Los móviles del poder. Una opinión del 2000 que calza en el 2022

Opinión, diario “El Comercio” 29 de marzo del 2000

Escribe Modesto Montoya

La evolución ha promovido sistemas biológicos con capacidad de secretar sustancias bioquímicas que los estimulan a realizar actividades favorables a su supervivencia y a la de su descendencia.  El ser humano no es la excepción.  Entre los más importantes aspectos de la naturaleza humana, podemos afirmar que el amor y el poder han sido cruciales para su evolución.  Los resultados de recientes investigaciones sugieren que las sustancias secretadas van creando la necesidad de una dosis de placer por el amor y de satisfacciones por el ejercicio del poder.  La interrupción repentina de esa dosis causa devastadores efectos en la personalidad, los que algunas veces conducen a decisiones extremas.  Además, la eventualidad de esa interrupción genera fuertes tensiones, las que, en la mayoría de los casos, empeoran las cosas.

Vamos a describir resumidamente lo que concierne al amor. Cuando un ser humano encuentra una persona del sexo opuesto que le agrada, se inicia la secreción de sustancias bioquímicas que provocan sensación de placer. Si sólo la ve una vez, todo queda allí, después de una pequeña dosis de placer, sin gran consecuencia.  Si, por el contrario, hay varios encuentros, el repetido flujo de la sustancia por el cuerpo humano comienza a convertirlo en dependiente.  El amor naciente pasa a ser el proveedor de una suerte de droga, que lo va empujando a buscar mayor número de encuentros.  El amor correspondido tiene efecto simétrico en la pareja y crea las condiciones para la procreación.

El embarazo de la mujer incrementa la producción de sustancias similares en el hombre y la mujer, lo que favorece el mayor acercamiento.  Este estado permanece hasta unos tres años después del nacimiento del niño, suficiente para asegurar la supervivencia del nuevo ser.  La posibilidad de perder la pareja desequilibra la generación de las sustancias, perturbando la personalidad.  Ante la pérdida del ser amado, las personas se hunden en una depresión que, en algunos casos, las lleva a tomar acciones extremas.

El ejercicio del poder produce efectos similares a los arriba mencionados.  La perspectiva de pérdida de poder provoca acciones desesperadas, las que se realizan casi sin reflexionar. Los asesores de campaña, generalmente gente a sueldo, externos al grupo de poder, son los únicos que guardan relativa calma y pueden plantear una estrategia pensada serenamente, en la medida de las circunstancias.

Tomando en cuenta éstos y otros aspectos de la naturaleza humana, en algunos países se ha adoptado sistemas electorales que permiten el traspaso progresivo del poder.  La renovación por tercios del Parlamento es uno de los mecanismos para lograrlo. De esa forma, no se produce un cambio traumático del poder. Se puede llegar a situaciones en las que el presidente tenga la mayoría en el Parlamento, pero que la pierda tres años más tarde, en cuyo caso tiene que aceptar un primer ministro de la oposición. El presidente ve que su poder disminuye, pero no lo pierde abruptamente: se prepara para la eventualidad de dejarlo.

En el Perú, la desesperación por la eventual pérdida del poder ha creado un ambiente irrespirable.  La llamada guerra sucia no tiene límites.  Los candidatos con posibilidades de ganar las elecciones son atacados con todo tipo de medios, la mayoría de los cuales son ajenos a una competencia política, a la ética y a la moral. Todo vale, parece ser la regla que se usa para mantenerse en el poder.  Respecto al mal uso de la televisión abierta en la competencia electoral se demuestra que la tecnología no es garantía para la difusión del conocimiento y la información: todo ha llegado a un punto tal que resulta mejor privarnos de ese adelanto tecnológico.  Más aun, la desinformación alcanza niveles de insulto a la inteligencia de los peruanos.

Hoy puede decirse que el Perú sufre un periodo de oscurantismo, provocado por cortinas de humo que ennegrecen el panorama y el futuro mediato del país.  Sin embargo, también podemos decir que no hay noche que no preceda un amanecer.

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