Las niñas que desde niño conocí me inspiraron admiración y respeto

A los 6 años conocí a Olga, compañera de escuela. Yo le enseñaba los juegos que aprendía de los mis amigos, como el “run run” que combinaba colores. Ella me enseñaba a dibujar con hilo en los bordados.

Más tarde, conocí a Magdalena. A los 10 años, aprendiendo a manejar onda en las alturas, por accidente herí en la cabeza a un compañero de la 255. El director me ordenó llevarlo al médico. Toqué la puerta, salió Magdalena, una niña vestida de enfermera, quien, tal profesional de salud, se ocupó del herido. Yo la miraba embelesado. Hoy en día, trabaja en Essalud.

En esos tiempos, en las alturas de Salpo, compartía los domingos las tareas de pastor con mis primas Albina y Adela, dirigidos por la tía Genera. Uníamos fuerzas para defender nuestros corderos de los zorros.

Mi abuelita Lastenia me enseñaba el respeto hacia las niñas, en particular cuando algún juego era brusco para la contextura femenina.

Con el tiempo, he comprendido que la imaginación humana es demasiado limitada como para entender diversidad de personalidades femeninas. Las hay de todo. Tan de todo que podemos escoger con quien compartir nuestras vidas en alegría y armonía.

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