratuita (EPUG) encarnaba el principio de la igualdad de derechos de todas las personas independientemente de su riqueza material, etnia o género.  Y, como la Democracia procede de un ideal humanista, sus beneficios no estaban confinados a una minoría ni a un proyecto provinciano o nacional, sino que reivindicaba su jurisdicción sobre la humanidad entera. Al hacer de la EPUG un derecho general, las revoluciones de las que surgió parecían aproximar la utopía imaginada por todas las sociedades en todas las épocas, de un tiempo más feliz para todos.

Pero esas esperanzas fueron reprimidas y, en varios sentidos, estropeadas por tendencias sociales que impidieron su realización en los términos idealistas iniciales.  En 1938, el historiador inglés A. Toynbee escribió que “Un obstáculo imprevisto fue el inevitable empobrecimiento de los beneficios intelectuales de la educación cuando se la reduce a los rudimentos y se los divorcia de su trasfondo social y cultural….. con el fin de hacerlo ‘aprovechable’ para las masas. Las buenas intenciones de la democracia no tienen poder mágico para realizar el milagro de los panes y los peces; y la bebida que en su caritativa administración puede concebir llevar a los labios de todos los niños es, en el mejor de los casos, una débil dilución del elixir de la vida intelectual”[1].  Con derivaciones esencialmente similares a estas, la educación primaria peruana, al limitarse a alfabetizar al niño, lo capacitó apenas algo más que para leer lo que encontraba a su alcance, en su mayor parte una oferta superflua, desorientadora y deformante, cuando no premeditadamente aberrante o tramposa.

Desde su inicio, el proyecto educativo universal para enseñar al hombre a ser más comprensivo de sí mismo y de sus entornos social y ambiental, se tropezó frontalmente con un negocio que adivinaron pronto los rebuscadores de oportunidades. La posibilidad de aprovechar la educación como un medio, no de elevación del espíritu sino “… de diversión para las masas y para el beneficio de los emprendedores que proporcionan la diversión ha surgido a partir de la implementación universal elemental… En Inglaterra la EPUG se implantó en 1870 y la prensa amarilla fue inventada por esos empresarios innovadores 20 años más tarde (en cuanto la primera generación de niños de las escuelas nacionales había llegado al mercado de trabajo y conquistado cierto poder adquisitivo) por el golpe de un genio irresponsable que adivinó que la obra de amor del educador filántropo podía aprovecharse para rendir magníficas ganancias a un rey del periodismo.”[2]

Respecto de ese aprovechamiento espurio de la educación elemental y del enorme daño que produce en la sociedad la comercialización de las capacidades generadas por una educación rudimentaria, otro autorizado testigo de esa lamentable experiencia escribió que “Los hermanos Harmsworth y Newnes[3]  … se embarcaron en el negocio de producir impresos vendibles por monedas al nuevo público, con entera despreocupación por el buen gusto, el valor, la influencia educativa, las consecuencias sociales, la responsabilidad pública … Eran tan ciegos como gatos recién nacidos para todos esos aspectos de la vida. … Carentes de todo sentido de responsabilidad pero con una inmensa energía empresarial se pusieron a tirar millones de hojas impresas con cualquier clase de basura que pudiese venderse para el espíritu de las masas británicas que despertaban… Cuando emprendieron esa aventura, ni Harmsworth ni Newnes tuvieron la menor idea de la magnitud de las nuevas fuerzas que estaban concitando….  (pero) tuvieron éxito aprovechando el absurdo empuje de la oportunidad[4]”. Alfred Harmsworth –secundado por varios de sus numerosos hermanos – fue el magnate periodístico del Daily Mail y del Daily Mirror.

El periodismo amarillo ha consolidado su posición y una marcada influencia en la opinión pública en todo el mundo. El Perú le debe a ese emprendimiento espurio algunos de sus mayores males y los que de ellos se derivan: gobernantes y legisladores desafectos con el bien público, una implacable dificultad para dar continuidad y profundidad a sus instituciones fundamentales para la convivencia y el desarrollo humano y la consiguiente penosa escasez de visiones políticas civilizatorias. Con esa prensa amarilla, no ya solo en papel impreso sino en pantallas y ondas radiales, el deseo de una vigorosa presencia peruana en la cultura universal es una expectativa lejana.

La respuesta totalitaria o la otra monstruosidad

Desde el principio se sospechó que esa monstruosidad podía hacerse un rasgo permanente de la vida social y, en el 2019 confirmamos que en efecto es así y que al monstruo original inglés le sucedió una prole innumerable.  ¿Qué hacer frente a esa aberración que, por prolongarse sin límite, es ya parte de la identidad y del sentido común de mucha gente? A este respecto,  escribe Toynbee, “Una reacción es la de los estados totalitarios: ltalia Fascista y Alemania Nazi”[5], (que) se volcaron al otro extremo (el de la información veraz recortada todo lo posible y la desinformación como estándar de comunicación pública) -… acción aún más aplastante y perturbadora que la de los empresarios privados, sobre cuyas huellas siguen los departamentos de propaganda de los gobiernos totalitarios. Tiranía intelectual de uno u otro tipo ejercida por capitales privados o por la autoridad política.”[6]

Afortunadamente no estamos ante un dilema; es decir, ante solo dos opciones, ambas indeseables, entre las que, sin embargo, debamos elegir una. Una tercera, difícil de tomar y de realizar, pero ineludible por ser la única admisible, es la de elevar el nivel de cultura a un grado tal que proporcione a los niños sometidos al minimalismo educacional y (simultáneamente) a las formas más groseras de propaganda pública y privada, capacidades de prevención y de respuesta.  El futuro deseado, es el de vidas intelectual y emocionalmente creativas, alertas a la realidad física y humana, y solidarias tanto con sus semejantes como con sus no semejantes que habitan la casa común. Si podemos conciliar de esta manera democracia con educación universal, obligatoria y gratuita, evitaremos las monstruosidades de aquellos dos signos que han crecido con escasas resistencias durante los últimos 150 años aquí y en todas partes.

Benjamín Marticorena, agosto del 2019

[1] Toynbee, Estudios de la Historia, Tomo 4, pg.206 y siguientes

[2] A.Toynbee, Ibid

[3] Harmsworth y Newnes fueron los dos mayores empresarios de la prensa británica y su influencia se ha mantenido por muchos años, causando un perjuicio extremo a la población de un país que, por su posición de liderazgo internacional en esos años, marcó una tendencia opuesta a la deseada por el proyecto educativo para la formación individual y ciudadana en las democracias. George Newnes, como Alfred Harmsworth, iniciaron sus carreras como respuesta directa a la ley de educación elemental para niños, ofreciendo similar masa informe de palabras, imágenes y signos a la primera generación de lectores y a todas las que vinieron después. Ambos recibieron títulos nobiliarios de manos de los reyes, como ‘reconocimiento por sus aportes a la educación del pueblo’: Harmsworth (1865-1922) fue nombrado Vizconde de Northcliffe, y Newnes (1851-1910), Barón, una categoría inmediatamente inferior a la de Vizconde.

[4] H.G.Wells, Experiment in Autobiograhy (Londres 1934, pp 325)

[5] Como ciertamente la fenecida Unión Soviética y muchos otros estados pasados y presentes en todas las latitudes.

[6] Toynbee, Ibid

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